Reseña: Miradas a los mundos antiguos, de Frithjof Schuon

Miradas a los mundos antiguos

Frithjof Schuon

2004

978-8476518410

José J. Olañeta

173

★★★★☆


Miradas a los mundos antiguos de Frithjof Schuon (1907-1998) es una obra «sencilla» y de «fácil» lectura si la comparamos con otros escritos suyos, y más teniendo en cuenta la complejidad del pensamiento del autor y lo prolífico de su actividad. Afortunadamente, el editor mallorquín Olañeta ha tenido a bien de publicar a lo largo de las últimas décadas un buen número de títulos del autor tradicionalista suizo. En esta obra en particular, se abordan grandes temas de naturaleza espiritual, religiosa, metafísica y cosmológica que forman parte de la Sophia Perennis y que responden a grandes cuestiones acerca de la existencia y sentido de la vida humana. 

La obra plantea una dicotomía permanente entre el hombre antiguo, o el hombre de la tradición, en relación al hombre moderno, respecto al cual se encuentra en continua antítesis. Los pueblos antiguos siempre estuvieron vinculados a los orígenes, a un centro y a unas raíces, a las que se remite constantemente cualquiera de sus creaciones y les aporta la forma, aquella expresión peculiar y particular que define pueblos o culturas en su devenir histórico. En su itinerario o transitar por la historia estas referencias aluden siempre a unos orígenes de mayor pureza, a la imagen arquetípica del Paraíso perdido y la sede primordial. En el mundo antiguo la idea de jerarquía emanada desde lo Alto, como depositaria de orden, estabilidad y equilibrio, que hallaba su principio y su legitimidad final en un orden divino superior, era una tendencia aplicable a todos los pueblos y tenía un carácter universal. Es la característica que más define el antagonismo respecto al mundo del presente, donde toda organización social, tanto a nivel de creencias como en otros órdenes de la vida comunitaria, se definen por valores profanos y mercantiles, incomprensibles para cualquier civilización tradicional. No obstante se da un problema de subjetividad que cita Schuon, y que, en virtud de esa particularidad que cada pueblo reivindica sobre sus tradiciones y herencia propia, hace que se pierde una perspectiva más amplia del fenómeno metafísico en su integridad.

En el caso particular del orden cristiano occidental Schuon pone el acento sobre la confrontación entre los poderes temporales y espirituales, detentados respectivamente por el Emperador y el Papa, y que tantas disputas y motivos de ruptura provocó en la sociedad medieval con el ya conocido conflicto de las investiduras entre la Iglesia y el Sacro-Imperio, y que para Frithjof Schuon implica un desequilibrio claro en las atribuciones de poder en el caso del Emperador, que dado su origen precristiano y en cierta medida celestial, no tiene únicamente atribuciones dentro del plano temporal puramente político, «invadiendo» de alguna forma prerrogativas que le corresponden al Papa. En cualquier caso, en el ejercicio del poder intervienen hombres, que son, al fin y al cabo, humanos con sus limitaciones, con sus pasiones e intereses, que siempre amenazan con la degeneración en lo infrahumano. En cualquier caso, para el mundo tradicional situarse en el tiempo y en el espacio implica que al colocarse en el plano de la cosmogonía y la escatología es inevitable la búsqueda de la perfección de los orígenes. Esa pureza de los orígenes, eterno reflejo de la ortodoxia, es la que con el descenso de los tiempos, ha obligado a exteriorizar a «exoterizar» los contenidos de la tradición más esotéricos, aunque en este sentido podríamos mencionar la regresión de las castas evoliana, que nos habla del descenso de los tiempos, y la materialización progresiva de contenidos metafísicos primordiales en función de la preeminencia de una casta sobre las demás.


Cuando hablamos de pueblos antiguos en la obra de Schuon, nos referimos a un espectro amplio, en el sentido de que se trata de pueblos premodernos, pero Schuon hace una diferenciación entre el paganismo y el cristianismo, en la medida que el primero, de origen prehistórico, estaba concebido para el espacio, pero no para el tiempo. El tiempo implica un ritmo especial de duración y cambio, y las tradiciones históricas debieron adaptarse a esta perspectiva y desarrollar una concepción escatológica para contrarrestar las transformaciones y mutaciones ocasionadas por el devenir histórico, centrándose así en el fin de los tiempos. En este contexto, el autor nos cita la particularidad del hinduismo, que tiene la capacidad de rejuvenecer en su doble naturaleza prehistórica e histórica. En otro ejemplo paradigmático dentro del orden pagano tenemos el caso babilonio, que se trata de una reacción titánica del espacio contra el tiempo, que se expresa a través de enormes y ciclópeas esculturas en mármol en lo que implica una desviación de la tradición de los orígenes, fruto de la erosión provocada por las leyes cíclicas y el debilitamiento de lo humano, que llevó al hombre a idealizar un estado primordial con el cual ya no poseía un vínculo, de modo que sus expresiones espirituales a través del arte llevaron a lo desproporcionado y desmesurado.

