Cristóbal Colón, el hombre y el descubridor




Si bien es cierto que antes del año 1000 se dieron expediciones por parte de navegantes escandinavos que alcanzaron los territorios de Norteamérica, este descubrimiento no llegó a concretarse de forma efectiva sobre el territorio, ni con la fundación de asentamientos, ni con un contacto prolongado con los moradores de aquellas tierras que generase una dialéctica del nosotros y ellos, y en consecuencia sin que el conocimiento de estas nuevas tierras se tradujera en un impacto en cualquier sentido y a cualquier nivel para la Europa de aquel momento. También contamos con el caso del navegante chino Zhang He, que ya se había granjeado una fama notable por haber navegado los mares del índico y el sudeste asiático, y que en 1422 se supone que alcanzó América cruzando el Pacífico, pero sin generar asentamientos ni intercambios culturales ni fructificar ninguna relación de intercambio. Por este motivo es a España a quien le corresponde el honor del descubrimiento a través de la figura, todavía algo misteriosa y con algunas nebulosas en lo que a cuestiones biográficas se refiere, de Cristóbal Colón. Y aunque al «Gran Almirante del Mar Océano» le corresponde únicamente el descubrimiento del inmenso continente de Ultramar, que no es poca cosa, bien es cierto que la obra de exploración, evangelización, desarrollo urbano, material y de civilización se prolongará durante varios siglos y cambiará el mundo de forma decisiva y para siempre. 

No podemos obviar que el proceso que se inicia con el descubrimiento de América, que transforma radicalmente las perspectivas del europeo de aquella época en adelante, constituyen una etapa dentro de la globalización, con intercambios materiales, humanos y espirituales a una escala que jamás se había visto nunca con anterioridad. En lo particular, en lo que se refiere a la cultura y al etnos hispánico representa la apertura de nuestra particular cosmovisión a nuevos territorios, gentes y realidades, y la construcción de un imperio sólido que se mantuvo en pie durante más de tres siglos, en lo que será la mayor obra de evangelización de la historia, bajo un corpus jurídico monumental como fueron las Leyes de Indias, que regulaban la vida de los habitantes de Ultramar, de la América Española, donde sus ciudadanos gozaban del mismo estatus que los habitantes peninsulares. En definitiva, y sin querer entrar en profundidad en este tema, estaríamos ante la mayor obra de civilización acometida jamás en la historia humana, tanto por su extensión como por su duración. Hoy día no entenderíamos América sin la decisiva contribución española, incluida también la Norteamérica anglosajona. 

Pero no perdamos de vista el objeto de nuestro escrito, Cristóbal Colón, respecto al cual ya hemos señalado unos orígenes de lo más oscuros, los cuales se han formulado a través de las más variopintas teorías, desde unos hipotéticos orígenes judíos, gallegos, valencianos, catalanes e incluso polacos. Las especulaciones sobre los verdaderos orígenes del misterioso navegante han sido numerosas y no han terminado de aclarar nada de una forma clara y significativa, y mucho menos cuando las teorías han desembocado en rocambolescos resultados que nos abstenemos de comentar. Lo cierto es que los orígenes de Colón son oscuros y misteriosos porque así lo quiso el susodicho y su propio hijo, Hernando, en la biografía que escribió de su progenitor bajo el título Historia del almirante, y donde sabemos que omitió información sobre los orígenes del padre con la voluntad de ensalzar su figura. Según los datos oficiales y aceptados por los historiadores Cristóbal Colón nació alrededor de 1451 en la próspera república de Génova, en el seno de una humilde familia de tejedores de paños. Poco se sabe de su infancia salvo que su padre terminó en la cárcel por deudas y que optó desde una edad muy temprana por hacer carrera en la navegación, aprovechando el auge que en aquellos momentos había alcanzado la marina genovesa, con una serie de contribuciones técnicas y un desarrollo del comercio marítimo que auguraba una vida de riquezas y aventuras al joven por todo el Mediterráneo, e incluso un enfrentamiento con el corsario francés Casanove-Coullon en las costas portuguesas que pudo costarle la vida tras naufragar. Durante este periodo el joven Colón fue acumulando conocimientos de navegación y cosmografía. 

