Hipérbola Janus cumple 5 años



Hoy, 12 de octubre, fecha de un simbolismo y potencia de gran magnitud para el Dasein hispánico, conmemoramos una efemérides muy especial para nosotros, para aquellos que integramos este proyecto editorial. Y es que en la mencionada fecha, hace nada más y nada menos que un lustro, nos embarcamos en este proyecto que además de multitud de entradas en este blog, ha superado de largo la veintena de títulos publicados en ese mismo intervalo de tiempo. 

Como todos los comienzos, los nuestros también fueron complicados e incluso algo accidentados, pero siempre hubo una meridiana claridad en torno a los objetivos que nos marcábamos al iniciar una aventura tan incierta como fascinante. Amparados en nuestras experiencias vitales, en nuestros grandes ideales y poderosas convicciones ideológicas y espirituales, pensamos que era muy necesario aportar nuestro pequeño grano de arena, una contribución a aquel combate espiritual, a esa «pequeña guerra santa» que en nuestro propio interior librábamos contra un orden de cosas que nada tiene que ver con nuestro sistema de valores, con nuestro Ethos profundo. Una voluntad inquebrantable, guiada, creemos nosotros, por cierta providencia divina, nos ha venido impulsando y abriendo vías hacia aquellos caminos que, hasta el momento, hemos venido emprendiendo en nuestra trayectoria editorial.

Comenzamos publicando autores muertos, cuyos derechos, que siempre hemos respetado escrupulosamente, habían pasado a formar parte del dominio público, para terminar haciéndolo con otros tantos que todavía viven y cuyo legado todavía tiene mucho que ofrecer a los espíritus más inconformistas: nos referimos a Aleksandr Duguin, Leonid Savin, Claudio y Solimano Mutti, Boris Nad, Daniel Branco, Gianluca Marletta y otros tantos a los que estaremos orgullosos y agradecidos por añadir a un catálogo que no ha dejado de crecer y que promete continuar haciéndolo en los próximos tiempos. 

Aquellos que nos siguen y nos leen desde nuestros inicios han sido testigos de los logros que este modesto proyecto editorial ha ido gestando con un infatigable trabajo, siempre artesanal, procurando la unidad orgánica en todo el proceso de producción del libro, con un estilo muy nuestro, a partir del cual hemos intentado impregnar cada obra con aquellos principios e ideas que vertebraban nuestra propia Cosmovisión del mundo. De ahí que nuestra gratitud infinita a quienes creyeron en el proyecto o se implicaron en el mismo desde los comienzos, ya sea colaborando en la elaboración de nuestras obras, haciéndolas posibles por distintas vías y a quienes adquirieron finalmente las obras finalizadas, a nuestros lectores, a los que nos negamos a calificar de «clientes», en la medida que no somos vendedores de libros, ni un proyecto editorial al uso, sino difusores de ideas y guardianes de la Tradición a través de sus más variadas perspectivas y manifestaciones. 

Para finalizar os anunciamos que en breve tendremos novedades, y una de ellas será una obra conmemorativa por el lustro de existencia que hoy celebramos. 

Muchas gracias a todos. 



Mos Maiorum: Revista sobre Tradición, posmodernidad, filosofía y geopolítica

Después de muchos meses de trabajo a distintos niveles, desde Hipérbola Janus podemos finalmente presentar a nuestro público el resultado de nuestra incansable labor: Mos Maiorum, una revista que, como reza su subtítulo, pretende abordar asuntos relacionados con la Tradición, la posmodernidad, la filosofía y la geopolítica. Tenemos la voluntad de cubrir un amplio espectro de temáticas y autores a través de unos patrones básicos de pensamiento, que podríamos definir en sentido genérico como «disidentes» o incluso «alternativos» respecto al pensamiento hegemónico y dominante en los tiempos presentes.

