«El Tarot y la Filosofía», de Giuliano Kremmerz

Portada de «El Tarot y la Filosofía»
El Tarot y la Filosofía fue publicada originariamente como una compilación de artículos que, obedeciendo a una lógica más argumental que cronológica, vio la luz por primera vez en el año 1944 bajo el título I tarocchi dal punto di vista filosófico, en Milán, y a cargo del grupo editorial Fratelli Bocca. La compilación comprende los siguientes escritos, redactados en un intervalo de 14 años, entre 1909 y 1921:
  • «El libro de los Arcanos Mayores» (1909)
  • «Preludio de la Piromagia» (1909)
  • «La Magia Adivinatoria: Los Tarots» (1921)
  • «La muerte» (1923)

Al margen de estos escritos, podríamos añadir dos capítulos más que nos aparecen de forma fragmentaria, como extractos del «Commentarium» y relacionados con el apéndice de «Materialismo y Realidad Mágica», y el extracto de «Niego, Confirmo, Comento», que se publicó en la conocida revista fundada por Giuliano Kremmerz «Mondo Occulto», durante el mes de enero de 1911. Paralelamente, fue añadido otro artículo publicado durante el mes de diciembre de ese mismo año bajo el título de «Preámbulo a la medicina Áurea».

Posteriormente, tendrían lugar dos reediciones más, tras edición de 1944: La primera de ellas a cargo de Edizioni del Graal, de Roma, en 1981 y, posteriormente, otra a cargo de Edizioni Il Torchio, también en la capital italiana, y en el año 1999. En esta ocasión, podemos afirmar orgullosamente que Hipérbola Janus ha publicado por primera vez esta obra en lengua castellana. Precedentemente, nuestros lectores han sido testigos de la publicación de «La puerta hermética», una de las obras más importantes del autor italiano, y publicada en el año 1910. La edición inicial, la de 1944, no está exenta de polémica y críticas por parte de los acólitos y seguidores del pensador italiano, dado que se atribuye cierta arbitrariedad a la compilación de los textos, e incluso la omisión deliberada de fragmentos o frases con unas intenciones no del todo claras.

No obstante, y una vez señaladas las incidencias y avatares que fueron testigos del alumbramiento de la presente obra, es más interesante centrarse en el contenido de la misma, y obviar los tejemanejes e intereses que, desde el punto de vista político, ideológico o editorial pudieran rodear la publicación póstuma de la misma. Sin embargo, no deberíamos olvidar que la relación tanto personal como ideológica de Kremmerz con el fascismo, no fue de lo más cordial, no en vano, fue posiblemente la causa que le incitó a trasladarse al Principado de Mónaco y visitar de forma ocasional el país Transalpino.

Por lo que respecta al contenido de la obra, el prefacio es toda una declaración de intenciones, un compendio de afirmaciones y juicios grandilocuentes, muy en consonancia con el espíritu de la época, del Novecento italiano. Es una época en la que los movimientos intelectuales de toda Europa se encuentran bajo el influjo de las corrientes irracionalistas de Nietzsche, bajo la sombra de autores como Sorel y Stirner, y en plena efervescencia de las vanguardias, entre la que destaca el nacimiento del Futurismo italiano, bajo la batuta de un impetuoso y petulante Filippo Marinetti, la antesala del primer fascismo. No obstante, y pese a ser una época que tiene el valor de ser la preparación intelectual de hechos que se concretarían pocos años después,cambiando la faz de la historia no solo italiana, sino europea, como sería el advenimiento del fascismo en Italia, El Tarot y la Filosofía participa plenamente en el espíritu y la actitud del hombre del siglo XIX, es heredero directo de las esperanzas y anhelos de una sociedad burguesa demasiado acomodada, demasiado pasiva y dada al diletantismo, especialmente a raíz de la gestación de la sociedad de masas y la popularización de ciertos géneros literarios e intelectuales entre amplias capas de la sociedad.

Como vimos en La puerta hermética, Kremmerz continúa insistiendo en la idea de conducir a un principio de armonía del cuerpo con el intelecto que, mediante una síntesis de pensamiento y acción, sea capaz de coordinar y sacar a la superficie fuerzas «oscuras», latentes e insospechadas que están presentes en el hombre, potencialidades vitales, espirituales e intelectivas que podrían arrojar luz y sentido cósmico a los hombres de su tiempo, vacilantes en medio de la ignorancia y los prejuicios, en parte heredados y en parte adquiridos con el triunfo de las ciencias experimentales.