A mediados de los años 70 del siglo XV el genovés llega a Portugal, lugar que marcaría profundamente su vida personal. En aquellos momentos Portugal era el país más activo en la exploración y búsqueda de nuevas vías marítimas más allá de los mares europeos tradicionales para alcanzar las anheladas rutas de las especias, ayudado, claro está, por su ubicación geográfica claramente inclinada sobre el Océano Atlántico. De hecho, desde los tiempos de Enrique el Navegante en adelante circunnavegaron África y fundaron numerosas factorías en sus costas. Esta etapa, que se prolonga, más o menos, hasta 1485 será decisiva en la vida del navegante genovés porque le permitirá impregnarse de las experiencias portuguesas y adquirir unos mayores conocimientos en la navegación, se habla incluso de su participación en empresas de navegación en África o en el Norte de Europa. También vivirá durante dos años en una pequeña isla en medio del Atlántico, en Porto Santo, con su esposa portuguesa, Felipa Moniz Perestrelo, de la que enviudó alrededor de 1482. Su oficio como vendedor de libros durante su estancia en Portugal también le permitió acceder a numerosas fuentes de información que serían fundamentales en la configuración final de su plan, un plan tan ambicioso como arriesgado que consistía en adentrarse en las aguas del «Mar Tenebroso». Está claro que partía de la idea de una tierra esférica, con la idea de que navegando hacia Poniente alcanzaría Levante, sin la navegación de cabotaje practicada por los portugueses bordeando las costas africanas y por encima de las posibilidades técnicas que las naves de la época proporcionaban. Pero está claro que el plan del genovés no obedecía a la improvisación, y que tanto obras clásicas (Ptolomeo, Séneca etc) como aquellas fuentes más modernas (son conocidos sus contactos con el sabio florentino Toscanelli) fueron de una importancia capital. 

Reseña: Las estaciones de la sabiduría, de Frithjof Schuon

Las estaciones de la sabiduría

Frithjof Schuon

2001

978-8476518281

José J. Olañeta Editor

167

★★★★★




Reseñamos nuevamente una obra del autor tradicionalista suizo Frithjof Schuon, al que consideramos junto a René Guénon y Julius Evola uno de los pilares fundamentales del pensamiento de la Tradición. Su obra, pese a haber sido ampliamente publicada por grandes editoriales, al igual que la de René Guénon, y al carecer de unas connotaciones ideológicas como las que posee aquella de Julius Evola, quizás es menos conocida en ciertos ambientes intelectuales a los que nosotros nos sentimos ligados. 

En la presente obra, Las estaciones de la sabiduría, nuestro autor parte de unas premisas que servirán de hilo conductor en el desarrollo de la obra, y que se pueden sintetizar en las relaciones existentes entre el objeto religioso o espiritual y la mentalidad moderna. En la constatación de una serie de procesos descendentes que en los últimos siglos de nuestra historia, desde el Renacimiento en adelante, han venido a debilitar ciertos elementos característicos del pensamiento religioso, especialmente en su vertiente contemplativa, que es la vía seguida por Frithjof Schuon. La «mundanización» o profanación intelectual y el estrechamiento en los medios y métodos para conocer la Realidad en su totalidad, que obviamente no pueden circunscribirse a lo puramente racional. Hay un reconocimiento de base al conocimiento humano derivado de la experiencia en el plano de lo contingente y material, y de la necesidad de tomar como referencia las grandes verdades reveladas y todo el horizonte intelectual vinculado a ellas. Además, y esto es muy importante, esas verdades trascendentes de las que la Divinidad ha dejado testimonio no son objeto de pura fe y creencia, sino que llevan implícito un lenguaje simbólico polivalente, común a muchas formas espirituales de diferente origen, y un vasto conglomerado de reflexiones cosmológicas, metafísicas y místicas que nuestro pensador califica de «altamente científicas». En este sentido deberíamos hablar mejor del concepto de lo suprarracional frente a lo puramente racional (ciencia moderna) e incluso lo irracional, que es responsable directo del desencadenamiento de los procesos disolutivos que dominan nuestro tiempo. 

De modo que el hombre moderno es incapaz de captar la realidad en su totalidad, escrutando en profundidad su sustancia última y accediendo, en consecuencia, a lo Divino. Pero el hecho de que el mundo sea producto de las grandes verdades reveladas no supone que estemos ante un espacio totalmente condicionado, sino que existen múltiples combinaciones y antinomias, eso sí, dentro de un plan divino predeterminado. La propia realidad divina entraña también diferentes categorías en su Absoluta y omnipotente plenitud, debido a que todo lo contiene. De ahí la distinción entre Supra-ser en cuanto a Creador, como una realidad ontológica incondicionada, y el ser como parte de las posibilidades contingentes de la existencia, que comprenden distintos modos y matices en su concreción, de lo que resulta la complejidad de esa realidad a la que nos venimos refiriendo. 