Tradición y masonería en René Guénon

La Gran Triada, publicada en 1946.
René Guénon quizás sea el autor dentro de la Tradición Perenne que tenga una visión más enfrentada en torno a la conceptualización de la masonería respecto a otros autores de la misma corriente de pensamiento. La crisis del mundo moderno, y la necesidad de buscar puntos de referencia, un centro en el que asirse en la búsqueda de unos cimientos sanos, desde los cuales comenzar a reconstruir un orden propiamente tradicional, constituye uno de los grandes problemas que el pensamiento tradicionalista viene afrontando desde hace mucho tiempo. René Guénon creía en la necesidad de que una élite occidental fuese capaz de reconstituir el orden tradicional que es propio y connatural a nuestros pueblos a partir de una organización, con el fin de proyectar una existencia efectiva y la consecuente reconstrucción para un Occidente en plena crisis de fin de ciclo. A través de La crisis del mundo moderno, el autor francés nos da a entender que dentro de Occidente esa función solamente puede venir encarnada por la Iglesia Católica. Sin embargo, en otro artículo coetáneo del mismo autor, consagrado a la unión de los pueblos, deja claro que la organización más apta para tal fin no es otra que la Masonería. Se sabe que René Guénon formaba parte de una logia aunque se desconoce la labor que pudiera desempeñar en su interior. La idea que Guénon tenía respecto a la masonería era que ésta era la única organización iniciática que había mantenido una relación de continuidad en Occidente a través del denominado Compañerazgo. René Guénon había establecido numerosos e importantes contactos dentro de la masonería, muchos de ellos tendrían un papel especialmente relevante en los gobiernos de Francia después de la I Guerra Mundial, y destacaría especialmente aquel con Oswald Wirth, que se convirtió en su principal colaborador en la revista Symbolisme, donde Marius Lapage sería jefe de redacción y director de la misma, también de filiaciones masónicas. Fue a raíz de una serie de debates con otra personalidad del ámbito masónico, Marjorie Benenham, sobre la antigua masonería inglesa y su simbolismo cuando Guénon contempló seriamente la idea de crear una Logia «guenoniana» a partir de 1946, y, de hecho, La Gran Triada se hizo eco de estas pretensiones, que a partir de 1947 acometió bajo los auspicios de la Gran Logia de Francia. En la estructuración y organización de la logia intervinieron Grandes Maestros y notables miembros de la masonería de la época, aunque fueron muy pocos los que realmente entendieron el propósito de Guénon, que no era otro que el retorno a lo que él concebía como la masonería operativa, que representaba los orígenes primigenios de esta corriente iniciática tal y como nos apunta el propio autor francés

La Masonería Especulativa no es, desde muchos puntos de vista, sino una degeneración de la Masonería Operativa. Ésta última, en efecto, era verdaderamente completa en su orden, poseyendo a la vez la teoría y la praxis correspondiente. En cuanto a la masonería Especulativa, que precisamente tuvo nacimiento cuando las Corporaciones Constructivas estaban ya en plena decadencia, su propio nombre indica claramente que ella está confinada a la especulación pura y simple; es decir, en una teoría sin realización. El pasaje de lo operativo a lo especulativo, muy lejos de constituir un «progreso», como lo pretenden los «modernos» que no comprenden la significación, es exactamente todo lo contrario desde el punto de vista Iniciático. Ello implica, no forzosamente una desviación propiamente hablando, pero al menos una degeneración en el sentido de un aminoramiento. Ese aminoramiento consiste en la negligencia y el olvido de todo lo que es realización, ya que en ello es precisamente en lo que consiste lo operativo, para no dejar subsistir más que una concepción puramente teórica de la Iniciación. 

Solamente un reducido grupo de amigos personales estuvieron dispuestos a llevar a cabo el propósito de Guénon, y el fruto de ese empeño se tradujo en una propuesta de ritual que fue presentada en el año 1948 en estrecha colaboración con nuestro autor. A modo de resumen, en esta propuesta se hablaba de eliminar ciertas fantasías en el comportamiento y en el vestuario, como hizo Wirth en su momento. Aspectos formales de la vestimenta como el mandil o la longitud de los cordones se juzgaron necesarios, de acuerdo con las medidas simbólicas establecidas con anterioridad por la división decimal. No obstante, las pretensiones de reconstituir un ritual originario se mostraron cada vez más difíciles, y se terminó por adoptar un ritualismo sospechoso, algo que terminó por desilusionar al propio Guénon. 

