Territorio y carácter en el orbe hispánico (II Parte)

Cuerpos sociales intermedios: Familia y municipio 


En la primera parte sobre el alma y carácter de los pueblos hispánicos, al margen de la introducción sobre la idea de comunidad y la concepción antropológica del hombre tradicional, también nos referimos a los casos específicos de Andalucía y Vascogandas, los dos territorios hispánicos que cuentan con los pueblos más antiguos del orbe peninsular, aunque los destinos de ambos hayan corrido una suerte distinta en el desarrollo de la historia peninsular, y que a consecuencia de estos destinos opuestos, han desarrollado una concepción de la vida diametralmente opuesta.

Familia española de comienzos del siglo XX.
Bajo las mismas directrices que el artículo anterior, y en el contexto de Las Españas, pero también en un sentido más general, debemos destacar el papel que las instituciones tradicionales, y en particular aquellas naturales, han desempeñado en la vida del hombre y en su representación como realidad concreta. El desarrollo de este hombre en el seno de la Comunidad, sus relaciones con los demás hombres o la condición jurídica bajo la que se encuentra en relación al conjunto. Y para ser más claros en nuestro planteamiento hablaremos de los cuerpos sociales intermedios, o aquellas entidades que dentro del marco de civilización permiten al hombre una plena integración con aquello que le es inmediato. Estos cuerpos sociales intermedios, que son el contexto donde el hombre concreto desarrolla su existencia, son lo que se conoce como la Familia y el Municipio. Y frente a éstos tenemos una realidad que, en principio, solamente debe ser un punto de apoyo o un elemento coordinador de las realidades concretas, y que sería el Estado. No obstante, en la relación entre lo público y lo privado, entre Estado y cuerpos intermedios (Familia y Municipio) han mediado incontables equívocos, motivados todos ellos por la incomprensión del derecho natural emanado de instituciones naturales como son la Familia y el Municipio. En cuanto al Estado y su función los malentendidos se derivan enteramente de la concepción hegeliana del mismo como realización suprema y última de la historia, ignorando el sentido orgánico y aglutinador del conjunto del cuerpo social, compuesto por elementos diferenciados y con identidad propia, que interactúan armoniosamente en el conjunto. 

El hecho fundamental a partir del cual se termina por desfigurar completamente el sentido político y del derecho que articulan la vida de los pueblos es la Revolución Francesa de 1789, con la proclamación de sus inmortales principios y el ideal de la humanidad abstracta. Rousseau, Hegel o Kant son los grandes artífices de esas abstracciones que encuentran su vehiculación a través del liberalismo, y que tienden a generar una concepción antropológica del hombre, de sus instituciones o sus preceptos morales y espirituales. El hombre de la Tradición, con su innegable impronta y raigambre metafísica y espiritual, es un ser que labra la historia en un proceso acumulativo fundamental que viene a completar lo que sus predecesores hicieron, y en ningún caso un hecho anecdótico en la marcha del Espíritu incrustado en los peldaños del devenir dialéctico. Del mismo modo que el hombre de la Tradición no concibe las instituciones como creaciones profanas, desligadas del pasado y destino de los pueblos, y ajustadas a las convenciones acordadas por un grupo humano concebido como agregado abstracto de individuos que deciden convivir según unas normas comunes previamente acordadas. Las instituciones, que el liberal y el moderno conciben como un instrumento auxiliar al servicio del individualismo o como parte del control de un Estado burocratizado cuya función es meramente administrativa, son en realidad una parte inextricable de la naturaleza profunda de nuestros pueblos. 

Y es que el ligamen que une al hombre con su territorio, y por éste no entendemos sólo un espacio geográfico, viene de tiempos inmemoriales. El hombre siempre ha establecido vínculos profundos y arraigados con la tierra que ha acogido sus vicisitudes y avatares de la existencia. Una voluntad instintiva de unir el grupo humano al suelo, a la familia a un pedazo de tierra en virtud de una serie de lazos de naturaleza religiosa que, con el paso de las generaciones, pasa a relacionarse con la tierra de los antepasados, en torno a los cuales se genera un culto. Hay una relación directa entre el culto a los antepasados y la posesión de esa porción de tierra que sus descendientes ocupan. El territorio familiar está señalado en sus confines con las tumbas de los antepasados, de cuya relación mística con la comunidad de descendientes vivos aporta virtudes y la dota de una identidad propia. La propiedad de esa tierra, que era parte de la familia, hizo florecer la primera idea o noción de Patria, que a partir de la noción de municipio supuso la unidad de territorios bajo un conjunto de agrupaciones familiares con un mismo suelo sagrado común.




