Una reflexión sobre el «paganismo»

En algunos artículos de nuestro blog y en algunos títulos que hemos publicado hasta el día de hoy (véase La Cruz frente a la modernidad o bien Edén, resurrección y tierra de los vivientes de Gianluca Marletta) no hemos dudado en defender el legado de cierta vertiente de la tradición cristiana, y no tanto porque mostremos una decidida adhesión a los preceptos religiosos que vertebran la doctrina, como por el hecho de reivindicar el hecho espiritual frente a un mundo moderno donde el materialismo y la vida horizontal predominan sobre cualquier otra cosa, y lo hace porque en la propia concepción antropológica del liberalismo burgués no hay lugar para el desarrollo de esa parte espiritual, tan consustancial a nuestra naturaleza y que nos avoca a una existencia oscura y limitada, a una paradójica desmesura suscitada por un vacío interior imposible de colmar. No en vano Ernst Jünger definió a la sociedad burguesa que nació de los grandes ideales revolucionarios de 1789, como aquella de la «razón» y la «moral».

No obstante, el hecho espiritual puede ser enfocado desde muy diferentes perspectivas, y está condicionado por cada tiempo histórico, modelo de civilización, sistema de representaciones, valores y, en definitiva, Cosmovisiones que pueden llegar a ser de lo más complejo. El llamado «paganismo», al que nosotros preferiríamos calificar de sistema de creencias precristiano, por aquello de la carga peyorativa que el término tiene, en referencia a aquellos que «viven en el pago» y que no fueron cristianizados, tiene perspectivas y formas de entender las relaciones y la propia naturaleza humana absolutamente válidas y que podemos entender y aplicar incluso al mundo de hoy día. En algunos casos el «paganismo» se entiende como una suerte de reacción frente a los males del progreso y del mundo moderno, vinculado frecuentemente a ciertos ambientes ideológicos identitarios o patrióticos, o bien a posturas intelectuales que son el fruto de una reflexión, aunque esto suceda más en el ámbito más individual, ha terminado derivando en aquellos fenómenos de «segunda religiosidad» de los que Spengler nos hablaba, y que serían tan característicos de nuestra época, en la que la reconstitución de un pretendido «Orden Pagano» no sería sino un mero simulacro infantil y ridículo, o incluso una forma de invocación de dimensiones oscuras y subterráneas, de esas fuerzas invertidas de antitradición que Evola nos advirtió en su momento.


El llamado «neopaganismo» resulta esperpéntico.



Una lectura positiva



El «paganismo», valorado genéricamente, no fue una doctrina espiritual concebida para la salvación, ni para calibrar la trascendencia en función de la existencia individual, algo que es característico del Cristianismo, y que estaría perfectamente en consonancia con el prototipo humano del Kali-Yuga, que vive en un mundo desconsagrado y donde las fuentes de la sabiduría tradicional sobreviven de forma fragmentaria. Del mismo modo también son fragmentarias, cuando no totalmente desconocidas, muchas formas de sabiduría «paganas» de las cuales solamente conocemos sus síntesis modernas, descontextualizadas y sin fuentes fidedignas para que puedan ser contrastadas. En otras ocasiones nos encontramos ante perspectivas más holísticas, y no por ello más verdaderas, donde se nos habla de una energía cósmica, de un culto a la vida desde una especie de sobrehumanismo nietzscheano más vitalista o bien de un culto a la naturaleza bajo la visión de un modelo panteísta, en lo que son interpretaciones o visiones muy mediatizadas por la mentalidad moderna y que, en cierto modo, cuentan con ciertos obstáculos planteados por una distancia de contexto histórico de más de 2000 años y por la propia acción de la teología cristiana en el transcurso de los mismos.

Hipérbola Janus cumple 5 años



Hoy, 12 de octubre, fecha de un simbolismo y potencia de gran magnitud para el Dasein hispánico, conmemoramos una efemérides muy especial para nosotros, para aquellos que integramos este proyecto editorial. Y es que en la mencionada fecha, hace nada más y nada menos que un lustro, nos embarcamos en este proyecto que además de multitud de entradas en este blog, ha superado de largo la veintena de títulos publicados en ese mismo intervalo de tiempo. 

