Territorio y carácter en el orbe hispánico (I parte)

En nuestras desconsagradas democracias liberales modernas, tendemos a pensar que el hecho de vivir en un territorio u otro no influye en las características formales de los individuos que los habitan. Creemos que vivir aquí o allá no tiene mayor significado que el azar o aquello que las posibilidades económico-materiales determinen, sin que pueda subyacer principio alguno de naturaleza más espiritual. La realidad es que existe un sentido sagrado inherente a la propia geografía de los territorios, y que incluso se da una antítesis y polaridad a nivel simbólico entre éstos, de modo que encontramos el sentido que en el mundo tradicional se da al Norte frente al Sur, a lo meridional frente a lo septentrional con una serie de prolongaciones y connotaciones entre la luz y la oscuridad, entre el polo luminoso de la existencia, el de la regularidad iniciática característica de la Tradición concebida en un sentido ortodoxo, y la anti-Tradición, como refugio de tendencias irracionales y desbocadas. La pugna de estos simbolismos geográficos, que nos remiten claramente a la propia orografía y características accidentales del territorio dentro de lo que podríamos concebir como una geografía sagrada, no solo ha influido en la preservación de grandes centros iniciáticos y de espiritualidad suprema, sino que también han moldeado el propio carácter de los habitantes de estos territorios.

El sentido de Comunidad, la existencia de profundos y arraigados vínculos orgánicos, ancestrales y atávicos, místicamente encarnados en aquellos que conforman un grupo humano, construidos en el devenir de los siglos, con todas las particularidades lingüísticas, culturales, históricas y civilizatorias, contribuyen a la creación de un carácter, de una personalidad como colectivo absolutamente diferenciada de las demás. Esta idea que en estos tiempos de globalización puede parecer extraña y ajena a nuestra época permanece todavía viva en aquellas comunidades donde el individualismo, materialismo y otras corrientes disgregadoras de la modernidad todavía no han hecho mella. Es evidente que hay un fundamento biológico que respalda esa idea comunitaria, pero no nos referimos solo al mero hecho de compartir unos mismos orígenes y una voluntad de continuidad en el futuro, sino que también tenemos un principio vertebrador que ejerce la función aglutinadora a través del principio espiritual. Y es precisamente ese principio espiritual el que permite pertrechar toda la estructura y lazos orgánicos que la cimentan. Las fuerzas del espíritu son las que humanizan y dan dignidad a sus miembros individual y colectivamente. Al mismo tiempo la idea de Comunidad nos defiende del mito igualitarista y de la acción corrosiva de las democracias liberales, amparadas en una antropología negativa del hombre, desde el individualismo atomizador que propugnan apelando a un mito colectivista de la existencia, donde la sociedad se antepone a la Comunidad como un mero agregado abstracto de individuos desarraigados cuya Patria es la humanidad.

El sentido mismo de la Tradición guarda una relación íntima y profunda con la idea de Comunidad que acabamos de describir, y al mismo tiempo contribuye al espíritu formativo que debe dotar de una determinada Personalidad al conjunto que la integra. Y al mismo tiempo la Tradición, con sus propios patrones que pueden coincidir con un modelo más universal y aceptado por un conjunto amplio de Comunidades, también tiene implicaciones a nivel más particular, aquellas que conciernen a un modelo de vida forjada en los siglos, en la sucesión de generaciones y condicionamientos históricos. En este sentido la necesidad de formular un elenco de «valores supremos» o de carácter eterno, bajo ese principio espiritual del que todo emana, se ha convertido en un requisito necesario para la propia supervivencia, y es por ese motivo por el cual deben mantenerse inalterables e incorruptibles.

