Reseña: Manifiesto contra el progreso, de Agustín López Tobajas

Manifiesto contra el progreso

Agustín López Tobajas

2005

978-8497168366

José J. de Olañeta

192

★★★★☆


Como bien señala su autor en el prólogo, Manifiesto contra el progreso no pretende erigirse como promulgador de una doctrina novedosa ni trata de adherirse al discurso de un grupo político, cultural o elitista asociado a siglas, organizaciones o personas particulares. La primacía de las ideas, del discurso, y del marco de reflexión en el que se encuadra la obra está muy por encima de los aspectos externos que tanta relevancia tienen en el presente, y que nos condenan a un simulacro permanente y al vacío existencial que recorre todos los aspectos de la vida moderna en su integridad. En este sentido hay que valorar las premisas de las que parte el autor, especialmente en la medida que en el presente es más importante el continente que el propio contenido, y en el que el prejuicio y la etiqueta priman sobre las ideas y el pensamiento general del hombre moderno.

A través de un planteamiento claro, con una prosa atractiva y dinámica, Agustín López Tobajas construye un alegato contundente contra el mundo moderno y sus fundamentos más esenciales, entre los cuales la noción de progreso constituye su núcleo más esencial. Bajo este concepto, la modernidad ha edificado su modelo de civilización y sobre el mismo ha justificado todos los «logros» y «avances» sobre los que funda su pretendida superioridad sobre otros modelos de civilización que le han precedido a lo largo de la historia.

El carácter profundamente anómalo y desviado de este modelo de civilización, su materialismo absoluto, que ignora todo sentido de la mesura y de los límites, las antítesis y contradicciones que se generan en su seno, bajo la expresión de formas extremas y desaforadas de concebir la existencia, o el nihilismo y la depresión como expresiones de hastío y desafección, son fenómenos propios de estos tiempos que adquieren dimensiones descomunales a nivel colectivo. No conviene olvidar que ninguna otra civilización precedente había adquirido unas dimensiones planetarias, ni había mostrado una voluntad de uniformización, y consecuentemente de destrucción, tan implacable en su desarrollo.

Ante las mencionadas características, es inevitable plantear la dicotomía entre dos modelos de civilización, que es otra de las ideas clave de este libro y que recorre todo su contenido: la radical oposición de la Civilización Tradicional y el Mundo Moderno, en una idea muy recurrente entre muchos autores tradicionalistas, y en especial en René Guénon, al que podríamos considerar como el intérprete y sistematizador más relevante de las corrientes perennialistas. Posteriormente, implementando la exposición de numerosos aspectos que ya expuso a lo largo de su obra el autor francés, otros muchos autores, como podrían ser Julius Evola, Frithjof Schuon o Ananda Coomaraswamy, por citar algunos de los más relevantes, continuarán profundizando en esta antítesis fatal entre dos formas de ver el mundo absolutamente irreconciliables. Nuestro autor, aprovechando su amplio y consolidado bagaje como traductor de autores tradicionalistas, hace un compendio de sus ideas desentrañando aspectos complejos y haciéndolos comprensibles al más profano de los lectores.

Por otro lado, este libro, de ágil lectura y apto para los lectores menos avezados en la materia, es muy necesario para romper con ciertos dogmas de fe que la Modernidad ha construido en su necesidad permanente de autojustificarse. La idea de que vivimos en el mejor de los mundos posibles, con un nivel de vida material superior al de nuestros ancestros, merced a la técnica y los logros de la tecnología, es suficiente para convencer a la mayor parte de la humanidad presente, especialmente a la que se beneficia de estos «logros», de la neta superioridad respecto a cualquier época anterior. De ahí que la desmitificación de esta noción que, como dice Agustín López, permanece como algo difuso e indemostrable, como algo «fantasmal» sin ningún viso de realidad, sea más necesaria que nunca para Despertar de la pesadilla que constituye el mundo moderno en su integridad.

¿Pero en qué lugar quedan las fuerzas el Espíritu, sustentadas en tradiciones milenarias, ante el vórtice destructivo del progreso moderno? Esta es otra de las claves de la obra, y que determina el fracaso absoluto de todo un modelo de civilización monstruosamente amorfa, que consagrándose su moderna noción de progreso, ha olvidado, deliberadamente o no, aquello que al final nos hacía humanos y que detenta los grandes Misterios de la existencia. En este mundo en crisis, colmado de paradojas y contradicción, la reivindicación de la Espiritualidad, y en un sentido amplio como nos señala su autor, y del religamiento con un principio de Trascendencia, se antoja como algo complicado. Especialmente en la medida que restaurar un vínculo de tal calado y bajo las actuales condiciones, es poco menos que una utopía. En este sentido el desarme ideológico y espiritual de la Iglesia postconciliar no pasa desapercibido en las reflexiones de nuestro autor.

Al margen de los aspectos que más han determinado el rumbo destructivo del presente ciclo de civilización, y que tienen en la ciencia, la técnica o la economía sus puntas de lanza, se agradece que el autor se atreva a afrontar aspectos tan delicados para la mentalidad posmoderna como el feminismo. El feminismo, junto a las ideologías de género, es, como bien sabemos, otra de las expresiones de degeneración moderna, y que además se encuentra en su momento de mayor apogeo en la actualidad. Del mismo modo que los aspectos más materiales e impersonales mencionados, el feminismo también implica deshumanización y confusión. Y en ese sentido el feminismo representa una forma de desintegración de los aspectos naturales y diferenciales de los sexos que encierra multitud de aporías que nuestro autor evidencia en sus páginas.

Paralelamente, la democracia, otro de los dogmas insuperables e innegables del mundo moderno, también es objeto de análisis y reprobación. Las paradojas y contradicciones también se multiplican en este terreno y nos hacen ver la inconsistencia de sus sagrados principios, que no resisten el menor contraste con la realidad. En este punto tampoco están exentos los complejos de superioridad y etnocentrismo tan característicos de las modernas democracias de libre mercado, y su obsesión por universalizar sus formas de organización política en cualquier rincón del planeta.

En el caso de la ecología, que es otro de los elementos que conforman el credo progresista y bienpensante de estos tiempos últimos, registramos los mismos vicios y unas buenas dosis de hipocresía bajo las falsas y ridículas pretensiones de «salvar el planeta» al tiempo que se promueven modelos de vida, o formas análogas de justificación al destructivo modelo industrial e hipertecnológico actual.

Pero es que la Modernidad se define sobre todo por la indefinición permanente, un movimiento ciego y suicida dirigido siempre hacia delante, en una corriente frenética y desesperada hacia lo novedoso, huyendo de lo cotidiano y lo estable, lo que favorece, paradójicamente, el afloramiento de un terreno fértil para recuperar los antiguos vínculos sagrados y la armonía del cosmos, que con tanta insistencia reivindica nuestro autor en la presente obra, y más ante el inminente fin de ciclo que se aproxima. Y es que el hombre moderno se encuentra hundido en una maraña difícilmente desentrañable de antítesis y oposiciones permanentes, incapaz de superarlas, y es por ello que todos los aspectos cotidianos de su vida y que proceden de los prejuicios que han crecido en su desequilibrado modelo de civilización.

Agustín López Tobajas (Zaragoza, 1949)


En resumen, este libro es muy recomendable para aquellos lectores que aspiren a adentrarse en las corrientes críticas con la Modernidad y, más concretamente, en las obras de algunos de sus autores más representativos que hemos mencionado con anterioridad bajo las denominadas corrientes de la Tradición Perenne.