La naturaleza femenina y los roles sexuales en el mundo moderno

Mujeres sufragistas a comienzos del siglo XX.

Vivimos en unos tiempos convulsos, marcados por la ruptura de los grandes paradigmas y las grandes ideas que a nivel social, psicológico y humano habían marcado la existencia de las generaciones que nos precedieron. El cambio y la transformación siempre son el preludio de la asunción de nuevos paradigmas, de grandes sistemas explicativos que vienen a sustituir aquellos precedentes, y aunque en el lenguaje del progresista ese cambio esté asociado a unas connotaciones invariablemente positivas, con independencia del contenido de esos cambios, no tiene porqué tratarse de algo positivo, benéfico o que venga a mejorar lo anterior. Esa concepción progresista de que todo cambio supone un avance, un salto hacia delante, no deja de ser un prejuicio ideológico de carácter mecanicista y totalmente absurdo. La Verdad es invariable, y aunque la Tradición implica una acumulación permanente de herencias y legados, no todos los aportes de cada generación son portadores de ese valor innegable que permite pertrecharnos adecuadamente ante los retos que nos plantea cada presente y cada futuro al que debemos enfrentarnos. 

La Posmodernidad plantea precisamente la idea de una época vacía, incapaz de crear algo nuevo y verdadero que nos permita vertebrar nuevos ciclos históricos, que nos aporten la savia y la tensión necesaria para afrontar grandes retos históricos. Nuestra época huye de las categorías absolutas, de las afirmaciones soberanas y, sobre todo, prescinde de la cadena de herencias y legados que nos permite mantener viva la llama de la Tradición. Está claro que estas circunstancias nos obligan a reflexiones profundas sobre la condición humana actual, y queremos particularizar estas reflexiones en torno a la mujer, cuya pretendida emancipación como sujeto activo de la Posmodernidad bajo unas determinadas condiciones y al amparo de unas ideologías concretas, plantean una ruptura fundamental respecto a las mujeres de tiempos pasados. 


Polaridad de sexos 


El marxismo cultural ha proporcionado el tamiz ideológico fundamental para «entender» la condición femenina en el mundo moderno. Se trata de una interpretación de carácter materialista, absolutamente horizontal, reduciendo la condición de la mujer al ámbito social y económico. Como es lógico, desde nuestra perspectiva exigimos y reivindicamos la naturaleza espiritual de la mujer y el hombre por igual, y esta exigencia nos obliga a profundizar sobre una visión ontológica, del Ser profundo, trascendiendo meros aspectos materiales e incluso biológicos, que en éste caso último ponen de manifiesto las diferencias naturales a nivel morfológico y fisiológico de la mujer respecto al hombre y la necesidad de afirmar las peculiaridades y complementariedades entre ambos sexos. Y aunque es obvio que la naturaleza sexuada de hombres y mujeres determina comportamientos, visiones del mundo y representa condicionamientos a nivel psicológico y vital, como bien nos señalaba Julius Evola, nadie es hombre o mujer al 100%, sino que lo es en una proporción determinada, en función de la cual siempre queda un porcentaje, por mínimo que sea, que se identifica con el sexo contrario. Es evidente que existe una dialéctica permanente entre el hombre y la mujer, y que armonizar las cualidades intrínsecas de ambas realidades es el fín último establecido por la propia naturaleza. 

Una crítica a la ideología de los Derechos humanos

Asamblea de las Naciones Unidas (ONU) reunida en París
en diciembre de 1948.

