Reseña: Miradas a los mundos antiguos, de Frithjof Schuon

Miradas a los mundos antiguos

Frithjof Schuon

2004

978-8476518410

José J. Olañeta

173

★★★★☆


Miradas a los mundos antiguos de Frithjof Schuon (1907-1998) es una obra «sencilla» y de «fácil» lectura si la comparamos con otros escritos suyos, y más teniendo en cuenta la complejidad del pensamiento del autor y lo prolífico de su actividad. Afortunadamente, el editor mallorquín Olañeta ha tenido a bien de publicar a lo largo de las últimas décadas un buen número de títulos del autor tradicionalista suizo. En esta obra en particular, se abordan grandes temas de naturaleza espiritual, religiosa, metafísica y cosmológica que forman parte de la Sophia Perennis y que responden a grandes cuestiones acerca de la existencia y sentido de la vida humana. 

La obra plantea una dicotomía permanente entre el hombre antiguo, o el hombre de la tradición, en relación al hombre moderno, respecto al cual se encuentra en continua antítesis. Los pueblos antiguos siempre estuvieron vinculados a los orígenes, a un centro y a unas raíces, a las que se remite constantemente cualquiera de sus creaciones y les aporta la forma, aquella expresión peculiar y particular que define pueblos o culturas en su devenir histórico. En su itinerario o transitar por la historia estas referencias aluden siempre a unos orígenes de mayor pureza, a la imagen arquetípica del Paraíso perdido y la sede primordial. En el mundo antiguo la idea de jerarquía emanada desde lo Alto, como depositaria de orden, estabilidad y equilibrio, que hallaba su principio y su legitimidad final en un orden divino superior, era una tendencia aplicable a todos los pueblos y tenía un carácter universal. Es la característica que más define el antagonismo respecto al mundo del presente, donde toda organización social, tanto a nivel de creencias como en otros órdenes de la vida comunitaria, se definen por valores profanos y mercantiles, incomprensibles para cualquier civilización tradicional. No obstante se da un problema de subjetividad que cita Schuon, y que, en virtud de esa particularidad que cada pueblo reivindica sobre sus tradiciones y herencia propia, hace que se pierde una perspectiva más amplia del fenómeno metafísico en su integridad.

En el caso particular del orden cristiano occidental Schuon pone el acento sobre la confrontación entre los poderes temporales y espirituales, detentados respectivamente por el Emperador y el Papa, y que tantas disputas y motivos de ruptura provocó en la sociedad medieval con el ya conocido conflicto de las investiduras entre la Iglesia y el Sacro-Imperio, y que para Frithjof Schuon implica un desequilibrio claro en las atribuciones de poder en el caso del Emperador, que dado su origen precristiano y en cierta medida celestial, no tiene únicamente atribuciones dentro del plano temporal puramente político, «invadiendo» de alguna forma prerrogativas que le corresponden al Papa. En cualquier caso, en el ejercicio del poder intervienen hombres, que son, al fin y al cabo, humanos con sus limitaciones, con sus pasiones e intereses, que siempre amenazan con la degeneración en lo infrahumano. En cualquier caso, para el mundo tradicional situarse en el tiempo y en el espacio implica que al colocarse en el plano de la cosmogonía y la escatología es inevitable la búsqueda de la perfección de los orígenes. Esa pureza de los orígenes, eterno reflejo de la ortodoxia, es la que con el descenso de los tiempos, ha obligado a exteriorizar a «exoterizar» los contenidos de la tradición más esotéricos, aunque en este sentido podríamos mencionar la regresión de las castas evoliana, que nos habla del descenso de los tiempos, y la materialización progresiva de contenidos metafísicos primordiales en función de la preeminencia de una casta sobre las demás.

Reseña: Lecciones espirituales para los jóvenes samuráis, de Yukio Mishima

Lecciones espirituales para los jóvenes samuráis

Yukio Mishima

2001

978-8497340052

La Esfera de los Libros

256

★★★★☆


Lecciones espirituales para los jóvenes samuráis es una obra con una significación especial dentro del amplio bagaje literario de su autor, Kimitake Hiraoka, más conocido por el pseudónimo de Yukio Mishima (1925-1970), autor precoz en el descubrimiento de su faceta literaria y con una serie de contrastes y paradojas originados por una especie de doble naturaleza que la presente obra, casi convertida en un testamento vital, nos ofrece desde su primera hasta su última página, y que vemos reflejada a través del refinado literato japonés, ampliamente occidentalizado en su formación intelectual en claro contraste con otra naturaleza que desarrolla en una etapa más madura de su vida, todavía en plena juventud, en el cultivo de valores de acción a través de las artes marciales como el kendo y del culturismo. Esta doble vertiente, o incluso doble naturaleza si lo queremos ver así, aparece claramente testimoniada en esta obra, que es un compendio de sus últimos escritos entre 1968 y 1970, incluyendo en los dos apartados finales dos escritos que son una confesión explícita de la visión en perspectiva de su propia existencia y de las motivaciones que impulsaron su precipitado final a través del suicidio ritual (seppuku) con una inesperada y espectacular puesta en escena que conmocionó al mundo de su época. 