Territorio y carácter en el orbe hispánico (II Parte)

Cuerpos sociales intermedios: Familia y municipio 


En la primera parte sobre el alma y carácter de los pueblos hispánicos, al margen de la introducción sobre la idea de comunidad y la concepción antropológica del hombre tradicional, también nos referimos a los casos específicos de Andalucía y Vascogandas, los dos territorios hispánicos que cuentan con los pueblos más antiguos del orbe peninsular, aunque los destinos de ambos hayan corrido una suerte distinta en el desarrollo de la historia peninsular, y que a consecuencia de estos destinos opuestos, han desarrollado una concepción de la vida diametralmente opuesta.

Familia española de comienzos del siglo XX.
Bajo las mismas directrices que el artículo anterior, y en el contexto de Las Españas, pero también en un sentido más general, debemos destacar el papel que las instituciones tradicionales, y en particular aquellas naturales, han desempeñado en la vida del hombre y en su representación como realidad concreta. El desarrollo de este hombre en el seno de la Comunidad, sus relaciones con los demás hombres o la condición jurídica bajo la que se encuentra en relación al conjunto. Y para ser más claros en nuestro planteamiento hablaremos de los cuerpos sociales intermedios, o aquellas entidades que dentro del marco de civilización permiten al hombre una plena integración con aquello que le es inmediato. Estos cuerpos sociales intermedios, que son el contexto donde el hombre concreto desarrolla su existencia, son lo que se conoce como la Familia y el Municipio. Y frente a éstos tenemos una realidad que, en principio, solamente debe ser un punto de apoyo o un elemento coordinador de las realidades concretas, y que sería el Estado. No obstante, en la relación entre lo público y lo privado, entre Estado y cuerpos intermedios (Familia y Municipio) han mediado incontables equívocos, motivados todos ellos por la incomprensión del derecho natural emanado de instituciones naturales como son la Familia y el Municipio. En cuanto al Estado y su función los malentendidos se derivan enteramente de la concepción hegeliana del mismo como realización suprema y última de la historia, ignorando el sentido orgánico y aglutinador del conjunto del cuerpo social, compuesto por elementos diferenciados y con identidad propia, que interactúan armoniosamente en el conjunto. 

El hecho fundamental a partir del cual se termina por desfigurar completamente el sentido político y del derecho que articulan la vida de los pueblos es la Revolución Francesa de 1789, con la proclamación de sus inmortales principios y el ideal de la humanidad abstracta. Rousseau, Hegel o Kant son los grandes artífices de esas abstracciones que encuentran su vehiculación a través del liberalismo, y que tienden a generar una concepción antropológica del hombre, de sus instituciones o sus preceptos morales y espirituales. El hombre de la Tradición, con su innegable impronta y raigambre metafísica y espiritual, es un ser que labra la historia en un proceso acumulativo fundamental que viene a completar lo que sus predecesores hicieron, y en ningún caso un hecho anecdótico en la marcha del Espíritu incrustado en los peldaños del devenir dialéctico. Del mismo modo que el hombre de la Tradición no concibe las instituciones como creaciones profanas, desligadas del pasado y destino de los pueblos, y ajustadas a las convenciones acordadas por un grupo humano concebido como agregado abstracto de individuos que deciden convivir según unas normas comunes previamente acordadas. Las instituciones, que el liberal y el moderno conciben como un instrumento auxiliar al servicio del individualismo o como parte del control de un Estado burocratizado cuya función es meramente administrativa, son en realidad una parte inextricable de la naturaleza profunda de nuestros pueblos. 

