Más nos vale rezar


A mediados del pasado mes de octubre, aprovechando que teníamos unos días libres y que celebrábamos el segundo aniversario de Hipérbola Janus, decidimos organizar una pequeña escapada al Pirineo Oscense para disfrutar de los paisajes y la gastronomía de la zona, formarnos un poco más a nivel técnico para el desarrollo de nuestra actividad editorial y, a la vez, tener un breve «retiro espiritual».

De hecho, los días que estuvimos por allí dieron mucho de sí y surgieron una serie de diálogos interesantísimos entre nosotros, los cuales hubieran sido bastante dignos de compartir con vosotros de haberlos grabado... Cabe decir también que lo informal de la situación nos hacía saltar de un tema a otro y que muchas de estas conversaciones duraban horas, así que creo que tampoco echaréis de menos unas grabaciones tan largas y dispersas.

Durante nuestro particular retiro pirenaico aprovechamos para terminar de darle el formato de libro a nuestra obra de Attilio Mordini: «El católico gibelino», una obra muy apropiada para las circunstancias mentales y psicológicas que concurrían en esos momentos. Un autor que, como nosotros, fundamentó sus ideas y desarrolló su obra desde la incesante búsqueda de las fuentes primordiales, tomando la pureza y el sentido de jerarquía en cualquiera de sus reflexiones como piedra angular. No en vano, su vocación cristiana era una forma de combate y redención personal, no solamente contra el mundo moderno en esa vertiente oscura y desfiguradora a la que nos remitiremos en los próximos párrafos, sino como la confirmación de un plan divino preestablecido y ejecutado en el devenir de los siglos. El mismo estado de misticismo y éxtasis en el que nuestro autor florentino escribió gran parte de su obra, como otros de sus contemporáneos —recordemos al padre Pío— parecía invadirnos entre las cumbres, sumergiéndonos en un estado mental muy peculiar.

Nosotros, a diferencia de muchas personas perfectamente integradas en el mundo actual, no creemos que existan valores o ideas «pasados de moda», «anticuados» o «anacrónicos», sino que consideramos que la vigencia de los Grandes Principios gozan de un sentido de permanencia eterna y absoluta. La idea de fugacidad, de que cada cosa tiene su tiempo o su época es un concepto moderno, que trata de infundir un valor, de sentido práctico y utilitarista, al lenguaje, costumbres o formas de pensar en general. Sin embargo, lo cierto es que nosotros sí creemos en valores absolutos, y en ese sentido podemos ser considerados «totalitarios», ya que no aceptamos las medias tintas, ni nos apuntamos al relativismo moral tan en boga en estos tiempos últimos. De ahí que, volviendo a Mordini, creamos que ser categórico y creer por encima de los clichés, de las normas y las modas del momento sea un imperativo ético-moral irrenunciable.


En este sentido, para nosotros resulta inevitable valorar la situación del mundo desde nuestra perspectiva tradicionalista, a la cual los lectores de este blog ya estaréis acostumbrados... Sin embargo, una de estas conversaciones que comentábamos más arriba entró en una espiral de pesimismo, e incluso podría decirse que de desesperación por nuestra impotencia ante el avance de lo que perfectamente podría etiquetarse como Satanismo, de la podredumbre característica del mundo inmerso en pleno Kali-yuga, en el que nos ha tocado vivir.

¿Qué podemos hacer para defendernos de las fuerzas del mal que conducen a nuestra civilización al suicidio?. Echarle valor para luchar contra gigantes que no son más que simples molinos para el ojo profano quizás contribuya a nuestra gloria en lo más íntimo, pero no salvaremos a nadie, acabaremos destrozados y encima nos tomarán por locos. Tras darle muchas vueltas solo se nos ocurría una única acción posible: REZAR.

Sí, rezar. Tal cual... Rezar porque de esta solo Dios puede salvarnos, y ¿qué mejor que pedirle que nos ayude?. Tenemos que decir, no obstante, que en HJ no somos precisamente unos «meapilas»: no tenemos devociones viscerales hacia santos, no hacemos mucha penitencia precisamente, hace mil años que no vamos a misa y tenemos cierto recelo hacia la Iglesia Católica contemporánea, aunque sí que tenemos bien presente y respetamos en todo momento el valor de lo sagrado y la importancia que diferentes manifestaciones religiosas en diversas culturas y a diferentes niveles tienen para las personas. Por eso llegamos a la conclusión que ante el naufragio de nuestra civilización, lo mejor que podemos hacer es aferrarnos lo más fuerte que podamos a un crucifijo para que por lo menos nos mantenga a flote. Y hablamos del crucifijo porque el cristianismo es lo que nos pilla más cerca. Buscar otras formas de religión, o espiritualidad en sentido más amplio, alejadas de nosotros en el espacio o en el tiempo, para nosotros no es más que postureo.

Y precisamente en estas fechas en las que celebramos que la Virgen María dio a luz al Niño Jesús, que Dios decidió ponerse en nuestra piel, que el Verbo se hizo carne, que el paso de la no-vida a la vida en el principio de los tiempos es consecuencia de la voluntad de Dios... Vamos, que hay vida porque a Dios le da la gana, ¿Qué mejor que compartir una oración con todos vosotros?