Unos derechos arbitrarios 


Si hay algo que caracteriza a nuestra época moderna, o a la era contemporánea, y en especial desde la segunda mitad del siglo XX, es la denominada Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada en París el 10 de diciembre de 1948. Ya tenemos un precedente en los propios albores de la modernidad con la Declaración Universal de los derechos del hombre y el ciudadano, aprobada en la Asamblea Nacional Constituyente francesa un 26 de agosto de 1789. Estamos hablando de documentos que distan más de 150 años de distancia entre sí, de diferentes contextos históricos y de declaraciones inspiradas por circunstancias diferentes pero, sin embargo, embebidas y vertebradas por un mismo espíritu. En la declaración más reciente, aquella proclamada a finales de los años 40, tras la Segunda Guerra Mundial, ya se dieron una serie de pugnas y debates intensos a la hora de formular los derechos contenidos en tal declaración, porque hablar de derechos de carácter universal implica que éstos sean, en teoría, aceptados por cualquier persona independientemente de las filiaciones y arraigos, de la cosmovisión a la que uno se pueda adherir y del origen al que pueda pertenecer. Pero nada más lejos de la realidad, porque aquellos «derechos humanos universales» que pertrechan el mencionado documento están mediatizados por una visión muy concreta, que son aquellos que forman parte de la visión liberal-capitalista y occidental. Y es que éstos no pueden dejar de ser el producto de una ideología moderna, de una perspectiva subjetiva y particular de ver el mundo, aunque las aseveraciones y el trasfondo de los principios que la integran pretendan ser universales y caigan en abstracciones, en muchas ocasiones absurdas. 

Guerra árabe-israelí (1948)
¿Pero qué utilidad tienen estas Declaraciones y el contenido que en ellas se afirma?¿Son derechos operativos o solamente forman parte de un discurso pomposo guiado por la concepción progresista de la historia que los anima?¿En qué contexto o dimensión deben ser tomados susodichos derechos?¿En lo individual o en el contexto de los pueblos o de los Estados? En la Declaración de 1789 encontramos una defensa de la propiedad entendida como un «derecho humano» en lo que no deja de ser un concepto derivado de una concepción burguesa en la forma de entender su definición antropológica del hombre y la organización social. De igual manera, en la declaración de 1948 encontramos una declaración explícita de condena a los «crímenes contra la humanidad», un nuevo concepto jurídico que en épocas pasadas no existía, y que en el ecuador del pasado siglo tomaba un nuevo sesgo en las relaciones internacionales. Y nuevamente vemos chocar con la realidad de los hechos una idea que a priori podría interpretarse como bienintencionada, en la medida que ninguna persona con unos principios éticos-morales normales desea que nadie sea vejado, torturado o asesinado por profesar unas determinadas ideas, creencias o por cualquier otra circunstancia o motivo. Sin embargo, no deja de llamar la atención el hecho de que al tiempo que se hablaba de «crímenes contra la humanidad» se fundase el Estado de Israel, donde el «derecho-humanismo armado» ha prevalecido sobre cualquier otro principio, con las consecuentes y reiteradas violaciones de los derechos de pueblos y Estados fronterizos con la nación sionista. Y no son, precisamente dos hechos descontextualizados o que no guarden relación entre sí, puesto que, en teoría, los grandes damnificados de la Segunda Guerra Mundial serían los integrantes del futuro Estado de Israel. 

Emil Cioran: una crítica a la idea del progreso histórico de Daniel Branco



Durante los últimos meses hemos estado trabajando en una obra que ha supuesto un reto para nosotros, tras poco más de 20 títulos publicados, al tratarse de un libro denso y complejo, tanto por su carácter filosófico, como por el autor tratado, que no es otro que Emil Cioran, una figura de primera magnitud en la historia del pensamiento del pasado siglo XX, poco conocida y quizás menos entendida por el gran público. De modo que la obra que nos disponemos a presentar: Emil Cioran: una crítica a la idea del progreso histórico del autor brasileño Daniel Branco (Fortaleza, 1985) constituye un logro notable en el objetivo, siempre complicado, de dar a conocer visiones alternativas y/o críticas de la Modernidad, o más concretamente de la Posmodernidad, que es el ciclo histórico en el que nos hallamos insertos en estos precisos momentos.

Antes que nada sería necesario elaborar una breve reseña biográfica del autor que nos ocupa, del filósofo franco-rumano Emil Cioran, eminente figura intelectual de una época especialmente prolífica en el pensamiento y las letras en Rumanía. De hecho no debemos olvidar que Mircea Eliade (1907-1986), quizás el etnólogo e historiador de las religiones más importante del pasado siglo, fue parte de su generación, y como él terminó abandonando Rumanía, en su caso rumbo a Estados Unidos, aunque desarrolló algunos años de su actividad académica en Francia, como el propio Cioran. Daniel Branco nos ofrece un lúcido y revelador retrato biográfico de Emil Cioran a través de su infancia, adolescencia, y primera juventud, donde de algún modo se encuentran los elementos donde podemos radicar las bases fundamentales de su pensamiento, su peculiar estilo literario y esa suerte de «ascetismo» descreído que le acompañó en los avatares de su existencia, especialmente desde su traslado a Francia.