El mismo contraste que apuntamos en la trayectoria vital de Mishima podemos trasladarlo a los dos escritos preliminares que nos introducen en la obra del autor japonés: por un lado tenemos un prólogo que es poco menos que un despropósito, donde su autora (cuyo nombre no pronunciaremos para no mancillar este humilde blog), con un tono bastante despectivo, rozando el insulto, aborda de forma superficial y frívola aspectos generales del libro sin motivar al hipotético lector profano un interés mínimo por las páginas que siguen. Se puede decir sin miedo a equivocarse que este prólogo es prescindible y que no aporta absolutamente nada, es molesto e invita a arrancar las pocas páginas que lo componen para darle otro uso más útil, por decirlo de alguna manera. 

En contraste con el prólogo, tenemos la introducción, del siempre interesante y cultivado Isidro Juan Palacios, que constituye un magnífico escrito introductorio a la obra de Mishima. Para tratar de ahondar en la personalidad siempre compleja del japonés, Isidro Juan Palacios se sirve de dos obras fundamentales del extenso catálogo de Yukio Mishima: Confesiones de una máscara (1949) y El Sol y el Acero (1967), que sirven de trasfondo y contexto para trazar un perfil del autor, tanto en sus pensamientos más íntimos como en aquellos más biográficos. Dentro de éste último apartado destacan los orígenes de Mishima, que podríamos juzgar como determinantes en su toma de posición. Sus ancestros guardaban estrechos vínculos con el régimen feudal anterior a la Era Meiji en lo que respecta a su herencia paterna, con la influencia directa de su abuela Natsuo, que era una nostálgica de los tiempos feudales y de la función tradicional del Emperador. Por su parte materna, y directamente legada por su madre, tenemos la visión más intelectual y literaria inculcada desde la pubescencia, pero también aquella de los orígenes campesinos, y nuevamente un referente tradicional vinculado a la vida sencilla del pago. De algún modo, y como podemos ver, la existencia de esa doble naturaleza que apuntábamos es fruto de la herencia directa, y determina ampliamente el pensamiento y evolución de Yukio Mishima hasta sus últimas decisiones. 

Por otro lado, Mishima nace en 1925, en el contexto de un Japón imperial embebido en un poderoso nacionalismo que exalta los valores heroicos del Japón tradicional, y que tiene como referencia el código Bushido. Concretamente es el Hagakure de Yamamoto Tsunetomo, el que se convierte en su libro de cabecera y referencia durante el resto de su vida. El joven Mishima es físicamente débil y condicionado por la madre, e incluso llega a ser calificado de afeminado y atacado por otros estudiantes que siguen la vía más militarista por sus inclinaciones literarias y su poca afinidad con la acción. Este joven es el mismo que descubre ciertas inclinaciones homosexuales que trata de aplacar inmediatamente y de reconducir desde una férrea autodisciplina durante los primeros años de juventud. Nuestro autor opera una transformación vital a nivel físico e interior que en el transcurso de los años le lleva a desarrollar una sólida doctrina espiritual en plena consonancia con el desarrollo muscular y de las disciplinas de combate. El Mishima que se hace el seppuku en el despacho del cuartel general de la guarnición militar de Ichigaya, es un hombre que ha completado su proceso de evolución y que consuma la «promesa» para la cual se había estado preparando durante más de dos décadas. Al final no deja de ser fiel a la identidad heredada y a aquella forjada a lo largo de su existencia. 

Reseña: Rusia, el misterio de Eurasia, de Aleksandr Duguin

Rusia. El misterio de Eurasia.

