El retorno del mito de Boris Nad


Desde Hipérbola Janus siempre tratamos de ser fieles a nuestro cometido, y además de presentar ideas novedosas y contenidos inéditos en lengua castellana, también queremos presentar al gran público hispano autores cuyas ideas, aportes y puntos de vista puedan resultar interesantes y nos transmitan una visión de las ideas desde un enfoque diferente al habitual. Tal es el caso de Boris Nad, el autor serbio que nos disponemos a presentar en esta ocasión, y que ha tenido a bien colaborar con nosotros en la traducción de su primera obra en castellano: El retorno del mito. La posibilidad de integrar en nuestro catálogo una obra de esta naturaleza, que viene a representar una parte importante del espíritu con el que nació nuestro proyecto editorial, nos llena de gratitud hacia su autor y su excelente predisposición, que ha facilitado mucho el trabajo en la preparación de esta obra.

Boris Nad es un autor con una trayectoria y una experiencia contrastada desde hace muchos años, concretamente desde 1994, cuando publica su primer libro, y es autor de un buen número de obras de carácter ensayístico y literario. Al mismo tiempo vemos unos intereses e inquietudes que se mantienen constantes y como una suerte de hilo conductor a lo largo de toda su trayectoria como escritor; el mito y la historia conforman el bagaje más destacado de su producción literaria, que ya ha sido traducida en multitud de idiomas, entre los que podríamos citar el inglés, ruso, alemán, eslovaco, portugués, griego y, finalmente, también castellano.

Sexualidad, modernidad e iniciación


Sexualidad en el mundo moderno


En artículos precedentes hemos tratado el tema sexual desde una perspectiva tradicional, prefigurando algunos aspectos que nos disponemos a ampliar, y en el último artículo hablamos sobre la denominada «revolución sexual», impulsada por Herbert Marcuse y otros ideólogos como Michel Focault. La sexualidad y el interés por la misma, así como la forma de vivirla, ha adquirido una nueva dimensión dentro del ámbito más íntimo y personal. Como parte de ese individualismo hedonista, que únicamente busca complacer placeres puramente personales, y por tanto puramente egoístas, la sexualidad se ha convertido en un placer que, merced a este hedonismo, ha relegado al individuo a un aislamiento todavía más acusado, a una anomia, como diría Durkheim, cada vez más asfixiante y autodestructiva. Nos estamos refiriendo a un acto tan cotidiano, y muchas veces tan poco confesado, como es la masturbación. La masturbación es un acto que cualquier persona realiza con cierta regularidad en su intimidad, tanto hombres como mujeres, y que pueden llegar a condicionar el desarrollo normal de su existencia. Para muchos puede parecer un acto inocente, personal, e incluso natural que no incumbe a nadie más que a quien lo pone en práctica. Sin embargo, y a la luz de los grandes cambios experimentados en las últimas décadas, sostenemos que eso no es así, y que es un problema que podemos integrar en un espectro ideológico más amplio y que lejos de suponer una forma de «liberación» merced a los instintos supondría más bien la esclavitud del cuerpo y de la mente frente a los bajos instintos y todo lo que domina el subconsciente.

La sociedad moderna, y más concretamente la posmoderna, se ha convertido en una especie de gran acto masturbatorio, en la cual hombres y mujeres deben mostrarse atractivos y sensuales, como trozos de carne, como auténticos penes y vaginas andantes, siempre dispuestos a suscitar el despertar de esos bajos instintos. Lo vemos permanentemente a través de los mass media, mediante su publicidad, su programación televisiva, en la cual los estímulos sexuales son omnipresentes y actúan bajo una dirección inteligente y planificada para excitar los sentidos, para provocar un orgasmo permanente, que como decía Evola, es lo que define precisamente la concepción de la sexualidad en nuestro mundo moderno como una suerte de obsesión. Son estímulos que afectan especialmente a la parte psíquica y que no se concretan en su vertiente fisiológica, con lo cual aquellos que son receptores de estos estímulos se encuentran sobreexcitados y no compensados, es lo que forma parte de esa concepción enfermiza de la sexualidad en la modernidad. Bajo estas premisas, precisamente, han prosperado tendencias y expresiones típicamente modernas como la denominada «revolución sexual» a la que hacíamos alusión en el escrito precedente.

