Edén, Resurrección y Tierra de los vivientes


Nuevamente tenemos el placer de presentar una obra del prestigioso autor italiano Gianluca Marletta, del cual, hace apenas dos meses, ya presentamos otro de sus trabajos, en aquella ocasión «OVNIS y alienígenas: Origen, historia y prodigio de una pseudorreligión», una obra de notable originalidad destinada a analizar y poner en tela de juicio los grandes mantras erigidos en torno a las creencias asociadas al fenómeno OVNI. En dicha obra el elemento espiritual forma parte esencial del desarrollo y las interpretaciones del investigador italiano, y este permanece como una constante en la mayor parte de sus publicaciones. En el caso de la que nos disponemos a presentar a continuación no solamente aparece como un elemento más, sino que constituye la columna vertebral de la misma, con el desarrollo de toda una hermenéutica en torno al fenómeno religioso y las consecuencias de la vida post-mortem.

En los tiempos presentes, respecto a los cuales no podemos dejar de mostrarnos críticos por razones evidentes, el ámbito espiritual —y las creencias religiosas en particular— no constituye precisamente un valor a proteger, fomentar o salvaguardar frente a los embates de una Posmodernidad vacía, donde predomina el nihilismo y la crisis de valores llevada a extremos paroxísticos, o al menos así lo cree nuestra sociedad decaída. Se trata de una crisis que se lleva gestando en los últimos siglos, y que se ha visto acelerada en los decenios inmediatos que nos han precedido bajo el epíteto de la conocida como «revolución contracultural» del mayo del 68, que no ha hecho más que agudizar una crisis en gestación bajo la disolución de las formas de vida tradicional, las creencias espirituales bajo las cuales el hombre de un pasado no tan lejano consagraba las cosas esenciales de la vida, y a partir de éstas sentía cierta integración orgánica en el mundo en el que vivía o, en definitiva, la asunción de formas de vida inorgánicas, abstractas y disgregadas.

Territorio y carácter en el orbe hispánico (I parte)

En nuestras desconsagradas democracias liberales modernas, tendemos a pensar que el hecho de vivir en un territorio u otro no influye en las características formales de los individuos que los habitan. Creemos que vivir aquí o allá no tiene mayor significado que el azar o aquello que las posibilidades económico-materiales determinen, sin que pueda subyacer principio alguno de naturaleza más espiritual. La realidad es que existe un sentido sagrado inherente a la propia geografía de los territorios, y que incluso se da una antítesis y polaridad a nivel simbólico entre éstos, de modo que encontramos el sentido que en el mundo tradicional se da al Norte frente al Sur, a lo meridional frente a lo septentrional con una serie de prolongaciones y connotaciones entre la luz y la oscuridad, entre el polo luminoso de la existencia, el de la regularidad iniciática característica de la Tradición concebida en un sentido ortodoxo, y la anti-Tradición, como refugio de tendencias irracionales y desbocadas. La pugna de estos simbolismos geográficos, que nos remiten claramente a la propia orografía y características accidentales del territorio dentro de lo que podríamos concebir como una geografía sagrada, no solo ha influido en la preservación de grandes centros iniciáticos y de espiritualidad suprema, sino que también han moldeado el propio carácter de los habitantes de estos territorios.

El sentido de Comunidad, la existencia de profundos y arraigados vínculos orgánicos, ancestrales y atávicos, místicamente encarnados en aquellos que conforman un grupo humano, construidos en el devenir de los siglos, con todas las particularidades lingüísticas, culturales, históricas y civilizatorias, contribuyen a la creación de un carácter, de una personalidad como colectivo absolutamente diferenciada de las demás. Esta idea que en estos tiempos de globalización puede parecer extraña y ajena a nuestra época permanece todavía viva en aquellas comunidades donde el individualismo, materialismo y otras corrientes disgregadoras de la modernidad todavía no han hecho mella. Es evidente que hay un fundamento biológico que respalda esa idea comunitaria, pero no nos referimos solo al mero hecho de compartir unos mismos orígenes y una voluntad de continuidad en el futuro, sino que también tenemos un principio vertebrador que ejerce la función aglutinadora a través del principio espiritual. Y es precisamente ese principio espiritual el que permite pertrechar toda la estructura y lazos orgánicos que la cimentan. Las fuerzas del espíritu son las que humanizan y dan dignidad a sus miembros individual y colectivamente. Al mismo tiempo la idea de Comunidad nos defiende del mito igualitarista y de la acción corrosiva de las democracias liberales, amparadas en una antropología negativa del hombre, desde el individualismo atomizador que propugnan apelando a un mito colectivista de la existencia, donde la sociedad se antepone a la Comunidad como un mero agregado abstracto de individuos desarraigados cuya Patria es la humanidad.