Aleksandr Duguin

1992

978-8479061623

Grupo Libro

208

★★★★★


Para quienes venimos siguiendo con cierta asiduidad la obra del gran pensador y politólogo ruso Aleksandr Duguin, esta obra, publicada en 1992 y escasamente conocida, representa una agradable sorpresa, especialmente por la perspectiva asumida por el autor, que reviste un carácter muy particular en relación a otras obras cuya temática podríamos definir como más «profana» o más centrada en los aspectos más materiales de los conflictos y avatares de la geopolítica

En el caso de esta obra, con el sugerente título de Rusia, el misterio de Eurasia Duguin nos introduce en aquellos aspectos más ocultos, sagrados y esotéricos del alma rusa, nos desentraña los misterios que componen ese cuadro tan peculiar del etnos ruso, con toda la complejidad e imbricadas relaciones simbólicas que subyacen bajo muchos de sus atributos más característicos. Para nosotros, como europeos occidentales que hemos vivido y nos hemos desarrollado en un mundo profano y material, sin un conocimiento real sobre estas relaciones simbólicas y su papel activo sobre el inconsciente colectivo, el carácter del pueblo ruso resulta algo alejado y de difícil comprensión. El régimen comunista y el telón de acero que nos ocultó muchos de estos aspectos propiamente rusos durante buena parte del pasado siglo, también ayudó a acrecentar el desconocimiento, ciertos prejuicios y el propio halo de misterio en torno a la verdadera naturaleza e idiosincrasia de sus pueblos. 

El propio prólogo que nos presenta Isidro Juan Palacios ya nos impacta con un viejo tema ya conocido, como el de los Misterios de Fátima en relación a aquella información que la Vírgen podría haber revelado en torno a Rusia y el advenimiento del comunismo, y la negativa de cinco papas sucesivos a hacerse eco de susodichas revelaciones y la consagración de Rusia para evitar que en ésta se consumase la victoria bolchevique. Asimismo, concurren también otros elementos que, de algún modo, figuran como vaticinios lejanos, y relacionados con cierta inevitabilidad cíclica, que preveían el triunfo final de la revolución bolchevique como parte del plan divino y de la naturaleza de los tiempos, como parte de la escatología del fin de los tiempos, elemento éste que Duguin desarrolla ampliamente a lo largo de la obra. 

Para Aleksandr Duguin el pueblo ruso, por su propia naturaleza y desarrollo histórico, posee un inconsciente colectivo que está compuesto por una serie de elementos que vertebran su visión del mundo, que pueden permanecer en estado latente, no manifestado, pero que posee su propia visión arquetípica en profunda relación con su devenir histórico y cuestiones espacio-temporales. Si pasamos a estos elementos en su dimensión concreta, éstos se refieren a la idea de la Santa Rusia, íntimamente relacionada con el Cristianismo Ortodoxo y otras formas de religiosidad-espiritualidad subyacentes o anteriores. La integración dentro de la conciencia del pueblo ruso de los elementos precedentes, paganos o precristianos, convenientemente armonizados sirvieron de base para la construcción de la idea Sagrada de Rusia. Estas formas de espiritualidad hunden sus raíces en antiguos vestigios de indoeuropeos, que han dejado su impronta a varios niveles, tanto de geografía sagrada como de estructuras políticas o en patrones de pensamiento religioso concretos. Dentro de este contexto podemos encontrar una serie de relaciones simbólicas que definen el carácter escatológico y mesiánico de Rusia dentro de la historia, que comprendería una doble vertiente que quizás, dentro del terreno más inmanente y de la política profana nos recuerde a la idea de «las dos Españas», y que en Rusia, establece una dualidad entre la «Santa Rusia» y la «Maldita Rusia», que en el caso de ésta última venía representada por diferentes mitos y símbolos procedentes de la Antigüedad y que posteriormente Duguin relaciona directamente con el triunfo del comunismo.

Reseña: La nueva derecha, de Alain de Benoist

La nueva derecha

Alain de Benoist

1982

84-320-7317-2

Planeta

235

★★★★☆


Hemos escogido La nueva derecha, del gran pensador y teórico francés Alain de Benoist (1943), el artífice del movimiento que lleva el mismo nombre, y que en su momento se erigió de uno de los cenáculos intelectuales europeos más dinámicos e interesantes en la crítica al liberalismo burgués y el marxismo soviético, por la gran cantidad de fuentes y principios de los que se nutre susodicho movimiento. En lo que respecta al contexto en el que esta Nueva Derecha emerge son muy interesantes el comienzo del libro, el prólogo, donde se trazan sus fundamentos ideológicos y estrategia frente a la izquierda francesa contestataria, y el final del mismo, donde se reproduce un intercambio de impresiones/entrevista donde interviene también Jean Edern Hallier (1936-1997), un crítico, escritor y editor francés que se involucró en la política a raíz del estallido de los disturbios estudiantiles de mayo del 68, frente al propio Benoist. 

Es precisamente el mayo del 68 francés, el hecho que sirve de base para el nacimiento e impulso de este movimiento de carácter fundamentalmente cultural, que nace como una especie de tercera vía frente al gauchisme que se erige como protagonista de los disturbios y algaradas que tienen lugar en la Francia de finales de los años 60, y aquellos que se convirtieron en objeto de las críticas por parte de la izquierda y la extrema izquierda burguesa. Una izquierda que se levanta contra una derecha liberal amparada en la burocracia y las cifras macroeconómicas o frente aquella derecha reaccionaria identificada con De Gaulle y sus acólitos. 