En definitiva, y en relación al hombre moderno y su forma de conocer la realidad, podemos decir que este es superficial, que desconoce los aspectos que conforman una doctrina y carece de sentido del reposo y la contemplación. No obstante, Frithjof Schuon concede al hombre la posibilidad de que la experiencia religiosa sea efectiva o no en función de su voluntad y la búsqueda de la verdad a través de la inteligencia. 

Hablar de intelectualidad o principio intelectivo, o incluso de los escritos revelados como «altamente científicos» puede resultar chocante a ojos de un profano, y más después de la dialéctica inserta en las mentes de muchos modernos en lo que se refiere a la relación entre ciencia y religión. El hombre actual, por lo general, cree que lo intelectual significa pensamiento libre y creador en lo que es un error y un opuesto al propio concepto de intelectualidad. En este sentido es fundamental el principio de ortodoxia, que implica la participación a través de la doctrina tradicional en la inmutabilidad de los principios que rigen el universo y nuestra inteligencia. 

Presentación de «El imperio invisible» de Boris Nad

El imperio invisible

Boris Nad

2021

979-8485630744

Hipérbola Janus

100

★★★★★


Tenemos el placer de presentar a nuestros lectores de habla hispana un nuevo trabajo del escritor y mitólogo serbo-croata Boris Nad, en esta ocasión una colección de ocho relatos breves bajo el título El imperio invisible. Antes de entrar en el contenido de la obra y algunos de los aspectos que caracterizan el estilo del autor, queremos destacar sus dos obras precedentes bajo nuestro sello editorial: El retorno del mito y Una historia de Agartha, dos publicaciones de las que estamos especialmente orgullosos por su originalidad y porque son una buena muestra del buen hacer de nuestro autor balcánico, que se desenvuelve con la misma soltura y eficiencia tanto en el ensayo como en la creación literaria. 

El imperio invisible, como ya hemos señalado, es una colección de relatos breves, historias y narraciones, que no podemos ubicar en el mismo plano que cualquier otro tipo de escritos que puedan seguir la misma estructura y género dentro de la literatura más o menos profana, en la medida que presenta unas características totalmente diferentes. Nos hallamos ante un autor con una visión completamente tradicional del mundo, de tal modo que trasciende cualquier uso ideológico y se ubica en unos horizontes que se encuentran más allá de lo mundano, en el que la intención lúdica o recreativa viene sustituida por una reflexión simbólica del hombre y su destino en lo cósmico y universal. En este sentido sus referentes más inmediatos son Julius Evola, René Guénon y el enigmático Dragoš Kalajić, dos de los mayores intérpretes y exégetas del mundo tradicional. Dentro de este contexto la idea general dominante que Boris Nad nos transmite en sus escritos es la conciencia propia de nuestros tiempos, del Kali-Yuga y su carácter disolutivo y descendente, el completo alejamiento del mítico origen primordial del hombre, y con éste el sentido de fragmentación y ausencia total de unidad que caracterizan al moderno «Occidente» dominado por el nihilismo, el consumismo frenético y el olvido de todo legado tradicional. Es, por tanto, la pérdida del centro y ese anhelo por recomponer esa unidad originaria, lo que domina la obra de Boris Nad. 

Bajo estas premisas, omnipresentes en la obra de su autor, este libro nos lleva en una especie de viaje iniciático a través de ocho historias fantásticas en las que el lector encontrará innumerables referencias simbólicas que nos retrotraen a antiguas tradiciones, a arquetipos pretéritos que se vienen reproduciendo desde la más remota antigüedad en la conciencia humana bajo distintos ropajes hasta nuestros días, porque otra de las preocupaciones que nos muestra Boris Nad, como ya pudimos apreciar en El retorno del mito, es como se traduce ese universo simbólico del que el hombre es portador y que lleva injertado en su alma tradicional, dentro del mundo moderno actual, alienado y tan radicado en la materialidad más burda y autodestructiva. En definitiva, El imperio invisible nos presenta un buen número de motivos esotéricos, mitológicos y especialmente apocalípticos, dada la propia naturaleza de la obra, que constituyen la materia prima necesaria para construir el relato fantástico y vertebrarlo en su contenido esencial. En lo que se refiere a la forma, al estilo, la prosa es directa, sin malabarismos retóricos, sencilla pero muy efectiva para la comprensión general del lector. Es más, podríamos considerar las obras más literarias de Nad como una introducción especialmente instructiva para aquellos jóvenes que interesados por los escritos tradicionales asociados al perennialismo y al ámbito de lo esotérico e iniciático, se sienten intimidados por la complejidad de los escritos de los autores de referencia. Es por este motivo, por la tremenda concisión que se imprime a los relatos que podríamos hablar de una narración en clave borgesiana, junto al uso de elementos de carácter metafísico al que hacíamos referencia con anterioridad. 