El mito de la contracultura

Mayo del 68 y Nueva Derecha 


La sociedad actual está fundada sobre una serie de principios que, consciente o inconscientemente, actúan sobre la mentalidad y conducta de las personas que la integran. Es muy común, especialmente entre aquellas generaciones más jóvenes, y las que no lo son tanto, repudiar cualquier tipo de autoridad, por justa y necesaria que ésta pueda ser. Tampoco es del gusto de la mayoría que se adopten posturas o posicionamientos que entrañen radicalidad alguna, y no ya en el desfigurado sentido actual, de acuerdo con su acepción moderna, que implica «extremismo» o «defensa de lo irracional», sino en su mismo sentido etimológico, bajo la idea de aquello que posee raíces, y como tal responde a un posicionamiento fundamentado, arraigado y, en cierta medida, inamovible e inmutable. A la sociedad actual no le apetece que los principios fuertes, fundamentados y con raigambre tomen demasiado protagonismo, para éstos es mejor moverse en la inanidad de lo voluble y cambiante; en ideas, principios o posturas que no entrañen demasiada intransigencia, aunque estén fundados en la Verdad y respondan a una Tradición o una dilatada experiencia histórica. Así es nuestra sociedad, se mantiene en una huida constante con el compromiso y la firmeza en las ideas.

Una imagen de las protestas del mayo del 68 en París
Pero si volvemos la vista atrás, si tratamos de profundizar en la génesis de todos estos cambios de naturaleza sociológica, histórica, e incluso espiritual, de la forma de pensar y la mentalidad hoy predominantes, siempre debemos tomar en cuenta lo que se conoce como el movimiento de la contra-cultura, o la rebelión contra la sociedad de los padres, tan simbólicamente ejemplificada a través del denominado «mayo del 68 francés», que pese a ser un movimiento considerado como cultural, en lo fundamental, ha marcado una hegemonía en el terreno de los valores y de la visión de lo político en los años sucesivos. 

Hay un fenómeno que surge en paralelo a todos estos movimientos que marcan una revolución cultural de inequívoca impronta izquierdista, y es la denominada Nueva Derecha, fundada por Alain de Benoist durante esos años finales de la década de los 60. El planteamiento de este nuevo proyecto intelectual podía ser tan rompedor y novedoso como el que acompañó al mayo del 68, y que marcó una nueva hegemonía de la cultura y los valores progresistas. La Nueva Derecha hablaba desde una perspectiva muy alejada de aquella planteada por la vieja derecha liberal y economicista, nostálgica y anquilosada en viejos y caducos valores, afectada por la parálisis y huidiza respecto a cualquier debate de las ideas. Esta corriente fundada por el pensador francés trataba de romper con todas esas referencias para dotarse de un arsenal ideológico muy diferente en vistas a un combate por la hegemonía cultural, readaptando el discurso a nuevos retos y situaciones y teorizando dentro de un plano metapolítico. Frente a cualquier reduccionismo o condicionamiento unívoco, la Nueva Derecha de Benoist planteaba una visión holística del hombre, como un ser dotado no solamente de pura biología, sino como un producto de la historia, la cultura, la civilización y otros acontecimientos dentro del ámbito de lo contingente. Hablamos entonces de una concepción mucho más dinámica que aquella que poseía la vieja derecha que fue derrotada en el mayo del 68. 

Alain de Benoist 


Ahora bien, la Nueva Derecha fue un movimiento que tuvo un eco más bien limitado en su momento, y que dada su naturaleza más intelectual, con una innegable y enorme labor crítica, no tuvo un impacto social tan considerable y, ni mucho menos, veremos muchas referencias a la labor de los autores asociados a esta escuela de pensamiento, ni a sus publicaciones, como es el caso de Nouvelle Ècole, el GREECE, constituido como una suerte de think thank o toda la producción de obras, debates y escritos en general de las últimas décadas. 