Reseña: Manifiesto contra el progreso, de Agustín López Tobajas

Manifiesto contra el progreso

Agustín López Tobajas

2005

978-8497168366

José J. de Olañeta

192

★★★★☆


Como bien señala su autor en el prólogo, Manifiesto contra el progreso no pretende erigirse como promulgador de una doctrina novedosa ni trata de adherirse al discurso de un grupo político, cultural o elitista asociado a siglas, organizaciones o personas particulares. La primacía de las ideas, del discurso, y del marco de reflexión en el que se encuadra la obra está muy por encima de los aspectos externos que tanta relevancia tienen en el presente, y que nos condenan a un simulacro permanente y al vacío existencial que recorre todos los aspectos de la vida moderna en su integridad. En este sentido hay que valorar las premisas de las que parte el autor, especialmente en la medida que en el presente es más importante el continente que el propio contenido, y en el que el prejuicio y la etiqueta priman sobre las ideas y el pensamiento general del hombre moderno.

A través de un planteamiento claro, con una prosa atractiva y dinámica, Agustín López Tobajas construye un alegato contundente contra el mundo moderno y sus fundamentos más esenciales, entre los cuales la noción de progreso constituye su núcleo más esencial. Bajo este concepto, la modernidad ha edificado su modelo de civilización y sobre el mismo ha justificado todos los «logros» y «avances» sobre los que funda su pretendida superioridad sobre otros modelos de civilización que le han precedido a lo largo de la historia.

El carácter profundamente anómalo y desviado de este modelo de civilización, su materialismo absoluto, que ignora todo sentido de la mesura y de los límites, las antítesis y contradicciones que se generan en su seno, bajo la expresión de formas extremas y desaforadas de concebir la existencia, o el nihilismo y la depresión como expresiones de hastío y desafección, son fenómenos propios de estos tiempos que adquieren dimensiones descomunales a nivel colectivo. No conviene olvidar que ninguna otra civilización precedente había adquirido unas dimensiones planetarias, ni había mostrado una voluntad de uniformización, y consecuentemente de destrucción, tan implacable en su desarrollo.

Ante las mencionadas características, es inevitable plantear la dicotomía entre dos modelos de civilización, que es otra de las ideas clave de este libro y que recorre todo su contenido: la radical oposición de la Civilización Tradicional y el Mundo Moderno, en una idea muy recurrente entre muchos autores tradicionalistas, y en especial en René Guénon, al que podríamos considerar como el intérprete y sistematizador más relevante de las corrientes perennialistas. Posteriormente, implementando la exposición de numerosos aspectos que ya expuso a lo largo de su obra el autor francés, otros muchos autores, como podrían ser Julius Evola, Frithjof Schuon o Ananda Coomaraswamy, por citar algunos de los más relevantes, continuarán profundizando en esta antítesis fatal entre dos formas de ver el mundo absolutamente irreconciliables. Nuestro autor, aprovechando su amplio y consolidado bagaje como traductor de autores tradicionalistas, hace un compendio de sus ideas desentrañando aspectos complejos y haciéndolos comprensibles al más profano de los lectores.

Reseña: La sociedad tradicional y sus enemigos, de José Miguel Gambra

La sociedad tradicional y sus enemigos

José Miguel Gambra

2019

978-8417134693

Guillermo Escolar Editor

237

★★★★☆


Nuestras generaciones han nacido en el seno de la sociedad moderna, y con la excepción de aquellos que vivieron el régimen franquista, con sus diferentes familias políticas y sus diferentes connotaciones ideológicas en función de la preeminencia de unas u otras a lo largo de su extensa existencia, todos hemos nacido, crecido y, en general, vivido bajo el actual régimen político demoliberal fundado en 1978. En consecuencia, las últimas generaciones se han caracterizado por un contacto con el ámbito de la política un tanto tangencial, limitado a los comicios electorales que se celebran cada cuatro años, muchos se consideran representados en sus intereses por el sistema de partidos y valoran su libertad en términos exclusivamente cuantitativos, de riqueza material o bien orientada hacia cuestiones de orden hedonista y banal. Esta generación es la que más frecuentemente ha utilizado aquello de «Yo soy un ciudadano del mundo» o ha desechado con una mezcla de indiferencia y repulsión cualquier idea de Patria o Comunidad. También estamos ante una generación cuyos anhelos y preocupaciones dentro del orden espiritual es prácticamente inexistente, salvo honrosas excepciones, que prefiere cualquier sucedáneo de ínfima calidad, como aquellas doctrinas del New Age en lugar de grandes tradiciones espirituales que gocen de un arraigo prolongado en el ámbito de civilización en el que nos encuadramos y que, guste más o menos, es la civilización cristiana en su vertiente católica. En este sentido ni el régimen franquista ni el posterior fundado en 1978, podrían ser considerados como dos vertientes de la Modernidad y su forma de entender la política, frente a otro modelo de sociedad muy diferente, como es aquella que nos propone José Miguel Gambra en Los enemigos de la sociedad tradicional