Reseña: Eremitas: Las enseñanzas místicas de los Padres del Desierto, Dionisio el Areopagita, Isaías El Anacoreta, María Egipciaca y muchos más

Eremitas: Las enseñanzas místicas de los Padres del Desierto, Dionisio el Areopagita, Isaías El Anacoreta, María Egipciaca y muchos más

Isidro Juan Palacios

2006

978-8496665248

Palmyra editorial

536

★★★★★


Nos encontramos ante un libro fuera de lo normal, un ensayo que, como bien nos advierte su autor en las primeras páginas, constituye una totalidad en sí mismo, y que para nada debemos leer atendiendo al sentido lineal y habitual que se corresponde con cualquier otro libro. Esta obra, a la que podemos calificar como un ensayo sobre mística cristiana, y más concretamente sobre las doctrinas y enseñanzas de los Padres del Desierto, puede considerarse como una guía espiritual destinada a transformar interiormente al lector, a aquel que aspira a romper con la rutina y cotidianidad del ruidoso y caótico mundo moderno, para abrir nuevas vías y horizontes en las vidas de quienes tengan la fortuna de tener este magnífico libro en sus manos. 

Hay una tesis o idea central que recorre toda la obra y sirve de leitmotiv a lo largo de su desarrollo, y que nos remite a un viejo anhelo que viene de la Antigüedad, concretamente de griegos y egipcios, que tiene que ver con el deseo humano de eternizarse, de conservar la juventud, la fuerza y la potencia de los años más vigorosos y que también podríamos traducir como la aspiración a lo divino. Se trata de ser Dios y no «como Dios», en un matiz muy importante que aclararemos con posterioridad, alcanzando la inmortalidad del cuerpo y el alma. Este deseo llegará a concretarse con el advenimiento del Cristianismo, y encontrará su vía más preclara en los Padres del Desierto y sus técnicas y doctrinas para alcanzar una auténtica transfiguración del Ser. En este sentido puede sorprender el contraste entre la visión que ciertos autores ligados al perennialismo o Tradición Primordial nos ofrecen del Cristianismo, como una religión limitada a formas puramente devocionales y la inexistencia de una vía esotérica propiamente dicha, como ocurre con René Guénon, y la perspectiva de Isidro Palacios, nuestro autor, que afirma con total rotundidad la existencia de vías iniciáticas perfectamente homologables con aquellas del Extremo Oriente. En el Cristianismo, nos dice Palacios, existe una auténtica voluntad de retorno a la unidad primigenia y originaria a través de la superación de toda forma de dualismo así como de la dicotomía entre sujeto y objeto como parte fundamental de esa purificación interior y el rechazo a toda forma de exterioridad. Exactamente igual que puede suceder con el Budismo Zen y otras formas de ascetismo místico-orientales, con la particularidad de que las doctrinas y enseñanzas hesicastas tuvieron un desarrollo totalmente autónomo y nacieron de la experiencia de los propios monjes en el desierto. Dios ha creado al hombre para que se haga Dios, de tal modo que de acuerdo con una serie de técnicas y métodos, la acción del Espíritu Santo y la voluntad divina podrá realizar o verificar la transformación interior que le permita vivir lo divino en sí mismo. Para ello el hombre no deberá cambiar su naturaleza y la identidad de su Ser, sino restaurar la unidad primigenia, la simplicidad y la inocencia primitiva que poseía con anterioridad a la caída. 