Como todos los comienzos, los nuestros también fueron complicados e incluso algo accidentados, pero siempre hubo una meridiana claridad en torno a los objetivos que nos marcábamos al iniciar una aventura tan incierta como fascinante. Amparados en nuestras experiencias vitales, en nuestros grandes ideales y poderosas convicciones ideológicas y espirituales, pensamos que era muy necesario aportar nuestro pequeño grano de arena, una contribución a aquel combate espiritual, a esa «pequeña guerra santa» que en nuestro propio interior librábamos contra un orden de cosas que nada tiene que ver con nuestro sistema de valores, con nuestro Ethos profundo. Una voluntad inquebrantable, guiada, creemos nosotros, por cierta providencia divina, nos ha venido impulsando y abriendo vías hacia aquellos caminos que, hasta el momento, hemos venido emprendiendo en nuestra trayectoria editorial.

Comenzamos publicando autores muertos, cuyos derechos, que siempre hemos respetado escrupulosamente, habían pasado a formar parte del dominio público, para terminar haciéndolo con otros tantos que todavía viven y cuyo legado todavía tiene mucho que ofrecer a los espíritus más inconformistas: nos referimos a Aleksandr Duguin, Leonid Savin, Claudio y Solimano Mutti, Boris Nad, Daniel Branco, Gianluca Marletta y otros tantos a los que estaremos orgullosos y agradecidos por añadir a un catálogo que no ha dejado de crecer y que promete continuar haciéndolo en los próximos tiempos. 

Aquellos que nos siguen y nos leen desde nuestros inicios han sido testigos de los logros que este modesto proyecto editorial ha ido gestando con un infatigable trabajo, siempre artesanal, procurando la unidad orgánica en todo el proceso de producción del libro, con un estilo muy nuestro, a partir del cual hemos intentado impregnar cada obra con aquellos principios e ideas que vertebraban nuestra propia Cosmovisión del mundo. De ahí que nuestra gratitud infinita a quienes creyeron en el proyecto o se implicaron en el mismo desde los comienzos, ya sea colaborando en la elaboración de nuestras obras, haciéndolas posibles por distintas vías y a quienes adquirieron finalmente las obras finalizadas, a nuestros lectores, a los que nos negamos a calificar de «clientes», en la medida que no somos vendedores de libros, ni un proyecto editorial al uso, sino difusores de ideas y guardianes de la Tradición a través de sus más variadas perspectivas y manifestaciones. 

Para finalizar os anunciamos que en breve tendremos novedades, y una de ellas será una obra conmemorativa por el lustro de existencia que hoy celebramos. 

Muchas gracias a todos. 



Mos Maiorum: Revista sobre Tradición, posmodernidad, filosofía y geopolítica

Después de muchos meses de trabajo a distintos niveles, desde Hipérbola Janus podemos finalmente presentar a nuestro público el resultado de nuestra incansable labor: Mos Maiorum, una revista que, como reza su subtítulo, pretende abordar asuntos relacionados con la Tradición, la posmodernidad, la filosofía y la geopolítica. Tenemos la voluntad de cubrir un amplio espectro de temáticas y autores a través de unos patrones básicos de pensamiento, que podríamos definir en sentido genérico como «disidentes» o incluso «alternativos» respecto al pensamiento hegemónico y dominante en los tiempos presentes.

