Mos Maiorum: Revista sobre Tradición, posmodernidad, filosofía y geopolítica

Después de muchos meses de trabajo a distintos niveles, desde Hipérbola Janus podemos finalmente presentar a nuestro público el resultado de nuestra incansable labor: Mos Maiorum, una revista que, como reza su subtítulo, pretende abordar asuntos relacionados con la Tradición, la posmodernidad, la filosofía y la geopolítica. Tenemos la voluntad de cubrir un amplio espectro de temáticas y autores a través de unos patrones básicos de pensamiento, que podríamos definir en sentido genérico como «disidentes» o incluso «alternativos» respecto al pensamiento hegemónico y dominante en los tiempos presentes.

Tradición y masonería en René Guénon

La Gran Triada, publicada en 1946.
René Guénon quizás sea el autor dentro de la Tradición Perenne que tenga una visión más enfrentada en torno a la conceptualización de la masonería respecto a otros autores de la misma corriente de pensamiento. La crisis del mundo moderno, y la necesidad de buscar puntos de referencia, un centro en el que asirse en la búsqueda de unos cimientos sanos, desde los cuales comenzar a reconstruir un orden propiamente tradicional, constituye uno de los grandes problemas que el pensamiento tradicionalista viene afrontando desde hace mucho tiempo. René Guénon creía en la necesidad de que una élite occidental fuese capaz de reconstituir el orden tradicional que es propio y connatural a nuestros pueblos a partir de una organización, con el fin de proyectar una existencia efectiva y la consecuente reconstrucción para un Occidente en plena crisis de fin de ciclo. A través de La crisis del mundo moderno, el autor francés nos da a entender que dentro de Occidente esa función solamente puede venir encarnada por la Iglesia Católica. Sin embargo, en otro artículo coetáneo del mismo autor, consagrado a la unión de los pueblos, deja claro que la organización más apta para tal fin no es otra que la Masonería. Se sabe que René Guénon formaba parte de una logia aunque se desconoce la labor que pudiera desempeñar en su interior. La idea que Guénon tenía respecto a la masonería era que ésta era la única organización iniciática que había mantenido una relación de continuidad en Occidente a través del denominado Compañerazgo. René Guénon había establecido numerosos e importantes contactos dentro de la masonería, muchos de ellos tendrían un papel especialmente relevante en los gobiernos de Francia después de la I Guerra Mundial, y destacaría especialmente aquel con Oswald Wirth, que se convirtió en su principal colaborador en la revista Symbolisme, donde Marius Lapage sería jefe de redacción y director de la misma, también de filiaciones masónicas. Fue a raíz de una serie de debates con otra personalidad del ámbito masónico, Marjorie Benenham, sobre la antigua masonería inglesa y su simbolismo cuando Guénon contempló seriamente la idea de crear una Logia «guenoniana» a partir de 1946, y, de hecho, La Gran Triada se hizo eco de estas pretensiones, que a partir de 1947 acometió bajo los auspicios de la Gran Logia de Francia. En la estructuración y organización de la logia intervinieron Grandes Maestros y notables miembros de la masonería de la época, aunque fueron muy pocos los que realmente entendieron el propósito de Guénon, que no era otro que el retorno a lo que él concebía como la masonería operativa, que representaba los orígenes primigenios de esta corriente iniciática tal y como nos apunta el propio autor francés

La Masonería Especulativa no es, desde muchos puntos de vista, sino una degeneración de la Masonería Operativa. Ésta última, en efecto, era verdaderamente completa en su orden, poseyendo a la vez la teoría y la praxis correspondiente. En cuanto a la masonería Especulativa, que precisamente tuvo nacimiento cuando las Corporaciones Constructivas estaban ya en plena decadencia, su propio nombre indica claramente que ella está confinada a la especulación pura y simple; es decir, en una teoría sin realización. El pasaje de lo operativo a lo especulativo, muy lejos de constituir un «progreso», como lo pretenden los «modernos» que no comprenden la significación, es exactamente todo lo contrario desde el punto de vista Iniciático. Ello implica, no forzosamente una desviación propiamente hablando, pero al menos una degeneración en el sentido de un aminoramiento. Ese aminoramiento consiste en la negligencia y el olvido de todo lo que es realización, ya que en ello es precisamente en lo que consiste lo operativo, para no dejar subsistir más que una concepción puramente teórica de la Iniciación. 