En este proceso vemos las primeras células de la organización social con la delimitación de un territorio particular, adscrito a las familias y configurado en función de una identidad determinada. Es así cómo se forja esa relación entre sangre y suelo, entre familia y territorio que las entidades políticas surgidas con posterioridad se verán obligadas a respetar. No en vano las primeras formas embrionarias del poder político, competencias que encarnará el Estado, especialmente a partir del siglo XIX, fueron ostentadas en origen por los padres de familia, que debieron desarrollar las funciones de políticos, administradores o jueces de la Comunidad. El Estado no viene a ser otra cosa que la expresión de ese conjunto de comunidades sociales menores, una congregación de familias, con estrechos vínculos de sangre, y no un mero agregado de individuos desarraigados. A lo largo del devenir histórico la familia ha sido el pilar básico en la edificación de cualquier civilización a nivel político, el fundamento sobre el que se edifican todo el entramado de instituciones y derechos de la Comunidad nacional. En nuestras Tradiciones Hispánicas más arraigadas esa idea de las instituciones naturales, primarias y superiores al Estado, que es secundario y posterior, es algo plenamente asumido. Y en ningún caso el Estado viene a sustituir las funciones detentadas por el orden familiar.

En la actualidad, ésta concepción de la Familia como parte del orden natural de las cosas y su primacía sobre el Estado como fundamento basal del orden comunitario, se ha visto erosionada y mancillada por la aplicación de ingenierías sociales destinadas a destruir una institución milenaria y fundacional en la conformación de las comunidades humanas. En la Familia y el Municipio, como partes fundamentales de esa Comunidad, desarrolla el hombre su existencia como ser histórico con un legado perenne de valores y principios que conforman su particular Cosmovisión del mundo. Destruir la Familia implica dinamitar al propio ser que habita en el interior de cada miembro de la misma, de todas aquellas cosas hacia las cuales ese prototipo humano siente apego. Es una herencia irrenunciable que no se puede negar sin autodestruirse, y que tampoco se elige, sino que viene dada, y de ahí su carácter natural, anulando el legado sociobiológico del que es portador y depositario. De modo que hablamos de una ruptura ontológica fundamental, porque el hombre obtiene todos sus ideales, saberes y conocimientos de la tradición que los antepasados le han transmitido de generación en generación a través de la Familia y del pueblo o la aldea donde habita. 

De esta relación tan íntima y profunda nace el mismo concepto de Patria, cuya etimología es inequívoca y establece una relación directa entre Suelo, Sangre y, consecuentemente, Familia, porque Patria y Pater tienen idéntica raíz. Vaterland es la tierra de los padres en alemán, del mismo modo que otech es padre y Ochetestvo es Patria en ruso. Y como se puede apreciar, el concepto de Patria, asimismo, también parte de una realidad concreta como es el hombre, y no es una mera abstracción arbitrariamente concebida, ni su naturaleza responde a los llamados «derechos humanos» que fueron trazados entre los «inmortales principios» de 1789 y la declaración de la ONU de 1948, que nada tienen que ver con la verdadera naturaleza del hombre, y que son un constructo ideológico forjado en base a las ideas iluministas y liberales. 

De este modo, y para finalizar este apartado, debemos decir que ir contra la Patria o la Familia, que son partes de una misma realidad, supone el suicidio como comunidad y la destrucción de todos los lazos ancestrales, en un proceso que estamos viviendo actualmente bajo la acción corrosiva del mundialismo y la uniformización de los pueblos y las Patrias bajo un único patrón, universalista, abstracto y sin alma, en el que prima la artificiosidad y la desarmonía con los consecuentes conflictos y destrucciones de los que ya somos testigos. 


