Jano, el sentido de lo Absoluto


Dentro de las tradiciones y creencias de la romanidad clásica el papel del dios Jano, que no es precisamente por azar quien presta parte de su nombre a nuestro proyecto editorial, tuvo una incidencia fundamental en lo que se refiere a la Cosmovisión del hombre romano. Este Dios, muy antiguo y venerado en su día, uno de los más respetados del panteón de divinidades romanas, expresa referencias y reminiscencias que nos retrotraen a los comienzos, a la Tradición Primordial, a través de la expresión simbólica de los rostros contrapuestos. Pasado y futuro, occidente y oriente, paz y guerra o cierre y apertura son antítesis que se ven resueltas en la bifacialidad de Jano, el señor de los contrarios, a quien se dedicaba el mes de enero, como ese nuevo comienzo renovado que, pese a reservarse el mes inicial del año natural a su divinidad, en realidad su simbolismo espacio-temporal abarcaba la totalidad del curso anual.

Jano es el Dios de la excelencia, el símbolo de la fuerza cósmica que anida en lo más profundo y primigenio de la Tradición romana. De ahí la permanente dicotomía entre aquello que llega a su fin y lo que es comienzo, o los estados de creación respecto a aquellos de cierre y crepúsculo. Guido De Giorgio hablaba del Dios Jano como expresión pura de la romanidad, y no solamente por su carácter totalmente itálico, y más concretamente romano, sino porque en el simbolismo de sus rostros opuestos anidaba un tercero, el cual todavía estaba por descubrir y tenía un sentido totalmente metahistórico, como portador de la invencibilidad e inmortalidad de la Roma eterna, como guía y luz de la Tradición y del renacer de una Europa que vuelve a sus raíces primigenias.

En el caso de Evola, la significación profunda del dios Jano permitía establecer conexiones profundas y atávicas entre la romanidad y las raíces nórdico-indoeuropeas, y mediante la función de Dios creador y padre tanto de los dioses como de los hombres, y expresión pura de la misma vida a través del simbolismo del tiempo, como señor de los inicios, equiparándose al mismo sentido y esencia que tenía el tiempo nórdico en su expresión simbólica, desde la bifacialidad de Jano, como atributo simbólico que también nos remite al sol en sus ciclos de ascenso y descenso, desde su punto más bajo, que se haría coincidir con el solsticio de invierno, y que coincidirían con las actuales fiestas navideñas, producto del plagio y el sincretismo obrado por el cristianismo en su momento. Al mismo tiempo, su función de «bisagra», de pasaje o transición entre distintos mundos nos remite al simbolismo característico de toda forma iniciática, en el morir y el renacer, despojado de los viejos atavíos de ignorancia y oscuridad para conducirse hacia el Despertar interior, hacia la regeneración interior.

Era especialmente significativo que el templo de Jano fuese abierto en tiempos de guerra y se cerrase en tiempos de paz, lo que nos remite al sentido de la pequeña y la gran guerra santa. Al abrir las puertas del templo se invocaba a las fuerzas de lo elemental e indiferenciado, a la irrupción de las fuerzas sobrenaturales y profundas de la destrucción.

En definitiva, el Dios Jano representa la idea de totalidad, la encarnación de lo Absoluto a través de un simbolismo que es capaz de abarcar todos los estadios de la vida, los desarrollos ulteriores de toda existencia personal, colectiva o de los ciclos naturales, atrapando bajo su égida el sentido de lo cósmico y lo universal, y la esencia de todo aquello que depende y está sujeto a ese Orden.