Y es que el ligamen que une al hombre con su territorio, y por éste no entendemos sólo un espacio geográfico, viene de tiempos inmemoriales. El hombre siempre ha establecido vínculos profundos y arraigados con la tierra que ha acogido sus vicisitudes y avatares de la existencia. Una voluntad instintiva de unir el grupo humano al suelo, a la familia a un pedazo de tierra en virtud de una serie de lazos de naturaleza religiosa que, con el paso de las generaciones, pasa a relacionarse con la tierra de los antepasados, en torno a los cuales se genera un culto. Hay una relación directa entre el culto a los antepasados y la posesión de esa porción de tierra que sus descendientes ocupan. El territorio familiar está señalado en sus confines con las tumbas de los antepasados, de cuya relación mística con la comunidad de descendientes vivos aporta virtudes y la dota de una identidad propia. La propiedad de esa tierra, que era parte de la familia, hizo florecer la primera idea o noción de Patria, que a partir de la noción de municipio supuso la unidad de territorios bajo un conjunto de agrupaciones familiares con un mismo suelo sagrado común.


Edén, Resurrección y Tierra de los vivientes


Nuevamente tenemos el placer de presentar una obra del prestigioso autor italiano Gianluca Marletta, del cual, hace apenas dos meses, ya presentamos otro de sus trabajos, en aquella ocasión «OVNIS y alienígenas: Origen, historia y prodigio de una pseudorreligión», una obra de notable originalidad destinada a analizar y poner en tela de juicio los grandes mantras erigidos en torno a las creencias asociadas al fenómeno OVNI. En dicha obra el elemento espiritual forma parte esencial del desarrollo y las interpretaciones del investigador italiano, y este permanece como una constante en la mayor parte de sus publicaciones. En el caso de la que nos disponemos a presentar a continuación no solamente aparece como un elemento más, sino que constituye la columna vertebral de la misma, con el desarrollo de toda una hermenéutica en torno al fenómeno religioso y las consecuencias de la vida post-mortem.

En los tiempos presentes, respecto a los cuales no podemos dejar de mostrarnos críticos por razones evidentes, el ámbito espiritual —y las creencias religiosas en particular— no constituye precisamente un valor a proteger, fomentar o salvaguardar frente a los embates de una Posmodernidad vacía, donde predomina el nihilismo y la crisis de valores llevada a extremos paroxísticos, o al menos así lo cree nuestra sociedad decaída. Se trata de una crisis que se lleva gestando en los últimos siglos, y que se ha visto acelerada en los decenios inmediatos que nos han precedido bajo el epíteto de la conocida como «revolución contracultural» del mayo del 68, que no ha hecho más que agudizar una crisis en gestación bajo la disolución de las formas de vida tradicional, las creencias espirituales bajo las cuales el hombre de un pasado no tan lejano consagraba las cosas esenciales de la vida, y a partir de éstas sentía cierta integración orgánica en el mundo en el que vivía o, en definitiva, la asunción de formas de vida inorgánicas, abstractas y disgregadas.

Territorio y carácter en el orbe hispánico (I parte)

En nuestras desconsagradas democracias liberales modernas, tendemos a pensar que el hecho de vivir en un territorio u otro no influye en las características formales de los individuos que los habitan. Creemos que vivir aquí o allá no tiene mayor significado que el azar o aquello que las posibilidades económico-materiales determinen, sin que pueda subyacer principio alguno de naturaleza más espiritual. La realidad es que existe un sentido sagrado inherente a la propia geografía de los territorios, y que incluso se da una antítesis y polaridad a nivel simbólico entre éstos, de modo que encontramos el sentido que en el mundo tradicional se da al Norte frente al Sur, a lo meridional frente a lo septentrional con una serie de prolongaciones y connotaciones entre la luz y la oscuridad, entre el polo luminoso de la existencia, el de la regularidad iniciática característica de la Tradición concebida en un sentido ortodoxo, y la anti-Tradición, como refugio de tendencias irracionales y desbocadas. La pugna de estos simbolismos geográficos, que nos remiten claramente a la propia orografía y características accidentales del territorio dentro de lo que podríamos concebir como una geografía sagrada, no solo ha influido en la preservación de grandes centros iniciáticos y de espiritualidad suprema, sino que también han moldeado el propio carácter de los habitantes de estos territorios.