Este hombre moderno, nacido en el seno de las democracias constitucionales y parlamentarias, que como bien señala José Miguel Gambra confunde el progreso material, y más concretamente tecnológico, con aquel moral o político, es un gran desconocedor de la sociedad tradicional y de los principios antropológicos, político-ideológicos y vitales que la caracterizan. La Tradición aparece a ojos de nuestros contemporáneos como algo viejo y trasnochado, petrificado y estático, esclerotizado y atrapado en otro tiempo que no guarda relación con el presente. Desde la perspectiva liberal, el Tradicionalista tiene que ser, sin más remedio, una persona que vive al margen de todo, en su burbuja, y que es incapaz de comprender los hechos del presente porque carece de toda noción de progreso y su mente se halla anegada en mil prejuicios. El Tradicionalista es al mismo tiempo alguien que prefiere la ignorancia y el oscurantismo, una rara pieza de museo que en nuestros días más que una reliquia, ya que el moderno no profesa ninguna veneración por lo que le ha precedido, es un ser despreciable cuya mentalidad hay que desterrar de la sociedad para evitar que cualquier idea o principio que subrepticiamente asocian a éste se propague. 

Presentación de «Una historia de Agartha», de Boris Nad

Una historia de Agartha

Boris Nad

2020

979-8636865384

Hipérbola Janus

156

★★★★★


En esta ocasión tenemos el placer de presentar a nuestros lectores una nueva obra del afamado autor serbo-croata Boris Nad, después de la publicación de El retorno del mito el pasado mayo de 2018. Esta obra, planteada como un ensayo sobre los mitos que articulan el devenir histórico de los pueblos indoeuropeos y su imaginario colectivo, ya implicaba detalles muy novedosos respecto a la «cuestión indoeuropea», no en su vertiente más académica, donde los interminables debates sobre el origen y significado de lo indoeuropeo se han sucedido durante décadas sino en un ámbito mucho más divulgativo. En esta obra el elemento mitológico adquiere un papel preponderante, y son las fuentes tradicionales, junto a los descubrimientos arqueológicos, las que nos hablan a través de los mitos más conocidos y arquetípicos, como aquellos de Thule, Hiperbórea o la Atlántida, en cuyo significado más profundo podemos encontrar poderosos fundamentos del pensamiento mítico y tradicional. El retorno del mito representa la defensa del pensamiento mítico, del Centro Tradicional y la reivindicación del Ser frente al Mundo moderno e individualista, encerrado en sus lógicas matemáticas y tecnocráticas, en su corrosivo individualismo materialista y en una realidad totalmente horizontal, en la que el mito subsiste transformado y privado de la fuerza de antaño, anulado en su fuerza y conocimiento primigenio, para entregarse a cualquier subproducto comercial de mercadotecnia que nada tiene que ver con la psique profunda de los Pueblos.

En Una historia de Agartha nuestro autor, Boris Nad, recurre nuevamente al mito, la fuente del conocimiento tradicional por excelencia, para narrarnos una historia que bajo la apariencia de una serie de hechos y vivencias personales nos introduce en el mundo de Agartha. Los orígenes y ramificaciones que el mito ha desarrollado a través del tiempo puede extenderse a multitud de ámbitos, desde las creencias más arraigadas de los Budistas, que creen fervientemente en la existencia de una civilización subterránea integrada por hombres y mujeres que forman parte de una superraza que lejos de limitar su acción a las entrañas de la tierra en la que se ocultan, tienen el poder de influir sobre la vida en la superficie. Una civilización de millones de personas y centros urbanos, plenamente desarrollada y con un sistema de túneles que permiten un acceso al mundo exterior, y que se presume que podrían tener su acceso entre las accidentadas montañas del Tíbet, en el corazón del Himalaya. En teoría los Lamas conocerían estas vías de penetración al interior del reino oculto y serían los custodios de sus secretos.