Los pueblos galaico-portugueses: bajo el misterio de los celtas 



Dentro del contexto hispánico peninsular, la principal área cultural del Noroeste peninsular, desde el Valle del Duero hasta el Cantábrico, se extiende la zona de influencia celta. Aquí es donde podemos distinguir al gallego y al portugués, que presentan rasgos muy similares en lo cultural. No podemos decir que exista barrera física alguna entre estos pueblos y aquellos que son limítrofes, ningún accidente orográfico que marque la distinción fundamental respecto a éstos, en este caso debemos hablar de diferencias de naturaleza histórica, que son las que marcan el devenir de estos territorios. Mientras que en el caso portugués vemos como en la zona sur comparte también las influencias tartésicas a través del Algarve, en el caso gallego las raíces puramente celtas marcan una mayor homogeneidad del territorio. Aunque conviene destacar la existencia de una unidad cultural, perteneciente a un mismo tronco, ya a través del reino suevo con capital en Braga. Hay que destacar la pervivencia de la herencia celta a otros invasores del territorio, que no pudieron eliminarla, y que el sarraceno no alcanzó estos territorios, lo que favoreció el replegamiento en sí mismo en el caso de Galicia. El reino de Galicia tuvo una identidad propia y alcanzó su fase de expansión apogeo durante los siglos IX y X bajo Alfonso VI. 

La ruptura de la unidad cultural entre la antigua Gallaecia y Portugal pudo tener sus motivaciones religiosas y las rivalidades entre Braga y Santiago de Compostela, en lo que eran disputas más relacionadas con diatribas eclesiásticas entre las dos diócesis de las dos ciudades. La confirmación definitiva de esta ruptura tendría lugar con la Batalla de Santa Mamede en las que Alfonso Enríquez se enfrentaría a su madre, Teresa de León, convirtiéndose en el primer monarca portugués. Alfonso Enríquez I terminaría por hacerse feudatario de Alfonso VII de Castilla, y tras reunirse en Zamora quedarán supeditados al Reino de Castilla, mientras que también obtendrán el apoyo del papa Alejandro III, que reconoce la independencia de Portugal al tiempo que lo convierte en vasallo. 

Castro gallego en el Monte de Santa Tecla.


Al margen de las vicisitudes que marcan la diferenciación histórica de ambos reinos y la forja de una personalidad propia, hay que insistir en la sangre celta y el condicionamiento de la particular visión que adquiere en suelo galaico. La primera de las características es un diálogo permanente con la naturaleza que culmina en una comunión espiritual absoluta con ésta. Pero en esta relación hombre-naturaleza no encontramos el apasionamiento embriagador del andaluz o la distancia hostil del vasco, sino que en este caso es una realidad viva integrada por una variedad de seres vivos con la que interactúa continuamente. Sin embargo hay un elemento ambiguo que define la relación del gallego con la naturaleza, y es la devoción y el miedo simultánea que siente por ella, y fruto de este temor tenemos esa variedad de creencias extrañas e inconexas junto a supersticiones que conviven con el Cristianismo. 

En esta forma de concebir la naturaleza, el Yo ocupa su lugar dentro del complejo cósmico a la misma altura de la misma naturaleza, en una relación íntima e indagadora de proximidades, buscando la comunicación sin llegar a la anulación de ninguna de las partes, y manteniendo su independencia. Pero en esta relación ambigua, entre la veneración y el miedo, de la que nace la superstición galaica, da lugar a ese concepto que tan bien define la naturaleza de sus gentes: es el concepto de saudade y que podríamos definir como «negrura del alma» y que define el terror a lo infinito, a la inmensidad de un mar que poblaron de monstruos. Es ese sentimiento de angustia permanente que impulsó al gallego a personificar la naturaleza, para contrarrestar el carácter insondable e inescrutable del mar. Saudade es un sentimiento de frontera y de confín. Este concepto lo vemos reflejado también a través del dor rumano para definir el espacio desconocido de las estepas, del mundo de los bárbaros más allá del orbe latino. Se trata de un peligro suprahumano donde se condensan todos los temores y maleficios de las cosas naturales. 


Cataluña, el triunfo temprano de la burguesía 



Este territorio del Noreste peninsular ha gozado de un potencial enorme en el conjunto de Las Españas, y ya muestra un rasgo peculiar como es la unidad lingüística y cultural que, como en el caso gallego, no ha logrado plasmar nunca en el plano político. A los catalanes siempre se les ha achacado la estrechez de miras y la incapacidad para integrarse orgánicamente en el conjunto de las tradiciones patrias. 

La estrechez de miras de los catalanes fue una consecuencia directa de la herencia de Jaime I, conocido como «el conquistador», que malogró las posibilidades de Cataluña (y de la Corona de Aragón en su conjunto) de contribuir a la historia peninsular de forma más decisiva, y por extensión en el mundo de su época. La clave de que el territorio ibérico no alcanzara una extensión mayor hasta los mismos márgenes del Ródano francés está en este rey aragonés nacido en Montpellier, que entregó de forma incomprensible a Francia estos territorios en el conocido Tratado de Corbeil en 1257, y con éstos los propios intereses del pueblo catalán y su destino. La merma de estas posibilidades definen la frustración de esta región hispánica, tan obcecada contra Castilla cuando en realidad debería buscar en las causas internas la razón de tal decepción e incapacidad. 