La sociedad enferma de la Posmodernidad

El grito de Edvard Munch (1893) expresa la
desesperación del hombre moderno.

Vamos a comenzar este escrito haciendo una afirmación radical, y ésta es, sencillamente, que vivimos en una sociedad enferma, bajo el influjo de perversas influencias a muchos niveles, desde aquellas de mayor envergadura, desarrolladas a través de complejos programas de ingeniería social que encuentran su vehículo de difusión a través de los mass media, de la publicidad etc hasta hábitos de conducta y pensamiento inconscientemente asimilados, así como también estamos sometidos a la ingesta masiva de psicofármacos, que a modo de sucedáneo de felicidad inhibe las veleidades nihilistas que se manifiestan en millones de personas ante los oscuros designios que se dibujan en el horizonte. Y es que podemos hablar de psicopatía colectiva, de una enfermedad social, moral y, especialmente, espiritual que atenaza al mundo actual, y que actúa desde la parálisis absoluta de la voluntad, del discernimiento y el conocimiento de la realidad en todas sus dimensiones. 

La idea de «sociedad enferma» o «malestar de la cultura», como señalaba Freud en su conocido ensayo, es algo que recorre la cultura moderna desde el siglo XIX. El estado de agotamiento, de superación de antiguos paradigmas que no conlleva la asunción de otros nuevos, más fuertes, sino un estado de mayor degeneración, ha sido una constante que la cultura, la literatura y el pensamiento europeo de los últimos siglos ha denunciado permanentemente. De hecho, autores de renombre, como Oswald Spengler o Johan Huizinga, describieron en su momento una concepción orgánica de la historia, planteando una teoría interpretativa cíclica del devenir histórico frente a la concepción lineal-progresista que instauró el positivismo decimonónico. Destaca el primero, Oswald Spengler, y su obra, La decadencia de Occidente, que junto a esta teoría tradicional de la historia, se revela contra el eurocentrismo y la construcción de esa idea de superioridad fundada en la modernidad por cuestiones puramente materiales. Paralelamente, y dentro del estudio de la historia, de los hechos y fenómenos profundos que la configuran, Spengler llegó a la conclusión que son las altas culturas las que mueven el ritmo de la historia y las que dan sentido a la misma. Y, en efecto, toda cultura atraviesa un proceso orgánico de desarrollo, desde el nacimiento, una época de apogeo y la muerte y desaparición final. En nuestro caso, en el presente, está muy claro que nos encontramos en esa fase crepuscular que precede a la caída y la muerte. 

Oswald Spengler (1880-1936)
Volviendo a la dimensión de los individuos, el estado anímico y existencial de la humanidad presente no es más que el producto de la época, de un determinado contexto cultural, social y político absolutamente degradado en los aspectos más esenciales. Y es que es un hecho que la concepción antropológica desarrollada en los últimos tiempos, y que ha precedido a la Posmodernidad actual, se ha dedicado a deconstruir los vínculos profundos, de naturaleza biológica, psíquica y espiritual que habían configurado la doble naturaleza humana, aquella desarrollada ya en tiempos de los griegos, el Antropos del que nos habla Aristóteles, de la doble naturaleza cuerpo-alma y otros tantos conceptos emanados de la cultura clásica y que han vertebrado la concepción de la naturaleza humana desde hace milenios. 

No obstante, las personas, teniendo esa naturaleza que nos es inherente en nuestra condición humana, esa vertiente biológico-psíquico-espiritual, cuya regulación y equilibrio dependen directamente de la satisfacción de determinados factores, dentro del ámbito de lo más inmediato en el terreno de lo biológico, de elementos emocionales en lo psíquico o de necesidades de orden trascendente en lo espiritual, también somos sensibles al devenir de los acontecimientos sociales. De este modo nuestro desarrollo personal, como individuos, está determinado por elementos inherentes a esa naturaleza a la que nos venimos refiriendo, y que están profundamente arraigados, que forman parte de nuestro Ser, y de los elementos que conforman el contexto socio-cultural en el que vivimos. Nadie puede sustraerse de esta realidad, que es a la que han estado sujetas innumerables generaciones desde los orígenes de la humanidad.