No obstante, las referencias al reino oculto de las profundidades son recurrentes en las diferentes tradiciones y formas de espiritualidad extremo-orientales. También en el Ramayana y en el Bhagavad Gita, los textos sagrados hinduistas más representativos, hallamos la perpetuación del famoso mito a través de la historia de Avarar Rama o aquella de Krishna. Particularmente impresionante es la historia que se nos relata en el Ramayana con Rama, que vino como «emisario de Agartha» en un vehículo aéreo. Si escudriñamos en los orígenes del mito podemos hallar numerosas y variadas fuentes que, especialmente, desde el siglo XIX y de la mano de los «esoteristas» franceses como Fabre d'Olivet y Saint-Yves de Alveydre, relacionados con ambientes ocultistas y masónicos, junto a René Guénon y Ferdinand Ossendowski, contribuirán a componer un dibujo de los elementos que caracterizan al legendario reino de Agartha, un reino como aquel de Thule, ajeno a la violencia y a la anarquía, inaccesible e investido en una magia y un misterio que llega hasta nuestros días. De hecho hallamos los mismos patrones o arquetipos reproducidos en Agartha, Thule e Hiperbórea. La misma Edad de Oro de la humanidad, inalcanzable, eternizada en el inconsciente colectivo de una época atemporal, paradójicamente perdida en la noche de los tiempos.

«Eh, pero si ya estamos siendo controlados»


Por Solimano Mutti

«Eh, pero si ya estamos siendo controlados»

(Hermano del «yo no tengo nada que esconder»)

El razonamiento (¡¿razonamiento?!) «eh, pero si ya estamos todos rastreados» no es razonable. Sería como decir «cortadme otro dedo, que ya me habéis cortado uno». «De hecho, cortemos la mano, ya que me habéis cortado dos dedos». O bien «vamos, ya que has matado a mi padre, mata también a mi madre, de todos modos ya era medio huérfano». Que ya estamos rastreados es cierto (y de hecho lo que siempre digo es que deberíamos deshacernos de los smartphone y volver al viejo Nokia), pero razonando el «eh, pero si ya estamos rastreados» es una rendición perezosa que ha permitido al sistema ir subiendo el listón cada vez más. De dejar el número de teléfono móvil a toda multinacional/cadena de negocios, después a las app que ya rastrean (el propio Facebook), luego a la geolocalización (google maps), y más tarde a los juegos que se descargan y que localizan donde estás y donde vas a las mil diabluras de las que dispone un smartphone, que requiere de nuestros datos e identifican las posiciones en el territorio, y Alexa que te conoce mucho mejor de cuanto tú puedes conocerte (con todas las implicaciones vinculadas al control y la manipulación inconsciente que pueden ejercer), a las cámaras por todas partes etc etc. Paso a paso, con el «eh, nada cambia, ya estamos localizados» siempre nos han dado una excusa, una autoabsolución y siempre hemos permitido o aceptado una invasión gradual, y ahora que el listón se eleva una vez más (app «covid») continuamos absorbidos por nuestra pereza, con la cual hemos aceptado el control social en el pasado.

Revista Mos Maiorum, número II, Primavera del 2020

Mos Maiorum

Número II - Primavera 2020

2020

979-8625757775

Hipérbola Janus

110

★★★★★


En primer lugar querríamos disculparnos con nuestros lectores, puesto que el segundo número de Mos Maiorum debería haber salido a la venta el pasado mes de febrero. Las razones por las que finalmente terminó de posponerse hasta estos días son totalmente ajenas a nuestra voluntad. Sería un poco accidentado exponer estas razones a nuestro público, porque vivimos una época realmente extraña, pero podríamos aducir de un modo más o menos general, que la censura respecto a la libre difusión de ideas ha sido el principal obstáculo con el que hemos tenido que lidiar. Y éste no es ya un problema particular que nos afecte como editores, o una cuestión que solamente tenga que ver con periodistas, grupos mediáticos o grandes empresas, sino que se está convirtiendo en una realidad cotidiana, que nos afecta en los aspectos más íntimos de nuestra existencia.

En el transcurso de los últimos meses hemos experimentado transformaciones intensas, todas de carácter negativo y altamente lesivas en lo psicológico, en lo moral, en lo social, en lo económico e incluso en el terreno espiritual. La pretendida pandemia se ha convertido en una herramienta esencial para lograr eso que en estos días Pedro Sánchez llama la «gobernanza mundial», que no viene a ser otra cosa que un eufemismo de una realidad que ya es imposible ocultar por más tiempo: la liquidación de la soberanía nacional de nuestras Patrias y de los derechos y libertades personales, de aquellas pocas que el liberalismo y el consecuente proceso de mundialización nos ha venido permitiendo. Lo hemos declarado en un artículo anterior, del pasado mes de marzo, y lo volvemos a hacer en el presente artículo de presentación: el Globalismo es una ideología perniciosa y de raíz satánica que tiene un afán destructivo y liberticida sin límites, que atenta contra los principios más elementales de la vida humana, que se dota de las armas más destructivas y deshumanizadas que la perversa Modernidad ha engendrado.