Lo cierto es que Jaime I no pareció comprender la trascendencia histórica y política que tuvo para los destinos de Aragón el que su padre, Pedro II de Aragón, acabase entregando su vida en Muret, y no sabemos hasta qué punto la renuncia en la soberanía sobre los territorios ultrapirenaicos se vio compensada por la conquista de Valencia y Baleares. En este sentido era evidente que la confederación liderada por Aragón no estaría en condiciones de competir con Castilla, y el complejo y la pequeñez de miras históricas terminaron por condicionar el desarrollo del principado catalán. Este problema se prolongó hasta el siglo XIX, y a finales del mismo terminó de recrudecerse a través de la burguesía industrial catalana y el llamado «catalanismo político», que derivaría en el actual separatismo, con la incomprensible negación de su propia naturaleza hispánica. 

Sin embargo, es cierto que Cataluña había completado su unidad en lo cultural y lo lingüístico, de tal modo que se forjó un pueblo con personalidad propia de las ruinas y fragmentación del mundo romano en los albores del Medievo. Es posible que desde esa particularidad se haya construido la idea del fet diferencial (hecho diferencial) del que algunos partidarios del separatismo catalán en la era moderna han tratado de justificar la lucha eterna entre Castilla y Cataluña. Se ha hablado de dos razas en lucha, con absurdas teorías raciales como las del Doctor Robert, que hablaba las mentes castellanas menos oxigenadas por la altitud de la Meseta y, con ello, menos capacitadas que las de los catalanes para el ejercicio intelectual. Se habló del sentido racial del catalanismo llegando a atribuir un «etnos ibérico» al pueblo catalán, como hizo Prat de la Riba, entre otros muchos despropósitos. 

Burgueses catalanes a finales del siglo XIX.
Si debemos referirnos al carácter tipo del catalán hay algo que caracteriza más que nada el espíritu del catalán, y que se conoce como el seny, que es el sentido de ponderación, el justo calibrar de las cosas, un punto de vista previsor de las conveniencias, se trata del sosiego y la capacidad de medir las cosas. Al mismo tiempo también nos refiere la constancia, el espíritu de trabajo que nunca se rinde y es capaz de superar los obstáculos. El seny es reflexión, análisis y observación de la realidad, de lo concreto, sin un ápice de fantasía y sin salirse de lo cotidiano. El catalán, a diferencia del castellano, no cree en las empresas heroicas o militares, sino que cree firmemente en el esfuerzo ordinario y permanente, de mica en mica s'omple la pica. El catalán es un decidido partidario del buen juicio y la discreción. 

El peso decisivo del seny entre los catalanes hace de éstos perfectos burócratas de almacén, abocados al trabajo reflexivo, de contabilidad, lo que hace que adolezcan de la espontaneidad y la brillantez de otros pueblos hispánicos, y sean perfectos burgueses. Su carácter previsor los convierte en excelentes ahorradores, alejados de los caprichos y gastos superfluos, buscan un final sin sordideces. Esta ausencia de frescura en su carácter, de impulsividad, hace del catalán un hombre reservado, que habla poco y es laborioso en su trabajo, que precisa de tiempo para definirse y posicionarse ante un asunto cualquiera. 

Estos prototipos humanos de capitalistas, burgueses ricachones, calculadores, trabajadores y espiritualmente mediocres, que si bien predominan entre las gentes del Principado, también cuentan con otros tipos humanos de diferente naturaleza. Hombres que, como en el caso de Ramón Lull representan el contrapunto a ese espíritu mercantilista y esos horizontes espirituales yermos. Paralelamente tenemos otro perfil, el que nos habla de otro tipo de catalán más conservador y familiar, aunque impregnado por esos mismos valores burgueses que parecen ser la horma indefectible de su carácter. 