Para conseguir la divinización del cuerpo, alma y espíritu, concebidos como una unidad, los eremitas que constituyeron el monacato oriental se retiraron a los desiertos y abandonaron las ciudades. Este era el comienzo para iniciar la renuncia total hacia los bienes del mundo material, el ego y los apegos derivados de la voluntad. Un espacio inhóspito y duro donde poder recrear esa Nada necesaria para hacer emerger el Dios que llevamos dentro, pues es una potencialidad muy real que el hombre alberga en su Ser interior. Esta «huida» al desierto no representa una huida del mundo, sino que es el primer paso para recuperar el centro perdido y superar el mencionado dualismo y las diferentes dialécticas que lo vertebran. Por lo tanto, en el desierto el monje consigue restaurar su unidad interior. No hay que olvidar que estos eremitas solitarios, centrados en su interioridad, fueron capaces de desarrollar en este contexto una serie de técnicas y enseñanzas de realización espiritual derivadas de su propia experiencia y que nada tienen que envidiar a aquellas de la Tradición del Extremo Oriente. 

El monje se marcha al desierto sin pertenencias materiales, sin tradición, solo con la Oración a través de la invocación del Nombre de Jesús, y lejos de escapar del mundo huye de las luchas superfluas para iniciar una guerra cósmica tanto interna como externa enfrentándose a las peores tentaciones desde el amor y la sobriedad, con un espíritu guerrero que paradójicamente busca la paz frente al odio en una lucha que el monje libra con todo el valor y entereza posible, y en el que la recompensa pasa por recuperar el estado de pureza prístina de los orígenes junto a sus cualidades puramente espirituales y edénicas. 

Reseña: De Covadonga a la nación española. La hispanidad en clave spengleriana, de Carlos X Blanco

De Covadonga a la nación española: La hispanidad en clave spengleriana

Carlos X Blanco

2019

978-8494959646

Editorial Eas

158

★★★★★



La presente obra que vamos a proceder a reseñar, De covadonga a la nación española, de Carlos X Blanco, ya posee un título lo suficientemente sugerente que invita a la lectura y despierta un gran interés, y especialmente cuando leemos el subtítulo que le viene aparejado como «La hispanidad en clave spengleriana», en cuya introducción Robert Steuckers, destacado intelectual del movimiento de la Nueva Derecha francesa, nos empieza a esbozar algunas de las ideas que se irán desarrollando a lo largo del libro. Ya de entrada queda de manifiesto una dualidad que ha sido decisiva en la actual configuración de España en el devenir de los siglos, una impronta indeleble que ha condicionado el desarrollo de la nación más antigua del occidente europeo, y es la existencia de dos polos o almas, dos cosmovisiones opuestas y enfrentadas: por un lado aquella que representan los pueblos del Noroeste peninsular, pioneros y artífices de las primeras etapas de la Reconquista desde el Reino de Asturias, marcado por la presencia de un importante elemento celtogermánico, también romanizado pero sin el lastre decadente y crepuscular de las civilizaciones precedentes, y por otro lado los pueblos hispanorromanos del Levante y el Sur peninsular, que caerán bajo la dominación árabe y se configurarán bajo un modelo de civilización diferenciado, marcado por la influencia de civilizaciones caídas o en franco declive, como es el caso de la romana, bizantina o la arábiga. Es precisamente esta antítesis la que se convierte en el eje vertebrador del libro, en el que su autor, Carlos X Blanco, se sirve de las teorías e interpretaciones del notable filósofo de la historia alemán Oswald Spengler y su monumental obra La decadencia de Occidente

No obstante, este ensayo no se queda en un mero análisis de opuestos, sino que a través de sus páginas nos muestra un bosquejo de ideas bastante preciso para delinear la historia de España desde sus comienzos hasta la actualidad en función de las categorías del pensamiento spengleriano. Asimismo nos advierte que hay que entender los planteamientos del filósofo e historiador alemán en su contexto con toda su terminología y métodos interpretativos aunque teniendo en cuenta las limitaciones y errores en los que pudiera incurrir en su obra a lo largo de su trayectoria intelectual. También conviene destacar cómo a través de la última parte del libro se utiliza como referencia a Ortega y Gasset, que nuestro autor califica como «el Spengler hispano» por su visión más elevada de las problemáticas y posibles soluciones al problema de España y por «su comprensión de lo nacional»