Nosotros, como cualquier persona de bien, que crea en la dignidad humana, en la necesidad del hombre de realizarse material y espiritualmente a lo largo de su existencia, de atender a unos principios, a una ética del honor, vamos a defender siempre la libertad y vamos a combatir, desde nuestras modestas posiciones, las ideas que condenen al hombre y a los pueblos a la abstracción permanente, a ser un ser anónimo sin rostro subsumido en la «humanidad» o en cualquier proyecto de ingeniería social que contribuya a anular aquello que hay de único y peculiar en cada Persona (que no individuo) y en cada Pueblo. Los derechos de las Personas y de los Pueblos se encuentran por encima de cualquier ambición plutocrática y usurocrática sustentada por los poderes mundialistas y aquellos que los mueven entre bambalinas. Este es uno de los puntos fundamentales que anima nuestro proyecto editorial, y que nos espolea permanentemente en nuestro incansable idealismo quijotesco, al cual invocamos con un orgullo nada disimulado.

Una reflexión sobre el coronavirus

                                              


                                       (Editorial del próximo número de Mos Maiorum)

Ante la situación sin precedentes de la que estamos siendo testigos actualmente en España, con una pandemia global declarada por la OMS y el caos y descontrol generalizado que reinan por doquier, nos vemos en la obligación de ofrecer a nuestro público algunas reflexiones que nos han surgido durante estas semanas. En primer lugar nos resulta un tanto complicado hacer un cuadro general de la situación sin obviar la dejación de funciones por parte de las instituciones de gobierno y la desinformación por parte de medios de comunicación respecto a la crisis del coronavirus. De hecho, los segundos se hicieron eco de las informaciones vertidas por Fernando Simón, quien desde el Ministerio de Sanidad se erigió como portavoz de todas las informaciones y directrices asumidas por el Gobierno y unos inexistentes protocolos a seguir en los inicios de la citada crisis, que se nos decía que no era más que «una gripe» y respecto a la cual no había nada que temer «porque en España apenas tendríamos casos y serían aislados», prácticamente excepciones por las cuales no debíamos preocuparnos. Mientras en Italia, las autoridades ya estaban desbordadas con el inicial foco de contagio en la región de la Lombardía, y como hemos visto hasta el día de hoy, España no ha hecho más que seguir los pasos de la nación hermana transalpina. 

Durante semanas nos hemos visto sometidos a un buen repertorio de mentiras y desinformaciones, todas ellas confirmadas con el avance de los días y por el propio reguero de infectados y fallecidos, que a día de hoy superan el medio millar de fallecidos según las cifras oficiales, respecto a las cuales tenemos nuestras reservas dada la poca fiabilidad que nos ofrecen. A los hechos nos remitimos. Pero al margen de todas estas cuestiones, que delatan una mediocre y negligente gestión, que bien podría ser deliberada (no sería nada descabellado) debemos preguntarnos el motivo por el cual esta pandemia que ya tiene dimensiones globales se ha diseminado tan rápidamente por todo el orbe, cuál es su origen y que motivaciones podrían ocultarse ante la emergencia de un virus al que muchas fuentes apuntan de forma inequívoca hacia una creación ex profeso, totalmente artificial, en un laboratorio bacteriológico de Wuhan. 

Acerca de la existencia de Dios

En estos tiempos de total descreimiento, en los que las cuestiones de orden trascendente despiertan tanta incomprensión como rechazo, llegando incluso a ser objeto de burlas por parte de una generación que es totalmente ajena al hecho espiritual en cualquiera de sus manifestaciones, hablar de la idea de Dios puede llegar a resultar políticamente incorrecto. En muchas ocasiones hemos sido testigos, directa o indirectamente, de aquella afirmación tan manida que los autodefinidos ateos utilizan con cierta recurrencia cuando hablan con los creyentes, y que viene a ser aquella apelación a los argumentos racionales y lógicos para demostrar la existencia de Dios. El ateo siempre exige pruebas incontrovertidas sobre la existencia de la entidad divina y las convicciones religiosas. Este tipo de razones no son demandadas únicamente por los ateos, sino por los agnósticos y escépticos de todo pelaje. 