Solamente un reducido grupo de amigos personales estuvieron dispuestos a llevar a cabo el propósito de Guénon, y el fruto de ese empeño se tradujo en una propuesta de ritual que fue presentada en el año 1948 en estrecha colaboración con nuestro autor. A modo de resumen, en esta propuesta se hablaba de eliminar ciertas fantasías en el comportamiento y en el vestuario, como hizo Wirth en su momento. Aspectos formales de la vestimenta como el mandil o la longitud de los cordones se juzgaron necesarios, de acuerdo con las medidas simbólicas establecidas con anterioridad por la división decimal. No obstante, las pretensiones de reconstituir un ritual originario se mostraron cada vez más difíciles, y se terminó por adoptar un ritualismo sospechoso, algo que terminó por desilusionar al propio Guénon. 

Territorio y carácter en el orbe hispánico (II Parte)

Cuerpos sociales intermedios: Familia y municipio 


En la primera parte sobre el alma y carácter de los pueblos hispánicos, al margen de la introducción sobre la idea de comunidad y la concepción antropológica del hombre tradicional, también nos referimos a los casos específicos de Andalucía y Vascogandas, los dos territorios hispánicos que cuentan con los pueblos más antiguos del orbe peninsular, aunque los destinos de ambos hayan corrido una suerte distinta en el desarrollo de la historia peninsular, y que a consecuencia de estos destinos opuestos, han desarrollado una concepción de la vida diametralmente opuesta.

Familia española de comienzos del siglo XX.
Bajo las mismas directrices que el artículo anterior, y en el contexto de Las Españas, pero también en un sentido más general, debemos destacar el papel que las instituciones tradicionales, y en particular aquellas naturales, han desempeñado en la vida del hombre y en su representación como realidad concreta. El desarrollo de este hombre en el seno de la Comunidad, sus relaciones con los demás hombres o la condición jurídica bajo la que se encuentra en relación al conjunto. Y para ser más claros en nuestro planteamiento hablaremos de los cuerpos sociales intermedios, o aquellas entidades que dentro del marco de civilización permiten al hombre una plena integración con aquello que le es inmediato. Estos cuerpos sociales intermedios, que son el contexto donde el hombre concreto desarrolla su existencia, son lo que se conoce como la Familia y el Municipio. Y frente a éstos tenemos una realidad que, en principio, solamente debe ser un punto de apoyo o un elemento coordinador de las realidades concretas, y que sería el Estado. No obstante, en la relación entre lo público y lo privado, entre Estado y cuerpos intermedios (Familia y Municipio) han mediado incontables equívocos, motivados todos ellos por la incomprensión del derecho natural emanado de instituciones naturales como son la Familia y el Municipio. En cuanto al Estado y su función los malentendidos se derivan enteramente de la concepción hegeliana del mismo como realización suprema y última de la historia, ignorando el sentido orgánico y aglutinador del conjunto del cuerpo social, compuesto por elementos diferenciados y con identidad propia, que interactúan armoniosamente en el conjunto. 