El tipo burgués que predomina en el paisaje social catalán es el producto del dinamismo y pujanza de las ciudades y del poder urbano desde el siglo XV, frente a una nobleza que entra en crisis y decae en esa misma época. Es precisamente el debilitamiento de la nobleza lo que marcará la inestabilidad política de los años del Compromiso de Caspe. La consecución de derechos sociales y jurídicos de los habitantes de las Cives frente a los señores feudales determinará el desarrollo económico y el ascenso social de una Cataluña que irrumpe tempranamente en la era moderna. Las relaciones de conflicto entre burgueses, señores feudales, nobleza y otros grupos sociales en pugna por ocupar nuevos espacios de poder definirán la evolución de la Cataluña bajomedieval. 

En definitiva Cataluña representa, dentro del conjunto hispánico, la cuna de las «libertades burguesas» y un desarrollo institucional en ese sentido que representa bien la pluralidad de caracteres que vertebran el mosaico de pueblos que integran nuestra Patria común. 


Castilla, artífice de Las Españas 



Castilla, al igual que Roma, forma parte de esos ejemplos históricos paradigmáticos en la historia de pueblos belicosos que no se adaptan a la condición de subyugados. La ambición viril de la que son portadores les impulsa a no transigir ante ninguna circunstancia adversa, son capaces de marcar ciclos históricos por completo con la impronta de su ley y su lengua. Y es que la epopeya del pueblo castellano es similar a la de Roma, que durante ocho siglos dirigió bajo los estandartes del águila romana los destinos de pueblos de varios continentes. El caso de Castilla impresiona y sobrecoge a partes iguales, siendo el castellano una lengua que hablándose en unos pocos valles cantábricos pasó a convertirse en lengua de cuatro continentes. Confinada a unos exiguos territorios en los límites del Norte peninsular, la Castilla aún en fase embrionaria, históricamente insignificante, no hacía presagiar entre aquellos castellanos el Destino que siglos después, con Felipe II, les aguardaba. 

¿Pero cuál es el secreto del éxito de esta tierra que se forjó bajo el cerco y la amenaza del sarraceno? Porque hacia el año 800 Castilla era eso, sierras de laderas inhóspitas dirigidas por una estirpe dura y combativa, al amparo de las fortalezas de Villarcayo, Medina de Pomán, Soto de la Cueva o Espinosa de los Monteros. En sus comienzos, bajo la dependencia del Reino de León, continuadores de la línea imperial de la nobleza visigótica, su destino viene marcado por su carácter fronterizo y la ruptura con el legado de esta tradición, especialmente por la mentalidad belicosa y una voluntad implacable que le impulsa a construir su propia historia. Castilla será separatista frente a León e imperialista en relación al mundo entero, por ese secreto romano de la que es portadora y que define su misteriosa y heroica personalidad. 

Fernán González, Conde de Castilla.


Y es que este carácter tan peculiar sobre la que Castilla comienza a construir los cimientos de su imperio universal empiezan a reflejarse tempranamente, bajo el primer conde de Castilla, el Conde Rodrigo, que apoya a Alfonso III tras la muerte de su padre, Ordoño I, y tras ayudar a éste a sofocar la rebelión usurpadora del Conde de Lugo, Fruela Bermúdez, ya en el 852 toma la fórmula de «reinante en Castilla» y proclama al castellano como lengua oficial del condado cántabro pese a ser todavía vasallo de León. Aunque si debemos de hablar de un héroe paradigmático de esta Castilla en formación, es de Fernán González, político astuto y valeroso, artífice de la unidad castellana, que solo se producirá a mediados del siglo X y tras la muerte de Ramiro II de León. A partir de entonces Castilla se convertirá en un condado independiente y casi hereditario. Este hecho marcará el punto de partida para las fulgurantes conquistas de una Castilla avasalladora que superará al reino leonés. A partir del siglo XIII Castilla será ya el primer reino de la península y bajo Alfonso VI de Castilla terminará conquistando la capital visigótica de Toledo, culminando así el sueño de los monarcas leoneses. 

La Castilla que nace como condado, entre los ásperos valles cantábricos, cubiertos de maleza y poblados por osos, se hace a sí misma en su grandeza a través de las conquistas en su avance hacia el Sur al tiempo que aglutina y hegemoniza los territorios cristianos del Noroeste peninsular bajo su poderoso cetro. Cumple así los designios de la providencia divina transformándose sucesivamente de Condado a Reino y culminando esta empresa universal bajo el Imperio, que tiene una innegable impronta castellana. 