Es cierto que el razonamiento lógico es una categoría que podemos encontrar en todas las mentes de todos los hombres, de cualquier generación y condición y que a priori no debería ser evitado ante ningún tipo de discusión. En este sentido también se ha extendido cierto prejuicio entre la masa incrédula respecto al creyente, y es aquel que tiende a considerar que éste no atiende a argumentos lógicos para explicar su fe o transmitir la fortaleza de los principios que articulan sus creencias. Dentro de este terreno podríamos señalar, a modo de idea introductoria, que la creencia religiosa no precisa de ningún tipo de demostración de carácter racional o científico, porque no se encuentra dentro de ese dominio o no se corresponde a un mismo plano. Al fin y al cabo las creencias y el contacto con la fe religiosa, en lo que se refiere a las grandes religiones monoteístas, es una cuestión individual y subjetiva, de carácter íntimo, especialmente en su vertiente exotérica, cuyo cuestionamiento no deja de ser algo absurdo. 


Pruebas ontológicas 


No obstante, en el caso de los pensadores cristianos, por la propia naturaleza de la civilización europea occidental, han elaborado una serie de reflexiones teóricas y razonamientos lógicos que pretendían demostrar la existencia de Dios en los límites marcados por la conciencia y la razón humanas. Esto a pesar de que, de entrada, lo inconmensurable y lo ilimitado que representa lo divino no es reductible a las categorías del pensamiento humano, y la dialéctica entre criatura y creador siempre va a contar con estas limitaciones. Este tipo de reflexiones han dado lugar a una varios tipos de pruebas lógicas, entre las cuales podríamos citar el «argumento ontológico» formulado durante el Medievo por San Anselmo de Aosta. El planteamiento, que es muy sencillo, parte de lo siguiente: de la propia noción de Dios se deduce su existencia. Sería una evidente contradicción sostener la existencia de algo que no existe. A algunos les podrá sorprender que Santo Tomás de Aquino, uno de los más grandes doctores de la Iglesia, rechazase el valor de la prueba ontológica, mientras que grandes filósofos y científicos del siglo XX como Bertrand Russell o Kurt Godel hayan apreciado el ingenio de su argumento lógico. En cualquier caso, San Anselmo emplea el argumento ontológico como parte de una exhortación en la búsqueda de Dios como refugio existencial a través de la fuerza de nuestra mente y la reflexión interior. El monje benedictino apelaba a una dedicación exclusiva a Dios, eliminando cualquier traba mental, cualquier otro pensamiento en el plano material y asumiendo tanto la contemplación mística como la participación de la razón. Mística y Lógica muestran una confluencia poco comprensible en la mente del hombre moderno. 

Libertad, moral y autoridad en el liberalismo

Recientemente hemos asistido a una polémica en torno a la cuestión del llamado «pin parental», una pugna dentro del ámbito educativo entre izquierdas y derechas sobre la responsabilidad moral y en la forja de valores en los más jóvenes. Nosotros, Hipérbola Janus, nos negamos a tomar partido en cualquier disputa en el terreno partitocrático, pues nuestro caballo de batalla está en el ámbito de las ideas y en la necesidad de combatir aquellas formas de ideologías modernas que han redundado en visiones erradas y antitradicionales, tanto del hombre, a nivel más antropológico, como de aquellas estructuras de gobierno y de poder que caracterizan a nuestros sistemas políticos actuales bajo las democracias liberales. No obstante, no creemos sorprender a nuestros lectores cuando afirmemos que nos oponemos radicalmente a cualquier forma de perversión e ingeniería social que pueda utilizarse con pretendidos fines didácticos. Del mismo modo, también nos oponemos a cualquier forma de egoísmo y relativismo moral de impronta liberal que implique la claudicación en el terreno moral o espiritual para preservar pretendidos «derechos individuales». 



En primer lugar deberíamos atender a las propias contradicciones que emanan de la formulación del estado liberal, en relación a una pretendida neutralidad y vaciamiento de todo contenido ideológico en el terreno moral, religioso o filosófico, de tal manera que sea la libertad de cada individuo la que imponga, en su particular visión, sus propios puntos de referencia en esos ámbitos. De este modo, el Estado debe permanecer en una situación de equidistancia en relación a esa esfera privada que representan las opiniones particulares y, en teoría, no debe decidir sobre qué modos de vida son preferibles o cuáles son mejores en una clara separación entre aquello que forma parte de la esfera privada respecto a aquella pública. Es la fórmula ideada por el liberalismo político en el contexto de la Modernidad, bajo unos poderes públicos y estatales regidos por el principio de absoluta neutralidad, en base a los pretendidos principios de la objetividad científica y el método racionalista, desde la frialdad y desapasionamiento de las consideraciones puramente técnicas. De este modo la consecuencia no es otra que la reducción de cualquier problema político, social o de los valores a la aplicación de diferentes metodologías y técnicas, como si los comportamientos humanos se pudieran reducir a problemas matemáticos o estuvieran desligados de la propia experiencia histórica, la trayectoria vital de los pueblos o sus dinámicas espirituales y tradicionales.