El sentido de Comunidad, la existencia de profundos y arraigados vínculos orgánicos, ancestrales y atávicos, místicamente encarnados en aquellos que conforman un grupo humano, construidos en el devenir de los siglos, con todas las particularidades lingüísticas, culturales, históricas y civilizatorias, contribuyen a la creación de un carácter, de una personalidad como colectivo absolutamente diferenciada de las demás. Esta idea que en estos tiempos de globalización puede parecer extraña y ajena a nuestra época permanece todavía viva en aquellas comunidades donde el individualismo, materialismo y otras corrientes disgregadoras de la modernidad todavía no han hecho mella. Es evidente que hay un fundamento biológico que respalda esa idea comunitaria, pero no nos referimos solo al mero hecho de compartir unos mismos orígenes y una voluntad de continuidad en el futuro, sino que también tenemos un principio vertebrador que ejerce la función aglutinadora a través del principio espiritual. Y es precisamente ese principio espiritual el que permite pertrechar toda la estructura y lazos orgánicos que la cimentan. Las fuerzas del espíritu son las que humanizan y dan dignidad a sus miembros individual y colectivamente. Al mismo tiempo la idea de Comunidad nos defiende del mito igualitarista y de la acción corrosiva de las democracias liberales, amparadas en una antropología negativa del hombre, desde el individualismo atomizador que propugnan apelando a un mito colectivista de la existencia, donde la sociedad se antepone a la Comunidad como un mero agregado abstracto de individuos desarraigados cuya Patria es la humanidad.

El sentido mismo de la Tradición guarda una relación íntima y profunda con la idea de Comunidad que acabamos de describir, y al mismo tiempo contribuye al espíritu formativo que debe dotar de una determinada Personalidad al conjunto que la integra. Y al mismo tiempo la Tradición, con sus propios patrones que pueden coincidir con un modelo más universal y aceptado por un conjunto amplio de Comunidades, también tiene implicaciones a nivel más particular, aquellas que conciernen a un modelo de vida forjada en los siglos, en la sucesión de generaciones y condicionamientos históricos. En este sentido la necesidad de formular un elenco de «valores supremos» o de carácter eterno, bajo ese principio espiritual del que todo emana, se ha convertido en un requisito necesario para la propia supervivencia, y es por ese motivo por el cual deben mantenerse inalterables e incorruptibles.

A partir de esta idea de Comunidad, que desde tiempos pretéritos, y hasta épocas relativamente recientes, ha guiado los destinos de muchos pueblos que se han mantenido dentro de los límites de lo Tradicional, quizás podríamos aventurarnos a trazar un breve retazo de una antropología tradicional que contraponer a aquella del hombre prometeico guiado por la fe en la razón, sin raíces ni pertenencia a comunidad tradicional alguna, y abocado al desarrollo de su individualidad, variable y caótica, sin centro a partir del cual definir un carácter o Personalidad que le vincule a ningún otro grupo humano. El hombre comprende una doble realidad biológica y antropológica, es el resultado de la herencia biológica y de la historia, lo que convierte su desarrollo en una realidad dinámica y en construcción, hasta cierto punto indeterminada. Desde esta perspectiva podemos hablar de tres grados o dimensiones que el hombre encarna y que podríamos resumir en: cuerpo, alma y espíritu. En este contexto el cuerpo, como soporte material siempre se encontrará en el escalafón más bajo de la relación jerárquica entre los tres niveles, asumiendo un papel exclusivamente subsidiario. Esto quiere decir que el hombre no se reduce a determinismos biológicos, instintivos o de naturaleza animal, en contra de lo que propugna el evolucionismo darwinista y otras ideologías modernas bajo el amparo de una pretendida cientificidad. Es evidente que dentro de la tríada cuerpo, alma y espíritu éste último se encuentra en la cúspide de la relación jerárquica en la medida que representa un principio supraindividual, suprabiológico y objetivo frente al alma, donde residen las pasiones individuales, las emociones subjetivas y que se encuentra sometida al devenir. De la relación entre los elementos del ternario mencionado se deriva una desigualdad o particularidad a nivel psíquico y espiritual que nos permite determinar que el mundo moderno se encuentra en una situación de evidente inferioridad respecto a aquel tradicional en la medida que el primero se asocia a la función elemental del cuerpo, con todas las connotaciones relacionadas con la vida instintiva e irracional, mientras que el segundo se vincula a los valores eternos del espíritu, los que nos remiten a las raíces primigenias y a los valores objetivos y trascendentes de los que acabamos de hablar. Es la dicotomía entre la civilización del Devenir (Modernidad) y la civilización del Ser (Tradicional), una antítesis irreconciliable que solamente se resuelve con la destrucción de aquella que no es sino una parodia y una infatuación: la civilización Moderna nacida del iluminismo masónico.