Para nosotros, la oración clave dentro del cristianismo es el Padre Nuestro, y después el Ave María. Otras oraciones también pueden tener su importancia y aportar cierto valor a la liturgia, pero si solo nos dieran a elegir una oración, nos quedaríamos con el Padre Nuestro por su simplicidad de formulación pese a su vertiginosa profundidad.

La oración comienza con una invocación y una declaración de intenciones:
Padre Nuestro que estás en el cielo.
Santificado sea tu nombre.
Venga a nosotros tu Reino.
Hágase tu voluntad en la tierra y en el cielo.
Aquí no solamente reconocemos que somos un mero producto de Dios (y no entraremos aquí en el debate estéril de creacionismo antiguotestamentario vs. evolucionismo materialista —tan de boga en EE.UU.— Porque las dimensiones de este debate trascienden, por mucho, el cometido de este texto.), que vivimos por su caprichosa voluntad, sino que también estamos comprometiéndonos a seguir sus reglas y a aceptarlas, ya que al fin y al cabo el universo es tan solo una manifestación Dios, el que trasciende el espacio, el tiempo y las dimensiones mucho más allá de lo que nosotros seremos jamás capaces de sentir, entender o medir. Es, al fin y al cabo, una declaración de humildad: Reconocer que no tenemos ni idea de nada es el primer paso para saber que por muy lejos que lleguemos en nuestros conocimientos o por más que aprendamos a explotar la naturaleza, las reglas las pone Dios y nosotros como mucho las descubrimos, no las hacemos. Pensar lo contrario, como Lucifer y sus discípulos Iluminados o Ilustrados, es de necios.

Este tipo de declaración de humildad ante lo eterno no es exclusivo del cristianismo. Un ejemplo muy gráfico lo tenemos reflejado en la pila Tsukubai, del templo Zen de Ryoanji (Kyoto) nos recuerda con su mensaje 吾唯足知 ware tada tare shiru («Solo sé lo que me es imprescindible») que no tenemos ni puñetera idea de aquello que está más allá de nuestras sensaciones. Viene a ser, en definitiva, una cura de humildad, la versión Zen del «Sólo sé que no sé nada».

Pila Tsukubai
El resto de la oración se basa en una serie de peticiones de lo más necesarias.
Danos hoy nuestro pan de cada día.
Es la forma corta de decir que nos permita vivir con dignidad, básicamente. De nada nos sirve el pan si llevamos una vida sin sustancia que no podemos saborear. Una vida en la que nos dejamos llevar por los impulsos externos no es una vida, es ser una marioneta que se mueve a merced de los sentidos. Permítenos pues, Señor, vivir una vida con plena conciencia de la misma, con total soberanía y control sobre ella, y saborearla como es debido.

La siguiente petición dice.
Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden.
Nada más y nada menos que en las mismas condiciones. Nosotros perdonamos a los que nos piden perdón, porque en el caso que nos hayan ofendido muy probablemente no lo hayan hecho con tal intención y el hecho de se nos disculpen ya lo pone de manifiesto: alguien puede herirnos a causa de su ignorancia o incluso por factores externos que escapan de su control, aun siendo soberano de su mente y de su vida. Todos la podemos cagar… Por eso te pedimos Señor, que si alguna vez hemos metido la pata nos perdones. Muchos de nosotros estamos sometidos a factores externos, y en muchos casos a malas influencias que pueden hacer que nos alejemos del camino que marcas.

De la misma manera, a aquellos de nosotros que te ofendamos adrede, castíganos sin piedad, de la misma manera que lo haríamos nosotros. A aquellos que intenten violar tus leyes eternas no por ignorancia sino por pura maldad o codicia, destrúyelos pues no tienen cabida en tu Reino. Confiamos en Dios como garante de una justicia verdadera, en la que se premia al justo y se castiga al injusto.

Y la última petición, y no por ello menos importante, dice:
No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal.
Es básicamente una consecuencia de la anterior. Hay mucho hijo de puta suelto que puede embaucarnos y llevarnos por un camino equivocado. Muchos nos pueden hacer comer manzanas envenenadas, que bajo apetitosas apariencias no escondan más que podredumbre. Líbranos Señor de los demagogos y de los hipócritas que nos someten a sus oscuros intereses haciéndose valer del chantaje emocional, de aquellos que intentan avergonzarnos por defender tu camino, lo que es de sentido común. Danos sabiduría para detectarlos, valor para combatirlos y fuerza para destruirlos.

Krishna diciéndole a Arjuna: «¡A por ellos!»
Pues bien, lo cierto es que desde octubre hemos ido rezando lo que hemos podido y cuando hemos podido (ya que por lo menos es gratis). Y por lo pronto, hemos sido testigos del desplome y del brutal revés que han recibido los medios de comunicación liberales estadounidenses y de la liberación de Alepo… Seguiremos rezando pues 😄

Y nada más, esperamos que esta serie de reflexiones os hayan servido de ayuda o de inspiración.

Desde Hipérbola Janus os deseamos una muy feliz Navidad y un próspero año nuevo 2017.