El sentido mismo de la Tradición guarda una relación íntima y profunda con la idea de Comunidad que acabamos de describir, y al mismo tiempo contribuye al espíritu formativo que debe dotar de una determinada Personalidad al conjunto que la integra. Y al mismo tiempo la Tradición, con sus propios patrones que pueden coincidir con un modelo más universal y aceptado por un conjunto amplio de Comunidades, también tiene implicaciones a nivel más particular, aquellas que conciernen a un modelo de vida forjada en los siglos, en la sucesión de generaciones y condicionamientos históricos. En este sentido la necesidad de formular un elenco de «valores supremos» o de carácter eterno, bajo ese principio espiritual del que todo emana, se ha convertido en un requisito necesario para la propia supervivencia, y es por ese motivo por el cual deben mantenerse inalterables e incorruptibles.

A partir de esta idea de Comunidad, que desde tiempos pretéritos, y hasta épocas relativamente recientes, ha guiado los destinos de muchos pueblos que se han mantenido dentro de los límites de lo Tradicional, quizás podríamos aventurarnos a trazar un breve retazo de una antropología tradicional que contraponer a aquella del hombre prometeico guiado por la fe en la razón, sin raíces ni pertenencia a comunidad tradicional alguna, y abocado al desarrollo de su individualidad, variable y caótica, sin centro a partir del cual definir un carácter o Personalidad que le vincule a ningún otro grupo humano. El hombre comprende una doble realidad biológica y antropológica, es el resultado de la herencia biológica y de la historia, lo que convierte su desarrollo en una realidad dinámica y en construcción, hasta cierto punto indeterminada. Desde esta perspectiva podemos hablar de tres grados o dimensiones que el hombre encarna y que podríamos resumir en: cuerpo, alma y espíritu. En este contexto el cuerpo, como soporte material siempre se encontrará en el escalafón más bajo de la relación jerárquica entre los tres niveles, asumiendo un papel exclusivamente subsidiario. Esto quiere decir que el hombre no se reduce a determinismos biológicos, instintivos o de naturaleza animal, en contra de lo que propugna el evolucionismo darwinista y otras ideologías modernas bajo el amparo de una pretendida cientificidad. Es evidente que dentro de la tríada cuerpo, alma y espíritu éste último se encuentra en la cúspide de la relación jerárquica en la medida que representa un principio supraindividual, suprabiológico y objetivo frente al alma, donde residen las pasiones individuales, las emociones subjetivas y que se encuentra sometida al devenir. De la relación entre los elementos del ternario mencionado se deriva una desigualdad o particularidad a nivel psíquico y espiritual que nos permite determinar que el mundo moderno se encuentra en una situación de evidente inferioridad respecto a aquel tradicional en la medida que el primero se asocia a la función elemental del cuerpo, con todas las connotaciones relacionadas con la vida instintiva e irracional, mientras que el segundo se vincula a los valores eternos del espíritu, los que nos remiten a las raíces primigenias y a los valores objetivos y trascendentes de los que acabamos de hablar. Es la dicotomía entre la civilización del Devenir (Modernidad) y la civilización del Ser (Tradicional), una antítesis irreconciliable que solamente se resuelve con la destrucción de aquella que no es sino una parodia y una infatuación: la civilización Moderna nacida del iluminismo masónico.

El ternario que compone la naturaleza humana.
Si trasladamos todas estas consideraciones al contexto de nuestra historia y la configuración de las regiones que integran nuestra Patria vemos como los avatares históricos y las peculiaridades de la condición humana junto a las características de la orografía del territorio han ido forjando el carácter de nuestros pueblos hispánicos, tal y como hemos apuntado al comienzo. Más allá de esas circunstancias históricas, que encuentran en el proceso de la Reconquista una dilatada catarsis a lo largo de ocho siglos, encontramos otros elementos en esta trama que se refieren más a esa condición humana, y que, por lo tanto, conforman la base espiritual necesaria que proporciona el material humano en el que se sustenta la Tradición. Y esta circunstancia debe ser tenida muy en cuenta porque lo que condiciona la pertenencia de una persona a un determinado grupo humano no es exclusivamente una cuestión genética, de sangre o cultural, sino que también hay un importante matiz afectivo y espiritual. No se puede ser español por el mero hecho de haber nacido en España, lo cual es aplicable a cualquier otra Comunidad humana, sino que se debe estar integrado en la línea secular marcada por el Destino de esa nación concreta. De alguna forma esa participación en la realidad trascendente de esa nación debe estar grabada a fuego en el alma de quienes la integran. En el mundo actual este sentido profundo y arraigado de pertenencia se encuentra totalmente diluido y ha sido sustituido por espectáculos profanos, a menudo grotescos, en los que se hace idolatría de símbolos de los cuales se desconoce su contenido y en los que, claro está, no se participa en modo alguno en la realidad trascendente que puedan representar.