El ternario que compone la naturaleza humana.
Si trasladamos todas estas consideraciones al contexto de nuestra historia y la configuración de las regiones que integran nuestra Patria vemos como los avatares históricos y las peculiaridades de la condición humana junto a las características de la orografía del territorio han ido forjando el carácter de nuestros pueblos hispánicos, tal y como hemos apuntado al comienzo. Más allá de esas circunstancias históricas, que encuentran en el proceso de la Reconquista una dilatada catarsis a lo largo de ocho siglos, encontramos otros elementos en esta trama que se refieren más a esa condición humana, y que, por lo tanto, conforman la base espiritual necesaria que proporciona el material humano en el que se sustenta la Tradición. Y esta circunstancia debe ser tenida muy en cuenta porque lo que condiciona la pertenencia de una persona a un determinado grupo humano no es exclusivamente una cuestión genética, de sangre o cultural, sino que también hay un importante matiz afectivo y espiritual. No se puede ser español por el mero hecho de haber nacido en España, lo cual es aplicable a cualquier otra Comunidad humana, sino que se debe estar integrado en la línea secular marcada por el Destino de esa nación concreta. De alguna forma esa participación en la realidad trascendente de esa nación debe estar grabada a fuego en el alma de quienes la integran. En el mundo actual este sentido profundo y arraigado de pertenencia se encuentra totalmente diluido y ha sido sustituido por espectáculos profanos, a menudo grotescos, en los que se hace idolatría de símbolos de los cuales se desconoce su contenido y en los que, claro está, no se participa en modo alguno en la realidad trascendente que puedan representar.

OVNIS y alienígenas: Origen, historia y prodigio de una pseudorreligión



Una vez más, después de casi un lustro de existencia, Hipérbola Janus se complace en presentar a sus lectores un libro que lleva un título que puede resultar un tanto chocante para nuestros seguidores habituales.

«OVNIS y alienígenas: Origen, historia y prodigio de una pseudorreligión», del prestigioso autor italiano Gianluca Marletta, es un libro que representa una novedad respecto a otros títulos y temáticas anteriores. Sin embargo, el título y contenido de la obra encajan perfectamente en la línea editorial que hemos trazado hasta el momento. En el comienzo de nuestra andadura, allá por el año 2014, publicamos dos obras de Giuliano Kremmerz, relacionadas con el ámbito «mágico-esotérico», bajo los títulos de «La puerta hermética» y «El Tarot y la Filosofía», donde hallamos interpretaciones acerca del Hermetismo y sus claves simbólicas a la luz de una serie de doctrinas que conocen un desarrollo muy peculiar durante el siglo XIX. Estas obras guardan una relación muy directa con la Teosofía de Helena Blavatsky, conocida como «Madame Blavatsky», o aquellas del Espiritismo de Allan Kardec. La extraña amalgama de elementos del mundo Oriental, junto a doctrinas pretendidamente sapienciales y la presencia de la mentalidad típica del positivismo burgués decimonónico, dan lugar a unas obras muy peculiares, que forman parte de ese «espíritu» donde tuvo lugar la génesis de muchas de las temáticas que, modernamente, se han popularizado en nuestra sociedad actual, entre las cuales aquella de los OVNIs no es, precisamente, una excepción.

Con la obra de Gianluca Marletta estos elementos que aparecían preconizados en la obra de Kremmerz, inspirando los contenidos de las dos obras citadas, vuelven a aparecer como parte de un escenario un tanto particular en el que se analizan los elementos y el itinerario histórico bajo el que el fenómeno OVNI ha prosperado, generando no pocas sorpresas e impactantes revelaciones entre aquellos lectores menos avezados y más bisoños en esta materia.

