Los testigos de Jehová: pseudoespiritualidad, sectarismo y negocio

Todos hemos sido «asaltados» en nuestros hogares por individuos pertenecientes a esta congregación sectaria y pseudorreligiosa en alguna ocasión en nuestras vidas. Las situaciones y experiencias en este sentido darían como para escribir un libro, y al evocarlas no es infrecuente hacerlo con cierta ironía o sarcasmo, incidiendo siempre en situaciones surrealistas o incluso irritantes, en las cuales un par de integrantes del mencionado grupo hacen uso de toda clase de artimañas, a cual más delirante, para conseguir la adhesión del incauto de turno a sus filas. En cualquier caso, las estrategias del grupo han variado ostensiblemente en los últimos años, y ahora en lugar de predicar casa por casa han recurrido al buzoneo, probablemente después de tomar conciencia de la tortura que suponen sus visitas. 


Mito, simbolismo y metafísica del árbol


Así es que cuando el ánimo se aleja de las cosas humanas y se dirige a las plantas, a los animales y a los minerales, no es un un error, como a veces se escucha decir.

Aquel acto puede ser una señal pura del esfuerzo de autoconservación, del deseo de formar parte de una existencia superior. Si las fuentes se secan, se va al río. Allí no es necesario creer: el milagro es obvio.

Cuando todo es silencio las cosas comienzan a hablar; piedras, animales y plantas se convierten en hermanos y hermanas y comunican aquello que está oculto.

Un arco iris invisible que rodea aquel visible.
— Ernst Jünger

El culto a la naturaleza

La naturaleza, considerada como un espacio sagrado, en el que los elementos que la componen participan en un orden cósmico, más elevado, de acuerdo con unas leyes eternas e infalibles, es una concepción de lo sagrado que se manifiesta en cualquier civilización, forman parte de las concepciones más elementales del sentir de toda comunidad humana. Sacralizar la naturaleza o hacerla partícipe de algo que la supera y al mismo tiempo la contiene, como una parte esencial de su estructura, como un Principio donde la ley sagrada es capaz de inscribir sus mensajes y que incluso puede ejercer el papel de mediador o transmisor de esos mensajes encriptados que el lenguaje humano, muy lejos de aquellas formas sagradas de comunicación de la humanidad primigenia, es incapaz de transmitir.

Podemos referirnos a las formas más primigenias de espiritualidad, como son aquellas animistas, que nos remiten a cultos remotos vinculados a objetos naturales o a determinados entornos de veneración que adquieren una significación mágica. Paradójicamente, frente a lo que podría plantearnos la modernidad desacralizada, es precisamente esa conciencia de lo sagrado, la que en los albores de la humanidad guarda una relación directa con el culto a los elementos de la naturaleza, a partir de la cual la conciencia del mundo real se ha hecho más fuerte, extrayendo una significación más profunda del mundo que nos rodea. De otro modo, sin esa conciencia sagrada vinculada a un rico y variado universo simbólico, todo sería un fluir caótico y desordenado sin sentido alguno.