Daniel Branco, el autor de la obra
Como bien nos señala Branco desde la misma introducción a su obra, no podemos considerar a Emil Cioran estrictamente un filósofo, ni podemos aventurarnos a aplicarle etiqueta alguna sin el riesgo de caer en el equívoco y el error. Y lo cierto es que para alguien tan heterodoxo y «huidizo» cualquier calificativo corre el riesgo de caer en la inexactitud, eclipsando, oscureciendo o desfigurando el verdadero rostro de sus ideas y su comprensión. De ahí que el mérito de Daniel Branco a la hora de afrontar el estudio de un pensador de estas características sea tan notable y meritorio.

La Cruz frente a la Modernidad


 Un problema espiritual 

Desde Hipérbola Janus hemos destinado multitud de escritos a criticar el mundo actual, un mundo moderno que detestamos en sus aspectos esenciales, en aquellos que dan forma y «sentido» a una cosmovisión errada y lastrada desde su misma base. Tenemos muy claro que aquello que germina desde el materialismo, el individualismo y la consagración de la Razón humana como el único valor para conocer el universo y la propia realidad de la existencia humana es una falsificación de la propia vida, una mixtificación de los bienes y valores raíz que realmente nacen de la pureza primordial del alma humana. Todo aquello que nos acerca a lo mundano y aparta de la dimensión trascendente del Ser nos arrastra al fango de la horizontalidad, de una vida sin anhelos ni esperanzas, donde una buena posición económica o la posibilidad de dar rienda a una suerte de libertinaje se confunde con la verdadera libertad, la cual solamente puede alcanzarse en comunión absoluta con la insoslayable grandeza de lo Trascendente. 

El Cristo de San Juan de la Cruz de Salvador
Dalí
De este modo podemos decir que vivimos tiempos de fin de ciclo, donde la raza del hombre fugaz, como señaló Julius Evola, que entiende las experiencias de la realidad desde una perspectiva absolutamente desconsagrada, sin esa dimensión trascendente tan necesaria para salvaguardar el equilibrio interno y la armonía de la vida humana. Para este hombre fugaz, sin un centro, todos los acontecimientos y hechos de la vida son pasajeros, y como su propia condición sometida al devenir indica, fugaces, sin que nada quede a su paso. Es la antítesis de cualquier principio tradicional.

Analizar la dimensión del problema espiritual que nos plantea la modernidad no puede ser el cometido de este artículo, especialmente en la medida que sería imposible de abarcar por su enorme complejidad. Sin embargo, sí podemos destacar, aunque sea de un modo muy sintético, que durante los últimos siglos hemos asistido a un proceso de desacralización y erosión de las tradiciones espirituales europeas, y que este proceso ha sido especialmente dramático en la parte occidental, aquella que ha sufrido las consecuencias del proceso de descristianización y destrucción de todo atisbo de espiritualidad. La conciencia religiosa, que hasta última hora ha resistido en el ámbito rural y en algunas tradiciones y folclore popular, se ha visto cada vez más erosionada y ninguneada, y frente a ese gran foco de valores, principios y la Cosmovisión vital que un Cristianismo, en un estado de debilidad progresiva, ha quedado un enorme vacío que ha tratado de ser rellenado con aquello que Spengler denominaba como «una segunda religiosidad» que ya expusimos en torno al artículo sobre los magos negros recientemente. Sucedáneos pseudoespirituales que más que cubrir un vacío o procurar una suerte de consuelo a la vida humana, huérfana de certidumbres y verdades eternas, conforman un sortilegio capaz de arrastrar a la masa a creencias dañinas y destructivas propias de los tiempos de disolución en que vivimos.