Tierra, Mar y Katechon

Pueblos de la Tierra y pueblos del Mar


El hombre asumió el principio de territorialidad desde el mismo momento que dejó de ser nómada, cuando en el lejano Neolítico comienza a establecerse en un territorio determinado, bajo comunidades de cierta amplitud, y con un código de valores y unas normas de convivencia que comienzan a forjarse de forma más o menos difusa, en un principio, y con mayor claridad en el devenir de los siglos. Así podríamos definir, de forma simple y concisa los inicios de la historia de la humanidad civilizada, en lo que nos remite al germen del poder político y del desarrollo de estructuras más o menos complejas que derivan en formas estatales de distinta naturaleza.

En este sentido es muy interesante destacar las reflexiones de Carl Schmitt al respecto, quien nos habla de una antítesis fundamental en la base del dominio político sobre el territorio. Se trata de un antagonismo que nos remite a dos tipos claramente diferenciados de entornos: por un lado la tierra y por el otro el mar. Estos dos elementos, que vemos claramente expuestos con posterioridad en la obra de Aleksandr Duguin, cuando nos habla del dominio de la tierra (telurocracia) y el dominio del mar (talasocracia), reúnen una serie de condicionamientos a nivel simbólico que reflejan naturalezas en contraste.

«El templo del cristianismo», de Attilio Mordini



Aquellos que estamos más avezados en el conocimiento de las denominadas corrientes de la Tradición Perenne conocemos la obra magna de Julius Evola Revuelta contra el mundo moderno, la obra más famosa y celebrada del autor romano, donde vemos expresada toda su Cosmovisión tradicional en lo que podríamos definir como una especie de estudio morfológico de la historia en clave Tradicional. Sin embargo existen otros autores que nutren las mencionadas corrientes que, por desgracia, todavía permanecen como un enigma que espera ser descubierto. Tal es el caso de Attilio Mordini, autor natural de Florencia, dinamizador del ambiente tradicionalista italiano de las décadas centrales del pasado siglo, que desafortunadamente ha pasado desapercibido para el público de lengua hispana. Ya publicamos el pasado mes de octubre una de sus obras, una antología de escritos, que recogimos en El católico gibelino.

A partir de hoy podemos decir que el enigma que representa la obra del autor italiano comienza a cobrar luz y a tomar un rostro bien definido. El templo del Cristianismo ha sido comparado, y no por casualidad con la obra magna de Julius Evola. En este caso no encontraremos la densidad de información con la que la citada obra evoliana nos abruma, pero, sin embargo, es equivalente en muchos aspectos en la complejidad contenida en sus páginas. De este modo, la lectura de El templo del Cristianismo implica un ejercicio intelectual y de comprensión del mundo desde una perspectiva igualmente tradicionalista, como lo es Rebelión contra el mundo moderno. No obstante, en este caso contamos con unos parámetros interpretativos sensiblemente diferentes, y es que el punto de partida que toma Attilio Mordini es el Cristianismo de los orígenes, y con éste la historia de una trascendentalidad que parte, y tiene su origen, en las catatumbas romanas para recorrer el conjunto de la historia, con sus muchos siglos e innumerables hechos humanos, bajo la perspectiva de la encarnación del Verbo.

Andrei Tarkovsky: antimodernidad y metacine

Andrei Tarkovsy
Andrei Tarkovsky (1932-1986) fue un director de cine ruso, un auténtico icono del cine de la era soviética, desde los años 60 con los primeros largometrajes de su filmografía, todavía mediatizados por la propaganda del régimen soviético, tal y como fue el caso de La infancia de Iván (1962), que fue la película que sirvió de epílogo a la etapa más propagandística, marcada por el culto a la «Gran Guerra Patria», que es así como fue calificada la II Guerra mundial, para dar paso a un cine mucho más creativo y que marcaría el carácter particular y con la impronta característica del cineasta ruso. Y es que adentrarse en el cine de nuestro protagonista supone una una experiencia que podríamos definir casi como catártica, capaz de transmitir mucho más de lo que el lenguaje cinematográfico en sí mismo, y con un propósito puramente lúdico, puede hacer.

Acostumbrados a las grandes producciones hollywoodienses, a sus guiones planos, escenas de acción o cualquier temática bajo la que, en la mayor parte de las ocasiones, subyace un propósito claramente propagandístico, visionar el cine de Tarkovsky implica adentrarse en un mundo completamente diferente. Huyendo de los clichés y estereotipos que el cine estadounidense nos ha enseñado, la filmografía de Tarkovsky no tiene ningún propósito de resultar atractiva o agradable desde la perspectiva del entretenimiento. En muchas ocasiones los planos interminables, en los que se percibe un chorro de agua que gotea incesantemente sobre una piedra enmohecida, que forma parte de un conjunto más amplio de ruinas, puede llevar a pensar a aquellos menos familiarizados con sus producciones, que puede haber un componente absurdo y aburrido, cuando en realidad todo forma parte de un todo, de un conjunto orgánico que tiene una lógica y coherencia que no se muestran directamente, sino que son susceptibles de análisis globales mucho más complejos y profundos.