A partir de esta idea de Comunidad, que desde tiempos pretéritos, y hasta épocas relativamente recientes, ha guiado los destinos de muchos pueblos que se han mantenido dentro de los límites de lo Tradicional, quizás podríamos aventurarnos a trazar un breve retazo de una antropología tradicional que contraponer a aquella del hombre prometeico guiado por la fe en la razón, sin raíces ni pertenencia a comunidad tradicional alguna, y abocado al desarrollo de su individualidad, variable y caótica, sin centro a partir del cual definir un carácter o Personalidad que le vincule a ningún otro grupo humano. El hombre comprende una doble realidad biológica y antropológica, es el resultado de la herencia biológica y de la historia, lo que convierte su desarrollo en una realidad dinámica y en construcción, hasta cierto punto indeterminada. Desde esta perspectiva podemos hablar de tres grados o dimensiones que el hombre encarna y que podríamos resumir en: cuerpo, alma y espíritu. En este contexto el cuerpo, como soporte material siempre se encontrará en el escalafón más bajo de la relación jerárquica entre los tres niveles, asumiendo un papel exclusivamente subsidiario. Esto quiere decir que el hombre no se reduce a determinismos biológicos, instintivos o de naturaleza animal, en contra de lo que propugna el evolucionismo darwinista y otras ideologías modernas bajo el amparo de una pretendida cientificidad. Es evidente que dentro de la tríada cuerpo, alma y espíritu éste último se encuentra en la cúspide de la relación jerárquica en la medida que representa un principio supraindividual, suprabiológico y objetivo frente al alma, donde residen las pasiones individuales, las emociones subjetivas y que se encuentra sometida al devenir. De la relación entre los elementos del ternario mencionado se deriva una desigualdad o particularidad a nivel psíquico y espiritual que nos permite determinar que el mundo moderno se encuentra en una situación de evidente inferioridad respecto a aquel tradicional en la medida que el primero se asocia a la función elemental del cuerpo, con todas las connotaciones relacionadas con la vida instintiva e irracional, mientras que el segundo se vincula a los valores eternos del espíritu, los que nos remiten a las raíces primigenias y a los valores objetivos y trascendentes de los que acabamos de hablar. Es la dicotomía entre la civilización del Devenir (Modernidad) y la civilización del Ser (Tradicional), una antítesis irreconciliable que solamente se resuelve con la destrucción de aquella que no es sino una parodia y una infatuación: la civilización Moderna nacida del iluminismo masónico.

El ternario que compone la naturaleza humana.
Si trasladamos todas estas consideraciones al contexto de nuestra historia y la configuración de las regiones que integran nuestra Patria vemos como los avatares históricos y las peculiaridades de la condición humana junto a las características de la orografía del territorio han ido forjando el carácter de nuestros pueblos hispánicos, tal y como hemos apuntado al comienzo. Más allá de esas circunstancias históricas, que encuentran en el proceso de la Reconquista una dilatada catarsis a lo largo de ocho siglos, encontramos otros elementos en esta trama que se refieren más a esa condición humana, y que, por lo tanto, conforman la base espiritual necesaria que proporciona el material humano en el que se sustenta la Tradición. Y esta circunstancia debe ser tenida muy en cuenta porque lo que condiciona la pertenencia de una persona a un determinado grupo humano no es exclusivamente una cuestión genética, de sangre o cultural, sino que también hay un importante matiz afectivo y espiritual. No se puede ser español por el mero hecho de haber nacido en España, lo cual es aplicable a cualquier otra Comunidad humana, sino que se debe estar integrado en la línea secular marcada por el Destino de esa nación concreta. De alguna forma esa participación en la realidad trascendente de esa nación debe estar grabada a fuego en el alma de quienes la integran. En el mundo actual este sentido profundo y arraigado de pertenencia se encuentra totalmente diluido y ha sido sustituido por espectáculos profanos, a menudo grotescos, en los que se hace idolatría de símbolos de los cuales se desconoce su contenido y en los que, claro está, no se participa en modo alguno en la realidad trascendente que puedan representar.



En el caso español la integración de esa realidad que marca el desarrollo de sus diversas tradiciones históricas, aquello que en su momento se conoció, en los albores de la era moderna como Las Españas, es el producto de un Destino histórico forjado a lo largo del Medievo, y que entroncando con toda la herencia de raíz latina, aquella legada por Roma, da paso a la formación de otro gran orbe civilizatorio marcado por la Cristiandad. Se trata de un proceso histórico fundamental, como fue aquel de la invasión árabe y la consecuente Reconquista, reside el catalizador histórico para la integración de las tradiciones peninsulares en la síntesis hispánica.

No obstante, de lo que aquí vamos a hablar fundamentalmente es de la naturaleza y el alma de los pueblos que conforman esa realidad histórica de Las Españas, hoy decaídas pero que siguen siendo cuna de castellanos, andaluces, vascos, catalanes o gallegos, entre lo que son parte de nuestras tradiciones y que, en el devenir de los siglos, han dado sentido a muchos elementos propios de nuestro carácter, cultura e idiosincrasia.


