«El templo del cristianismo», de Attilio Mordini



Aquellos que estamos más avezados en el conocimiento de las denominadas corrientes de la Tradición Perenne conocemos la obra magna de Julius Evola Revuelta contra el mundo moderno, la obra más famosa y celebrada del autor romano, donde vemos expresada toda su Cosmovisión tradicional en lo que podríamos definir como una especie de estudio morfológico de la historia en clave Tradicional. Sin embargo existen otros autores que nutren las mencionadas corrientes que, por desgracia, todavía permanecen como un enigma que espera ser descubierto. Tal es el caso de Attilio Mordini, autor natural de Florencia, dinamizador del ambiente tradicionalista italiano de las décadas centrales del pasado siglo, que desafortunadamente ha pasado desapercibido para el público de lengua hispana. Ya publicamos el pasado mes de octubre una de sus obras, una antología de escritos, que recogimos en El católico gibelino.

A partir de hoy podemos decir que el enigma que representa la obra del autor italiano comienza a cobrar luz y a tomar un rostro bien definido. El templo del Cristianismo ha sido comparado, y no por casualidad con la obra magna de Julius Evola. En este caso no encontraremos la densidad de información con la que la citada obra evoliana nos abruma, pero, sin embargo, es equivalente en muchos aspectos en la complejidad contenida en sus páginas. De este modo, la lectura de El templo del Cristianismo implica un ejercicio intelectual y de comprensión del mundo desde una perspectiva igualmente tradicionalista, como lo es Rebelión contra el mundo moderno. No obstante, en este caso contamos con unos parámetros interpretativos sensiblemente diferentes, y es que el punto de partida que toma Attilio Mordini es el Cristianismo de los orígenes, y con éste la historia de una trascendentalidad que parte, y tiene su origen, en las catatumbas romanas para recorrer el conjunto de la historia, con sus muchos siglos e innumerables hechos humanos, bajo la perspectiva de la encarnación del Verbo.

Andrei Tarkovsky: antimodernidad y metacine

Andrei Tarkovsy
Andrei Tarkovsky (1932-1986) fue un director de cine ruso, un auténtico icono del cine de la era soviética, desde los años 60 con los primeros largometrajes de su filmografía, todavía mediatizados por la propaganda del régimen soviético, tal y como fue el caso de La infancia de Iván (1962), que fue la película que sirvió de epílogo a la etapa más propagandística, marcada por el culto a la «Gran Guerra Patria», que es así como fue calificada la II Guerra mundial, para dar paso a un cine mucho más creativo y que marcaría el carácter particular y con la impronta característica del cineasta ruso. Y es que adentrarse en el cine de nuestro protagonista supone una una experiencia que podríamos definir casi como catártica, capaz de transmitir mucho más de lo que el lenguaje cinematográfico en sí mismo, y con un propósito puramente lúdico, puede hacer.

Acostumbrados a las grandes producciones hollywoodienses, a sus guiones planos, escenas de acción o cualquier temática bajo la que, en la mayor parte de las ocasiones, subyace un propósito claramente propagandístico, visionar el cine de Tarkovsky implica adentrarse en un mundo completamente diferente. Huyendo de los clichés y estereotipos que el cine estadounidense nos ha enseñado, la filmografía de Tarkovsky no tiene ningún propósito de resultar atractiva o agradable desde la perspectiva del entretenimiento. En muchas ocasiones los planos interminables, en los que se percibe un chorro de agua que gotea incesantemente sobre una piedra enmohecida, que forma parte de un conjunto más amplio de ruinas, puede llevar a pensar a aquellos menos familiarizados con sus producciones, que puede haber un componente absurdo y aburrido, cuando en realidad todo forma parte de un todo, de un conjunto orgánico que tiene una lógica y coherencia que no se muestran directamente, sino que son susceptibles de análisis globales mucho más complejos y profundos.

Más nos vale rezar


A mediados del pasado mes de octubre, aprovechando que teníamos unos días libres y que celebrábamos el segundo aniversario de Hipérbola Janus, decidimos organizar una pequeña escapada al Pirineo Oscense para disfrutar de los paisajes y la gastronomía de la zona, formarnos un poco más a nivel técnico para el desarrollo de nuestra actividad editorial y, a la vez, tener un breve «retiro espiritual».

De hecho, los días que estuvimos por allí dieron mucho de sí y surgieron una serie de diálogos interesantísimos entre nosotros, los cuales hubieran sido bastante dignos de compartir con vosotros de haberlos grabado... Cabe decir también que lo informal de la situación nos hacía saltar de un tema a otro y que muchas de estas conversaciones duraban horas, así que creo que tampoco echaréis de menos unas grabaciones tan largas y dispersas.

Durante nuestro particular retiro pirenaico aprovechamos para terminar de darle el formato de libro a nuestra obra de Attilio Mordini: «El católico gibelino», una obra muy apropiada para las circunstancias mentales y psicológicas que concurrían en esos momentos. Un autor que, como nosotros, fundamentó sus ideas y desarrolló su obra desde la incesante búsqueda de las fuentes primordiales, tomando la pureza y el sentido de jerarquía en cualquiera de sus reflexiones como piedra angular. No en vano, su vocación cristiana era una forma de combate y redención personal, no solamente contra el mundo moderno en esa vertiente oscura y desfiguradora a la que nos remitiremos en los próximos párrafos, sino como la confirmación de un plan divino preestablecido y ejecutado en el devenir de los siglos. El mismo estado de misticismo y éxtasis en el que nuestro autor florentino escribió gran parte de su obra, como otros de sus contemporáneos —recordemos al padre Pío— parecía invadirnos entre las cumbres, sumergiéndonos en un estado mental muy peculiar.