Al fin y al cabo, la función de la doctrina espiritual, y de la propia religión es aquella de transmitir al hombre una imagen simbólica de la realidad que le concierne y que está por encima de este mundo, aquel de las contingencias y de lo humano. Y dentro de ese plano más profano hay una misión secundaria, que debe ser la de mantener un equilibrio individuo-sociedad. En este sentido, Frithjof Schuon habla de la «dignidad humana», a la que tanto apelan los modernos, y crítica el aspecto indeterminado e incondicional de los derechos ilimitados que se otorgan al hombre en nombre de ésta, destruyendo otros vínculos de naturaleza inmaterial que nos vinculan con lo Eterno y Absoluto, de ahí que haya que desechar toda forma de humanismo tolerante. Por otro lado, la estructura material de la civilización moderna también favorece la degradación del principio divino a través de la máquina, fundamentada sobre aspectos puramente cuantitativos y carentes de alma. En este sentido, dentro del ámbito de la técnica y la ciencia, Europa y el mundo moderno en general, han desarrollado un antagonismo más peligroso que cualquier otro precedente, y es aquel del cientifismo, con todos los aspectos de comodidad material que se derivan de éste, de tal modo que aspectos más interiores, de disciplina y centralidad, de convivir con la idea de la muerte o de asumir los riesgos representados a través de funciones arquetípicas de la sociedad tradicional como aquella del guerrero. Para Schuon hay algo esencial que ha perdido la sociedad moderna, y es el temor a Dios, pues cuando el hombre pierde el vínculo que le une a los Cielos, a lo Elevado, y que debe ser uno de los principios fundamentales del noble, del príncipe, o del mandatario político en definitiva que puede provocar no sólo la ruina de éstos, sino de la colectividad en su conjunto, respecto a la cual aquel que ostenta la función política debe ser un reflejo. Y es que en la sociedad tradicional el hombre vivía bajo la influencia total y absoluta de un mundo ideal e invisible que condicionaba aquel orden material y contingente. Atendiendo a su íntima conexión con el pensamiento de René Guénon, Frithjof Schuon da preeminencia a los aspectos contemplativos, más brahmánicos, de la tradición como la vía más adecuada para experimentar las leyes de lo eterno, de tal modo que la vida terrenal no es más que un tránsito hacia la muerte, que es la vuelta al origen y al centro.

Otro de los elementos característicos del hombre antiguo y medieval era que mantenía su objetividad frente al relativismo tan propio de nuestros tiempos. Para este tipo humano la Verdad entraña una dimensión superior y una cualidad simbólica interior. Esto supone que la Verdad que se abre al sujeto individual es exterior y objetiva. El relativismo o relativización de la Verdad comienza en el Renacimiento con la extensión de la subjetividad y la introducción a un modelo de pensamiento reflexivo. Esto supuso que la emancipación del hombre de lo divino y la supeditación de éste a lo terrenal. Estos aspectos se vieron implementados por la Reforma Protestante, que redundaron en el juicio individual y profanación de los cielos. En este punto, la sociedad moderna se aboca al tiempo y olvida el espacio, y en este segundo elemento es donde vivía el hombre antiguo, porque el espacio representa la idea de inmutabilidad y el vínculo con el centro primigenio. La paradoja de nuestros tiempos, anquilosados en la hipertrofia reflexiva, es que se tiende a las categorizaciones superficiales y al desconocimiento íntimo y profundo de las cosas. El conocimiento de la Verdad implica la participación del orden divino a través del principio intelectivo y suprarracional, de la Revelación, que en nuestro tiempo ha sido ignorado y desacreditado por la acción de la ciencia en su antagonismo con la religión. Y la ciencia, por su parte, no aporta respuestas a las incertidumbres de la existencia humana, algo que sí hace la religión.

Paralelamente, la degradación de lo religioso y espiritual, la «muerte de Dios», implica la necesidad de recurrir a falsos absolutos, los cuales pretenden cubrir la amargura y el vacío existencial de esa «nada», y solamente tiene como alternativa o bien reconocer su error o arrojarse al vacío. El propio ciclo de la existencia hace que el hombre se degenere con cada ciclo histórico y la pureza que permite el acceso de lo divino se corrompe cada vez más, y es un hecho que arranca simbólicamente, dentro de la civilización occidental, con la caída de Eva y Adán, el estado humano pierde su beatitud primigenia y el espíritu entra en la materia. Es el fenómeno que Schuon concibe como el «cierre del cielo» con el hombre arrojado a la materialidad del mundo, un hombre incompleto y fragmentario.