Andalucía, vitalidad y paganismo de un pueblo milenario




En este sentido podemos poner como ejemplo la realidad histórica que ha vertebrado las distintas partes que conforman nuestra geografía peninsular. No en vano es necesario evidenciar notables contrastes a nivel de carácter y personalidad que definen a unos pueblos hispánicos frente a otros en este mosaico étnico y cultural que se despliega sobre nuestra piel de toro. En el caso de Andalucía, por ejemplo, hallamos una cuna de civilización muy temprana en el extremo occidental del Mediterráneo. Una tierra que, de algún modo, se convirtió durante la Antigüedad en una especie de Dorado peninsular, con una riqueza proverbial, de la cual muchos autores clásicos ya se hicieron eco, como fue el caso de Estrabón. Un nivel de civilización muy desarrollado desde etapas muy tempranas, bajo la legendaria estela del rey Argantonio y la civilización tartésica. Fenicios y romanos también dejaron una notable impronta civilizatoria tras de sí, e influyeron en la naturaleza peculiar de este pueblo hispánico del Sur peninsular. De este modo, en las crónicas de la época romana ya se les atribuía a los andaluces una verborrea pródiga y un carácter individualista y anárquico que es el que define al andaluz en la actualidad. Y no en vano el mismo Cicerón se sorprendió al conocer el latín cordobés, que a pesar de considerarlo tosco y machacón en sus formas admiraba, al tiempo que sentía gran aprecio por sus gentes y su estilo vital. De hecho, la Bética fue un territorio importantísimo para Roma, y a Hispalis o Córdoba se les concedió el título de civitas en fechas muy tempranas, de la misma manera que de este territorio salieron cónsules como el gaditano Balbo, el primero no romano de todos los territorios conquistados, o emperadores como Trajano.

Lucio Cornelio Balco el Menor.
El andaluz vive apegado a su terruño, enraizado en el paisaje que le rodea, por el cual profesa una veneración pagana. En su momento, ahora menos con las tendencias uniformizadoras de la modernidad, el toro era un elemento fundamental en la definición del alma y la religión del andaluz, casi como un elemento de la potencia viril y el sentido genesíaco de la naturaleza que éste poseía. La lucha contra el animal se percibe como una contienda simbólica en la que el hombre trata de domeñar la naturaleza. Forma parte de ese sentido pagano de la existencia y de ese culto al toro tan característico de los pueblos mediterráneos, especialmente en sus etapas más primitivas.

Del mismo modo vemos el mismo carácter de paganidad en la forma de concebir lo religioso de estos pueblos del Sur. La propia tierra es considerada bajo un principio religioso y sagrado supremo. Y es que el andaluz, hombre de sangre caliente, es demasiado pagano a la hora de concebir la religión, especialmente condicionado por la lujuria con la que ve la propia naturaleza que le rodea. La religiosidad para el andaluz carece de la solemnidad y la ortodoxia con la que se realiza cualquier culto católico en otras latitudes más al Norte, y todo acto religioso termina por ser un gran acto colectivo y una gran «misa pagana» donde la participación de las multitudes y el predominio de una religiosidad de «estética y orgasmo» se termina con imponer, con toda la luminosidad y colorido del carácter apasionado de sus gentes. Un buen ejemplo de esa concepción religiosa lo tenemos en las innumerables romerías o en la multitud de cultos a distintas vírgenes y Cristos que hay por toda Andalucía, y que cuentan en cada caso con su particular legión de seguidores. No tienen otra forma de integrar la catolicidad sino a través de una expresión politeísta de los símbolos religiosos.

Otro rasgo fundamental del carácter andaluz lo encontramos en su sentido trágico de la existencia, y en el reconocimiento del carácter inexorable de la naturaleza, frente a la cual no cabe lucha posible. Quizás en ese componente trágico, a veces también cómico, encontramos los ecos de la filosofía senequista de cierto desprecio hacia los rigores de la vida. Es por ese motivo, por el cual el andaluz nunca se ha revestido de ese carácter idealista y quijotesco que predomina en las tierras de Castilla. En ese sentido el cambio se concibe para bien o para mal, con todas sus consecuencias, en un culto a la omnipotencia de la naturaleza, que no es sino una expresión de la superficialidad del catolicismo andaluz, como parte del culto a la diosa madre naturaleza.

