El dragón es una figura simbólica universal, cuyas huellas podemos encontrar en la mayoría de los pueblos del mundo, tanto en culturas primitivas y orientales como en las clásicas, llegando hasta el Medievo. Antonio Medrano abre una de sus principales obras, La lucha contra el dragón, situando la imagen del héroe enfrentado al dragón —que encuentra su arquetipo en San Jorge, pero también está presente en Egipto, Mesopotamia, India, Grecia, Japón o la Europa cristiana medieval—, que se encuentra profundamente enraizado en la psique humana y la memoria espiritual de las civilizaciones. La fuerza de su imagen radica en que, pese a que no se comprende plenamente, cada humano percibe de ella un mensaje directo, inmediato y personal. Más allá de las connotaciones mitológicas, el dragón es una representación simbólica del caos, la disolución y lo informe, se cierne como una amenaza capaz de destruir el orden cósmico y humano.
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Una de las imágenes más difundidas estos días: el mandatario venezolano, Nicolás Maduro, esposado y con los pulgares hacia arriba, acompañado de agentes de la DEA tras su llegada a Nueva York.
A lo largo de toda la contemporaneidad, y como una especie de impronta específica del liberalismo, los conceptos «izquierda» y «derecha» se han convertido en los dominantes en toda dimensión de lo político considerado en el contexto de las democracias de libre mercado. Podríamos decir que conforman el eje político hegemónico de la modernidad, y desde la Revolución Francesa el pensamiento político occidental se ha estructurado en este sentido. Concretamente, el origen de tal terminología nos remite directamente a los debates de la Asamblea Nacional francesa en 1789. Aquellos que defendían el veto real, las posturas anejas a la monarquía y cierto respeto por el orden tradicional se sentaban a la derecha del presidente de la Asamblea; mientras que quienes impulsaban la soberanía popular, la ruptura revolucionaria con el Antiguo Régimen y una «igualdad política» lo hacían a la izquierda. Se trataba de una distinción contingente y puramente circunstancial, sin ninguna otra connotación asociada a un hipotético simbolismo espacial.