El hecho fundamental a partir del cual se termina por desfigurar completamente el sentido político y del derecho que articulan la vida de los pueblos es la Revolución Francesa de 1789, con la proclamación de sus inmortales principios y el ideal de la humanidad abstracta. Rousseau, Hegel o Kant son los grandes artífices de esas abstracciones que encuentran su vehiculación a través del liberalismo, y que tienden a generar una concepción antropológica del hombre, de sus instituciones o sus preceptos morales y espirituales. El hombre de la Tradición, con su innegable impronta y raigambre metafísica y espiritual, es un ser que labra la historia en un proceso acumulativo fundamental que viene a completar lo que sus predecesores hicieron, y en ningún caso un hecho anecdótico en la marcha del Espíritu incrustado en los peldaños del devenir dialéctico. Del mismo modo que el hombre de la Tradición no concibe las instituciones como creaciones profanas, desligadas del pasado y destino de los pueblos, y ajustadas a las convenciones acordadas por un grupo humano concebido como agregado abstracto de individuos que deciden convivir según unas normas comunes previamente acordadas. Las instituciones, que el liberal y el moderno conciben como un instrumento auxiliar al servicio del individualismo o como parte del control de un Estado burocratizado cuya función es meramente administrativa, son en realidad una parte inextricable de la naturaleza profunda de nuestros pueblos. 

Y es que el ligamen que une al hombre con su territorio, y por éste no entendemos sólo un espacio geográfico, viene de tiempos inmemoriales. El hombre siempre ha establecido vínculos profundos y arraigados con la tierra que ha acogido sus vicisitudes y avatares de la existencia. Una voluntad instintiva de unir el grupo humano al suelo, a la familia a un pedazo de tierra en virtud de una serie de lazos de naturaleza religiosa que, con el paso de las generaciones, pasa a relacionarse con la tierra de los antepasados, en torno a los cuales se genera un culto. Hay una relación directa entre el culto a los antepasados y la posesión de esa porción de tierra que sus descendientes ocupan. El territorio familiar está señalado en sus confines con las tumbas de los antepasados, de cuya relación mística con la comunidad de descendientes vivos aporta virtudes y la dota de una identidad propia. La propiedad de esa tierra, que era parte de la familia, hizo florecer la primera idea o noción de Patria, que a partir de la noción de municipio supuso la unidad de territorios bajo un conjunto de agrupaciones familiares con un mismo suelo sagrado común.


Edén, Resurrección y Tierra de los vivientes


Nuevamente tenemos el placer de presentar una obra del prestigioso autor italiano Gianluca Marletta, del cual, hace apenas dos meses, ya presentamos otro de sus trabajos, en aquella ocasión «OVNIS y alienígenas: Origen, historia y prodigio de una pseudorreligión», una obra de notable originalidad destinada a analizar y poner en tela de juicio los grandes mantras erigidos en torno a las creencias asociadas al fenómeno OVNI. En dicha obra el elemento espiritual forma parte esencial del desarrollo y las interpretaciones del investigador italiano, y este permanece como una constante en la mayor parte de sus publicaciones. En el caso de la que nos disponemos a presentar a continuación no solamente aparece como un elemento más, sino que constituye la columna vertebral de la misma, con el desarrollo de toda una hermenéutica en torno al fenómeno religioso y las consecuencias de la vida post-mortem.

En los tiempos presentes, respecto a los cuales no podemos dejar de mostrarnos críticos por razones evidentes, el ámbito espiritual —y las creencias religiosas en particular— no constituye precisamente un valor a proteger, fomentar o salvaguardar frente a los embates de una Posmodernidad vacía, donde predomina el nihilismo y la crisis de valores llevada a extremos paroxísticos, o al menos así lo cree nuestra sociedad decaída. Se trata de una crisis que se lleva gestando en los últimos siglos, y que se ha visto acelerada en los decenios inmediatos que nos han precedido bajo el epíteto de la conocida como «revolución contracultural» del mayo del 68, que no ha hecho más que agudizar una crisis en gestación bajo la disolución de las formas de vida tradicional, las creencias espirituales bajo las cuales el hombre de un pasado no tan lejano consagraba las cosas esenciales de la vida, y a partir de éstas sentía cierta integración orgánica en el mundo en el que vivía o, en definitiva, la asunción de formas de vida inorgánicas, abstractas y disgregadas.