El legendario reino de Tartessos.
Hay otra consecuencia que se deriva de esta forma de concebir la religión y la naturaleza, y que emana directamente de ese carácter caliente y sensual al que venimos refiriéndonos, que es un cierto culto a la mujer porque el andaluz vive orientado hacia lo femenino, y es que ante la ausencia de un sentido para emprender empresas colectivas como pueblo, se centra en la conquista de la mujer, que vendría a ser la expresión máxima de ese sentido orgiástico y pagano bajo el cual concibe la religión. Sin embargo, y lejos de los desprecios de un Ortega y Gasset, que atribuía una cobardía de carácter al andaluz, casi feminizado, lo cierto es que esta tierra ha concebido grandes conquistadores en la empresa americana, desde Jiménez Quesada, Pedro de Valdivia o Hernán Cortés, que algunos reconocerán como propiamente extremeños, aunque culturalmente, y eso al menos hasta la línea que marca el curso del río Guadiana, podría ser la frontera natural de lo andaluz. Del mismo modo, esa idea de abandono a los placeres y a la sensualidad tampoco hace honor a la amplia pléyade de autores diversos, desde la literatura hasta la filosofía, que esta tierra del Sur ha dado a Las Españas, entre los cuales podríamos destacar al cordobés Séneca o al granadino Francisco Suárez. Aunque bien es cierto que en su momento Tito Livio, al hablar de los turdetanos, lo hizo en términos de un pueblo no belicoso e indiferente frente a cualquier campaña militar. Y es que, nuevamente, el sentido de empresa colectiva, de emprender la construcción de un ciclo histórico en términos metapolíticos, es algo ajeno al andaluz, de carácter más anárquico e individual, que actúa más por azar e impulsos frente a toda idea de cálculo y premeditación.

Precisamente esa «indolencia», si lo podemos considerar de tal modo, del andaluz en el desarrollo y participación en grandes proyectos históricos es de donde han derivado ciertos clichés o estereotipos que, irremediablemente, han derivado en falsos prejuicios, como aquellos que lo hacen entregarse a la holgazanería, o bien ese pesimismo trágico ante el curso inexorable de los acontecimientos desencadenados por la naturaleza. El folclore o los toros han sido medio de expresión tradicional del alma andaluza, y en estas expresiones ha plasmado ese culto a la naturaleza, la sensualidad y el interés por lo femenino, moldeando la imagen de lo andaluz más allá de sus fronteras naturales.


Vascongadas, tierra genuinamente hispánica 



En el caso del vasco, ubicado en el extremo Norte, al abrigo de los Pirineos y frente al Mar Cantábrico, es radicalmente diferente al andaluz, cuando no directamente su antítesis. Como venimos apuntando desde el principio, la orografía del territorio condiciona el carácter de los pueblos, y en el caso vasco lo hace de forma notable con sus montañas y sus valles cerrados, prácticamente inexpugnables desde la más remota Antigüedad. En su misma etimología son ya portadores de ese sentido de pueblo cerrado, aquel de los «hombres de las montañas», que como apunta el historiador galorromano Gregorio de Tours, en su Historia Francorum, a finales del siglo VI, se trata de un pueblo belicoso y huraño que perpetra sus razzias en los límites de sus fronteras naturales para volver a sus escarpadas guaridas con el botín.

Los vascos, junto a los andaluces, es el pueblo más antiguo de España, pero mucho más anclado en su raíz geográfica, permaneciendo durante milenios apegados al mismo terruño. Durante el transcurso de los muchos siglos de existencia de este pueblo, que vive conforme a sus sencillas y primitivas costumbres, no ha conocido el paso de las civilizaciones que han moldeado el carácter e historia de los andaluces, sino que, por el contrario, dada la tenacidad de los pobladores del territorio vasco frente a los invasores, la aspereza de sus montañas y el poco interés suscitado por las grandes potencias europeas y de sus eventuales invasores ha permanecido invariable en el tiempo. Eso ha convertido a los vascos en una reliquia de tiempos antiguos, como atrapada en el curso de los milenios y apuntando una serie de peculiaridades respecto a otros pueblos hispánicos.