A finales del siglo XIX, concretamente durante el último decenio, vemos ciertos ápices de decadencia y degeneración, con una obra nietzscheana recientemente gestada, durante la década anterior, con la proclamación de la doctrina del superhombre, y la aparición de fuentes críticas y heterodoxas, como podría ser el propio George Sorel, desde un marxismo que evocaba valores cristianos y la necesidad de forjar un nuevo mito, una esperanza sobre la que construir una alternativa a los viejos paradigmas positivistas. Es una época en la que las certezas caen, y se palpa en la retórica, en el uso, en muchas ocasiones en tono imperativo, de juicios y aseveraciones que Kremmerz hace en torno al cristianismo y la ciencia burguesa, que aparecen como el blanco de sus ataques, como los grandes males que impiden ver al hombre decimonónico la claridad de los preceptos kremmercianos, reflejados en la armonía de los opuestos, en una síntesis absoluta donde las contradicciones se difuminan.

Esta obra, como suele ocurrir en los escritos del autor itálico, están teñidos de un simbolismo que se intercala con la ironía y las críticas explícitas hacia los prejuicios heredados de un cristianismo paulino, que desde la desfiguración de unos orígenes más puros, de un gnosticismo que exaltaría conocimientos ocultos y de naturaleza iniciática perdidos en la noche de los tiempos. En el fondo, y de forma un tanto fragmentaria, encontramos ciertos ecos de ideas y preceptos que prefiguran el rico universo que, décadas después, y especialmente a partir de René Guénon adquirirá unas formas mucho más sobrias, con contenidos más sólidos y fundamentados, que convertirán al autor francés en el gran sintetizador de los conocimientos de la Tradición Perenne. Es evidente que Kremmerz no es equiparable a René Guénon, Julius Evola o Frithoff Schuon, pero sin embargo sí prefigura, en muchas ocasiones de forma no demasiado nítida, conceptos como el despertar de valores como la potencia espiritual, la armonización de los contrarios o la crítica hacia formas degeneradas y desviadas nacidas con la modernidad.

Destaca el simbolismo de los arcanos mayores, representados simbólicamente por tres figuras clásicas del tarot: Los Amantes, El Loco y La Muerte.

La primera de las figuras, la que corresponde a los amantes, expresa el sentido de sexualidad y atracción de los opuestos, de la armonía de los contrarios que estábamos comentando con anterioridad, y que expresan los conflictos que se generan previamente a la síntesis de aquellos principios que se encuentran en el contraste, en el conflicto.

Por su parte, la figura del loco evoca la exploración de las nuevas fronteras, el salto al vacío del que habla el taoísmo, que obliga a desvincularse de las certezas y seguridades adquiridas, de toda zona de confort, para lanzarse a la exploración de lo desconocido, para ensanchar las fronteras mentales y espirituales, pero que siendo abandonado a su suerte, sin ninguna forma de guía y conducción por el camino recto, es susceptible de desviarse y puede desembocar en la autodestrucción o la degeneración, o alcanzar la conquista de nuevos horizontes, y es el espíritu del loco el que ha animado las conquistas humanas, el que le ha impelido a superar todo convencionalismo y prejuicio en cada época, para marcar un rumbo ascendente y decisivo en el progreso material, característica esencial de la sociedad burguesa. El loco puede decidir el rumbo y la dirección del hombre, cambiar radicalmente su relación con el espacio que le rodea, con su situación respecto al orden del Cosmos, es el constante elegir, lejos del prejuicio y los dogmas. En este caso, tendría también el sentido de juego y constante burla, además de creación y ruptura. El loco es, en definitiva, también la esperanza depositada en la posibilidad de cambio y crecimiento personal y colectivo.

Por último, y en referencia a la muerte, ésta representa el momento decisivo, los acontecimientos que surgen ante los hechos consumados, irreversibles, que implica la profundidad del cambio, la muerte simbólica de la que nos pueden hablar multitud de tradiciones iniciáticas y que marca un sentido de frontera, y a la vez de superación, un doble nacimiento que desemboca en la regeneración de ideas, de pensamientos y de perspectiva general. La consumación del hecho transformador, catártico y casi ontológico que el propio Kremmerz reclamaba para todos aquellos adeptos e iniciados en las tradiciones herméticas, y que en éste caso, toman forma mediante los arcanos mayores del tarot.


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Esperemos que este libro les sea de provecho e interés.