La idea de caída se reproduce permanentemente en el mundo posterior, y lo hace con cada negación del principio divino y el consecuente pecado, que Schuon analiza en sus distintas vertientes y desde diferentes perspectivas religioso-espirituales. Schuon mantiene en todo momento una enfoque global del fenómeno, y se remite a la Manifestación Universal (en referencia al orden vedántico), tratando de huir de particularismos y premisas falsas, como las existentes en el debate entre Helenismo y Cristianismo que plantea como un choque entre el mundo griego y semita. Es más, en este debate, plantea que el Helenismo complementa al Cristianismo en algunas de sus verdades, aunque por su carácter particular pudieran resultar insuficientes. Y es que en este choque de cosmovisiones el ámbito griego podía demostrar un conocimiento del mundo demasiado racional y humano, con sus componentes naturalistas. Y la crítica a esa forma de conocimiento humanista, filosófico y discursivo sí que resulta acertado desde la perspectiva cristiana. El conflicto doctrinal entre ambas cosmovisiones reviste muchas aristas y vertientes, excesivamente complejas para desarrollarlas en esta reseña. No obstante, la pugna entre la divinización panteísta del cosmos de los helenistas frente a la doctrina general de la salvación por la gracia cristiana, parece el mayor punto de desencuentro. No obstante, con la excepción de Sócrates, con el trasfondo humanista y profano de su pensamiento, Platón y Aristóteles, tras las reinterpretaciones y «lecturas revisionistas» de San Agustín y Santo Tomás, fueron completados en sus planteamientos originales. En cualquier caso, para Schuon, quizás haciéndose eco del prejuicio clásico de René Guénon, entre los griegos existen atisbos de un espíritu prometeico, racionalista e individualista, que pese a todo no impide a un Aristóteles que tiende hacia lo alto, desde un racionalismo que mantiene la certidumbre metafísica. La clave está en que el helenismo desconoce el valor del intelecto puro y teomorfo, y la capacidad de realización tanto en un plano natural como sobrenatural para completar la misión salvífica de Dios.

Dentro del Hinduismo en su vertiente vedántica el concepto de Mâyâ cumple una función metafísica esencial entre lo finito y lo infinito, que nos enseña que el mundo es una parte de la dimensión infinita de Dios. Marca la fluctuación de los seres y los devuelve a los comienzos desde el relativismo que representa, pues es una etapa necesaria en relación al mundo terrestre. Pero de ese relativismo, entendido como la parte oscura e ininteligible de Mâyâ es de donde surge el error de pretender equiparar esa realidad contingente con la realidad en términos absolutos, ya que ésta última forma parte de una dimensión que resulta incognoscible para el ser humano. La trascendencia no puede ser encerrada en los estrechos límites del razonamiento humano. La trascendencia viene representada por  Âtma, que equivale a ese absoluto, a lo real.

De modo que para Frithjof Schuon el error procede de la materia, que impregna por completo a la ciencia moderna, que es materialista en cuanto a objeto y en cuanto a sujeto, siendo al mismo tiempo ignorante respecto al hombre y el universo. Además el hecho de que ella misma sea relativa en sus conclusiones es la prueba más palpable de la existencia de una jerarquía y una gradación en el conocimiento de la realidad. Al mismo tiempo esos niveles de conocimiento, limitados para lo puramente humano, delatan la necesidad de que el hombre debe de apoyarse en la Revelación y en la facultad intelectiva, incluso para conocer los fenómenos cósmicos, y consecuentemente en los aspectos más concretos de la existencia humana.

Frithjof Schuon (1907-1998)


El libro concluye con el tratamiento de aspectos relacionados con la función contemplativa, a través del monacato, y algunas claves de la Biblia. No obstante, y a modo de epilogo, es interesante resaltar una idea planteada por el autor, Frithjof Schuon, en torno a ciertos prejuicios que tenemos en el presente contra el hombre antiguo, en relación a una pretendida ingenuidad o la falsa creencia de que éste era incapaz de hacer juicios críticos o inteligentes. Frente a este hombre ingenuo y supersticioso, tenemos la ilusión del hombre prometeico y moderno, con sus conocimientos del mundo moldeado por los «logros» de la ciencia, que se jacta de una supuesta superioridad sobre las generaciones que le precedieron, Schuon aplica el concepto de «inteligencia sin sabiduría» o la «estupidez inteligente», que viene a referirse a un tipo de «intelectualidad» muy propia del Occidente moderno. Frente a los grandes santos, profetas y sabios premodernos, el «intelectual» representa la función del opinólogo que se oculta tras la columna de opinión de un diario cualquiera, estimulado por intereses profanos y puramente materiales, inserto en la lógica demoníaca de la partidocracia demoliberal, sin interés alguno por la realidad profunda y trascendente de las cosas. No hay más que ver la arbitrariedad con la que el término «cultura» se utiliza para designar contenidos que son más propios de los espectáculos de masas o cualquier tipo de actividad vacía e inconsistente para entender la inconsistencia y simulacro de sus planteamientos.