La primera de esas peculiaridades es de tipo antropológico y deviene del propio aislamiento que experimentó este pueblo durante milenios, y que potencia el sentido étnico y comunitario de sus gentes. Asociado a sus orígenes destaca el conocido como «mito de Túbal», a partir del cual se pretendía establecer un vínculo directo entre los primeros vascos y los supervivientes del Diluvio Universal, concretamente en uno de los hijos de Noé: Jafet, cuyo nieto, Túbal fue quien condujo a los primeros vascos a la Península Ibérica, estableciéndose primero en Huesca y Pamplona, para posteriormente retirarse progresivamente hacia las montañas que conforman su territorio, por la acción de Hércules y Pirro en lo que es un relato mítico exaltado por las propias logias masónicas y que el padre del separatismo vasco, Sabino Arana, tomó como referencia fundamental en la construcción de su relato político.

Al margen de los mitos anti-tradicionales y ajenos a la propia naturaleza del pueblo vasco, también hay un tipo humano bien determinado que se asocia a estos pueblos, cuenta con hombres de gran fuerza física, predominio de campesinos y marineros y vinculado a su primitivismo hallamos gentes simples, sencillas y amoldadas a un estilo de vida sin demasiadas complicaciones, siguiendo la inercia de los milenios en su eterna cotidianidad. Si el andaluz ha desarrollado un culto a la naturaleza y admira la frugalidad de sus creaciones, en el caso vasco no existe sino lo contrario, puesto que la naturaleza representa un medio hostil y salvaje. Del mismo modo, el cristianismo penetró tardíamente en estos territorios, y no lo hizo en profundidad hasta el siglo XI, de tal modo que su participación en los procesos históricos y culturales que vertebraron los diversos territorios peninsulares fue significativamente menor durante los siglos del Medievo hasta el momento que se convierten en parte de Castilla.

De lo anterior resulta la peculiar situación de las provincias vascongadas, donde en lugar de historia existe un «transcurrir de tiempos antiguos» dado que no llegaron a participar en las grandes empresas de civilización que sucedían a su alrededor, y como bien apuntaba Estrabón, se dedicaron a sus danzas, sin afanes militares y literarios más allá de los quehaceres cotidianos. De ahí que en la Vasconia anterior a la gran catarsis unificadora de Las Españas y su proyecto universal, no tengamos ni personalidades paradigmáticas ni héroes asociados al destino de esta noble tierra. Paralelamente, bajo el amparo de este primitivismo, tenemos el predominio de formas de vida colectivizadas, del gregarismo que rechaza al extraño y potencia el sentido comunitario, que deriva de la homogeneidad de territorio y de gentes que caracteriza su realidad.

Sancho Garcés III de Pamplona.

Política y socialmente, los vascos son un pueblo roto e incompleto que en su momento extendieron sus dominios hasta cerca de Jaca (Huesca), Noroeste de Aragón (Ejea de los Caballeros, Zaragoza), La Rioja, Álava y partes limítrofes de Burgos. El sentido de ruptura vendría dado por la doble influencia que condicionó su desarrollo: la francesa y la castellana, siendo ésta última la que terminaría por imponerse, pasando a incorporarse a los dominios de los monarcas castellanos a finales del siglo XIV. Las Vascongadas son un pueblo quebrado en su unidad espiritual, sin posibilidad de consumar un proyecto expansivo y hegemónico en el Noroeste peninsular, algo que podría haberse producido bajo Sancho Garcés III de Pamplona, que murió sin haber conseguido la unidad en torno al cetro pamplonés.

Este desarrollo histórico, en el que no podemos detenernos por razones de extensión del artículo, condiciona la visión lastrada de la propia historia que ni el propio Sabino Arana y sucesores en la era moderna han sabido interpretar, del mismo modo que tampoco supieron cohesionar las provincias que conforman el territorio vascongado. No obstante la fuerte oposición al progreso y con éste, a la extranjerización de sus costumbres e idiosincrasia hizo que su integración en el orbe hispánico peninsular se hiciera sin el menoscabo de su personalidad política. De hecho los vascos fueron protagonistas esenciales en las gestas hispánicas que cubrieron de gloria nuestros destinos patrios a lo largo del siglo XVI con soldados y marinos de gran valía y protagonismo en la empresa americana.