Tradición y masonería en René Guénon

La Gran Triada, publicada en 1946.
René Guénon quizás sea el autor dentro de la Tradición Perenne que tenga una visión más enfrentada en torno a la conceptualización de la masonería respecto a otros autores de la misma corriente de pensamiento. La crisis del mundo moderno, y la necesidad de buscar puntos de referencia, un centro en el que asirse en la búsqueda de unos cimientos sanos, desde los cuales comenzar a reconstruir un orden propiamente tradicional, constituye uno de los grandes problemas que el pensamiento tradicionalista viene afrontando desde hace mucho tiempo. René Guénon creía en la necesidad de que una élite occidental fuese capaz de reconstituir el orden tradicional que es propio y connatural a nuestros pueblos a partir de una organización, con el fin de proyectar una existencia efectiva y la consecuente reconstrucción para un Occidente en plena crisis de fin de ciclo. A través de La crisis del mundo moderno, el autor francés nos da a entender que dentro de Occidente esa función solamente puede venir encarnada por la Iglesia Católica. Sin embargo, en otro artículo coetáneo del mismo autor, consagrado a la unión de los pueblos, deja claro que la organización más apta para tal fin no es otra que la Masonería. Se sabe que René Guénon formaba parte de una logia aunque se desconoce la labor que pudiera desempeñar en su interior. La idea que Guénon tenía respecto a la masonería era que ésta era la única organización iniciática que había mantenido una relación de continuidad en Occidente a través del denominado Compañerazgo. René Guénon había establecido numerosos e importantes contactos dentro de la masonería, muchos de ellos tendrían un papel especialmente relevante en los gobiernos de Francia después de la I Guerra Mundial, y destacaría especialmente aquel con Oswald Wirth, que se convirtió en su principal colaborador en la revista Symbolisme, donde Marius Lapage sería jefe de redacción y director de la misma, también de filiaciones masónicas. Fue a raíz de una serie de debates con otra personalidad del ámbito masónico, Marjorie Benenham, sobre la antigua masonería inglesa y su simbolismo cuando Guénon contempló seriamente la idea de crear una Logia «guenoniana» a partir de 1946, y, de hecho, La Gran Triada se hizo eco de estas pretensiones, que a partir de 1947 acometió bajo los auspicios de la Gran Logia de Francia. En la estructuración y organización de la logia intervinieron Grandes Maestros y notables miembros de la masonería de la época, aunque fueron muy pocos los que realmente entendieron el propósito de Guénon, que no era otro que el retorno a lo que él concebía como la masonería operativa, que representaba los orígenes primigenios de esta corriente iniciática tal y como nos apunta el propio autor francés

La Masonería Especulativa no es, desde muchos puntos de vista, sino una degeneración de la Masonería Operativa. Ésta última, en efecto, era verdaderamente completa en su orden, poseyendo a la vez la teoría y la praxis correspondiente. En cuanto a la masonería Especulativa, que precisamente tuvo nacimiento cuando las Corporaciones Constructivas estaban ya en plena decadencia, su propio nombre indica claramente que ella está confinada a la especulación pura y simple; es decir, en una teoría sin realización. El pasaje de lo operativo a lo especulativo, muy lejos de constituir un «progreso», como lo pretenden los «modernos» que no comprenden la significación, es exactamente todo lo contrario desde el punto de vista Iniciático. Ello implica, no forzosamente una desviación propiamente hablando, pero al menos una degeneración en el sentido de un aminoramiento. Ese aminoramiento consiste en la negligencia y el olvido de todo lo que es realización, ya que en ello es precisamente en lo que consiste lo operativo, para no dejar subsistir más que una concepción puramente teórica de la Iniciación. 

Solamente un reducido grupo de amigos personales estuvieron dispuestos a llevar a cabo el propósito de Guénon, y el fruto de ese empeño se tradujo en una propuesta de ritual que fue presentada en el año 1948 en estrecha colaboración con nuestro autor. A modo de resumen, en esta propuesta se hablaba de eliminar ciertas fantasías en el comportamiento y en el vestuario, como hizo Wirth en su momento. Aspectos formales de la vestimenta como el mandil o la longitud de los cordones se juzgaron necesarios, de acuerdo con las medidas simbólicas establecidas con anterioridad por la división decimal. No obstante, las pretensiones de reconstituir un ritual originario se mostraron cada vez más difíciles, y se terminó por adoptar un ritualismo sospechoso, algo que terminó por desilusionar al propio Guénon.