Bien es sabido que en el mundo moderno este tipo de temas suscitan un interés creciente, en la medida que se abordan cuestiones que podríamos calificar de «extraordinarias» y «fuera de lo normal», y que como tales que generan adhesiones, con la participación de legiones de apasionados y entusiastas seguidores de este tipo de fenómenos, pero que, al mismo tiempo, da lugar a posiciones contrarias, con la aparición de multitud de detractores y escépticos que se niegan a dar crédito a nada que no pueda someterse al método científico y que cuente con el apoyo de «voces autorizadas» del mundo de la ciencia y la cultura en general. En este sentido último la presente obra también depara innumerables sorpresas por la cantidad de autores de renombrado prestigio que se han interesado por el fenómeno de los OVNIs.

Posmodernidad y orden moral

En los últimos tiempos mucha gente habla, a priori no sin razón, de la inexistencia de un orden moral. Muchos rememoran con cierta melancolía la existencia de tiempos pretéritos donde el individuo tenía un asidero normativo y de valores donde apoyarse ante los dilemas que la vida pudiera plantearle. La comparativa entre el mundo del Ayer, forjado sobre sólidos e inamovibles principios, sobre una moral tradicional que durante la época de la Contracultura fue denominada como aquella de «la sociedad de los padres», dio paso a una etapa en la que la debacle ético-moral, la disgregación de los valores colectivos y orgánicos, y el triunfo de los (anti)valores disgregados del individuo parecieron dominarlo todo. Durante el último medio siglo hemos vivido una situación de regresión moral y, en nuestra opinión, espiritual, de tal magnitud en medio de una dinámica acelerada y desbocada de un tiempo que parece precipitarse hacia su propio fin.



Sin embargo, y pese a las apariencias, nos hallamos inmersos en una curiosa paradoja, y es que lejos de la inexistencia de un orden moral, nos encontramos inmersos en un nuevo orden moral. Y es un hecho generalizado que abarca a todos nuestros contemporáneos, al menos en las sociedades occidentales, donde este nuevo orden moral rige nuestras vidas y regula nuestro comportamiento de forma permanente. Curiosamente, aquellos que se han erigido como referentes de ese nuevo orden moral prefieren hablar de ética para evitar las connotaciones religiosas que pudieran derivarse del término y quizás también por la prevalencia de un pensamiento laicista generalizado, y eso a pesar de que ambos términos, en su raíz etimológica (ética y moral) hacen referencia a la misma noción.

Pese a que las formas de moral tradicional estén desapareciendo, ello no quiere decir que ésta no venga sustituida por otro sistema para cumplir una misma función, aunque esté dotada de un contenido radicalmente distinto. La propia naturaleza humana, el gregarismo que le es inherente, es el que trata de infundir un patrón básico de comportamiento en aquellos individuos que la integran. Atendiendo a una cierta dialéctica entre los dos sistemas morales, aquel que va desapareciendo y el otro que ha venido a ocupar su lugar, hay una diferencia sustancial entre ambos: mientras que la antigua moral venía a forjar el comportamiento, las normas y los valores del individuo en su interacción social, dentro del contexto de la comunidad, el nuevo orden pretende imponer un rígido sistema moral a la sociedad, sin pensar en los individuos que la integran. El peso del deber moral pasa de lo colectivo a lo individual. Las antiguas virtudes estaban reguladas por un principio del «bien» y de la «justicia», que tienen ciertas reminiscencias platónicas, y que implicaban un actuar justo dentro del cultivo de determinados comportamientos y actitudes de carácter objetivo. En la actualidad el «bien» y la «justicia» han adquirido otro matiz sensiblemente diferente, orientado a ajustar los comportamientos, ideas y juicios de valor a un determinado patrón, a un cierto ideal de cómo deberían ser las cosas. Obviamente esa imagen ideal no tiene en cuenta como han sido las cosas hasta ese momento, como se han desarrollado en su devenir histórico y como han llegado hasta nosotros. Ignora la genealogía más básica de la sociedad inmediatamente anterior, y pretende reducir todos sus aspectos complejos, la raigambre profunda que los pertrecha, a una simple categoría móvil y reemplazable, carente de valor y sujeta al capricho de cualquier ingeniería social.