En este contexto no podemos ignorar las peculiaridades que definen al paisaje castellano y que son la clave de su milagro. Enormes extensiones esteparias dominadas por la aspereza y la sequedad del color amarillento, ante un horizonte sin límites ni fronteras naturales, donde la ausencia de árboles son parte de la paradoja de un pueblo que no precisó de maderas, sino que se apoyó en la dureza del granito, recio y implacable como este pueblo tosco y robusto, para desplegar la primavera de las catedrales góticas. Y es que ese carácter estepario de Castilla requiere de un ansia de grandeza y suscita la seducción de la santidad o de la locura. Bajo estas condiciones se alumbraron las características más notables de la espiritualidad castellana: la ascética y la mística; el dominio de sí mismo y la entrega a Dios con efusión y fanatismo en lo que son creaciones genuinas del paisaje castellano. 

Y dentro de este paisaje tan peculiar, con esta orografía tan hostil, se engendró la religión, la mística y la política del hidalgo, porque es un arquetipo heroico indisociable de Castilla, que recibe tal denominación por «ser hijo de alguien», de un antepasado de renombre y valía demostrada. Es esta una costumbre que vemos reflejada en la heráldica española y que podemos remontar a la herencia goda de los títulos de nobleza, que convirtieron a Castilla en su solar bajo la hidalguía visigótica. El hidalgo es la figura que puebla el territorio castellano en su afán insaciable de conquista, bajo un estilo propio y muy característico en el amar y en el morir, con su altivez desprendida y su sobriedad altanera, la violencia fanática, enemigo de las jerarquías sociales, cree en la aristocracia del espíritu y las jerarquías forjadas por el valor de las acciones. 

Antigua ilustración de «El Quijote».
De modo que el hidalgo es un producto del paisaje donde nació y de ahí esa sobriedad, siempre mal alimentado y peor vestido, aunque a pesar de la austeridad de la que hace honor, nunca pierde esa altanería y orgullo que vemos reflejado en el arquetipo del hidalgo universal que la literatura castellana nos ha dado, y que no es otro que el de Don Quijote, que aunque responda a la descripción de una figura ya decaída, una expresión pasajera de un medievo que agoniza, es fiel a la imagen del idealismo que domina el alma de todo guerrero castellano, rebelado contra el enemigo y la fortuna adversa. 

No obstante, pese al condicionamiento del medio en el que se desarrolla históricamente el castellano, a la naturaleza en la que despliega su prodigiosa existencia, éste no pretende intervenir ni interaccionar con ésta, porque para el hidalgo castellano lo importante, por encima de todo, es la honra, lo absoluto y lo eterno que se delinea a través del paisaje. El castellano oculta bajo su austeridad en lo material un gran desprendimiento y una grandeza de corazón notable que le hizo derrochar, y paradójicamente en esa virtud estuvo su mayor defecto, en la medida que no supo gestionar las riquezas generadas por el Imperio y fue la clave de su decadencia final. Aquí reside, de hecho, la esencia del carácter quijotesco de Castilla desde su nacimiento hasta la forja y caída del Imperio. 

Castilla carece de infrahistoria, no podemos ver en su desarrollo y en sus gentes nada cotidiano o vulgar, todo responde a la trascendencia de un pueblo volcado en su Destino y encomendado a Dios, a quien consagran la integridad de su grandeza. Castilla es la síntesis de una historia hecha con el alma en la que no caben ambigüedades o vulgaridad alguna, es un todo o nada, el conformismo no forma parte de sus creencias. Es hambre de inmortalidad, afán de aventura y conquista bajo un tipo humano y una mentalidad condicionada hasta el extremo por una belicosidad idealista, bajo un idealismo que conquista y pierde imperios con la misma facilidad. 

Tanto en lo religioso como en lo cultural el castellano exhibe un fanatismo y violencia desmedida y, de hecho, pese a esta visión de pueblo consagrado a la guerra y a la metahistoria poseyó en el Medievo una de las principales universidades de Europa: Salamanca. De tal modo que pese a no ser un pueblo refinado, acostumbrado al cultivo de las sutilezas de los leoneses, no está incapacitado para los saberes y conocimientos. 

La herencia de Castilla fueron Las Españas, el Imperio que tomó cuerpo bajo la monarquía de los Habsburgo, porque antes que español el imperio fue castellano e impregnó de su grandeza las hazañas y gestas que lo constituyeron, bajo su fanatismo militarista y su idealismo que prefiere conservar los principios a mantener la economía y la hacienda. Porque el castellano fue un imperio para las almas que olvidó las necesidades de los cuerpos, y pese a ser más efímero que el imperio inglés, fue infinitamente más glorioso.