Volviendo a la antítesis entre esos dos modelos de civilización que arraigaron en la España de la Antigüedad tardía y los inicios del Medievo, en una suerte de duplicidad que a la luz del pensamiento Spengleriano nos permite distinguir perfectamente el concepto de cultura y civilización tan característico de su planteamiento. La cultura representa el estado de apogeo vital, de las grandes conquistas y realizaciones históricas que determinan un tipo humano audaz y especialmente dotado, que vendría ser el arquetipo de la cultura fáustica, que en el caso hispano vemos reflejado en el Noroeste peninsular, en los territorios comprendidos por el reino asturiano, y que representa la tendencia que sería hegemónica en el resto del orbe europeo bajo la Cristiandad fáustica y donde la presencia del elemento germánico sería fundamental. La base fundacional del reino astur estuvo formada por astures, cántabros y godos pertenecientes a la baja nobleza que habían huído del avance musulmán refugiándose en las montañas del Norte. De esta unión de pueblos, de esta etnogénesis, empleando la terminología del autor, nació un nuevo pueblo, una nueva cultura en sentido spengleriano. Es un pueblo ávido de conquistas, con una conciencia clara y segura sobre la necesidad de expulsar al invasor moro e infiel de la península y de ser portador del Imperium. Es a través del inicio del proceso de la Reconquista como se vehiculiza la nación española, y que tendrá su punto de arranque en tierras asturianas para después encontrar una continuidad en la acción de Castilla. Y respecto a la hegemonía castellana el autor deja entrever cierto prejuicio contra esta, representante de un «concepto mestizo y dudosamente cristiano» que vivía su multiculturalidad de modo traumático, a consecuencia del cual tendrían lugar las expulsiones de judíos y moriscos, la inquisición o la intolerancia. Todo ello debido, según nuestro autor, a la falta de homogeneidad a nivel étnico y religioso derivado de un problema de identidad. Frente a esta el Noroeste representaba una sociedad más homogénea en lo étnico y religioso, con su impronta celtogermana, mucho más homologable al resto de Europa. En este sentido, quizás habría que recurrir a ciertos ensayos que desde hace años han ayudado con una suerte de revisionismo a despejar ciertos clichés y prejuicios que oscurecían la historia de España en sus siglos áureos, como podrían ser Elvira Roca Barea o Iván Vélez, por citar a los más destacados. 

René Guénon: El Maestro de la Tradición Perenne

El Maestro de la Tradición Perenne

Antología de artículos guenonianos

René Guénon

2021

979-8504926506

Hipérbola Janus

286

★★★★★


El pasado mes de diciembre tuvimos la oportunidad de publicar un recopilatorio de artículos inéditos en castellano de Julius Evola (1898-1974), uno de los autores más heterodoxos y polémicos que podríamos inscribir en la corriente de los grandes intérpretes de la Tradición, y al que consideramos fundamental para entender nuestra concepción del mundo y nuestra propia misión como proyecto editorial. No obstante, y de acuerdo con las propias filiaciones del Barón romano, que siempre fueron controvertidas, René Guénon (1886-1951) fue uno de sus principales referentes, si no el más importante y al que podemos considerar, de pleno derecho, como el primer sintetizador e intérprete de la Tradición Primordial, de sus símbolos sagrados y de las doctrinas esotéricas y sapienciales anejas a ésta. Obviamente, no vamos a entrar en las diferencias que Julius Evola y René Guénon pudieran tener a lo largo de sus respectivas trayectorias, porque no es el cometido del presente escrito, y excedería por mucho el propósito de esta presentación. 

Con lo cual debíamos un recopilatorio a René Guénon, a su dilatada trayectoria como autor de la Tradición, que se inicia en 1909, con apenas 23 años, cuando abandona su Blois natal para ir a estudiar a París, y que concluye el mismo día de su muerte, en El Cairo, un 7 de enero de 1951. Durante estos más de 40 años el Maestro francés nos ha legado veinte libros y más de 300 artículos. El ámbito en el cual se desarrollaron sus escritos comprende temáticas muy variadas, y van desde sus estudios tradicionales, sobre conceptos y principios de la Tradición propiamente dicha, con sus notables conocimientos en materia de indología e islamismo, así como de la historia de las ideas y la filosofía, ciencias experimentales, psicología o antropología en un espacio cronológico que abarca milenios de historia. Es a partir de este conglomerado complejo e inabarcable que René Guénon logra vertebrar un discurso acerca de la Verdad que identifica plenamente con la Tradición, y frente a la cual la modernidad, entendida e identificada plenamente con el modelo del «Occidente moderno» no supone sino una anomalía, una desviación que marca el languidecer de los tiempos, bajo el crepúsculo de una civilización carente de otra dimensión que aquella material, y por tanto condenada a desaparecer si no ejecuta una acción rectificadora. 

Salud y globalismo




Después de algo más de un año de «pandemia», aunque nosotros creemos que más bien de plandemia, en el que solamente hemos escuchado hablar de restricciones en todos los ámbitos de la vida social, en nuestras vidas particulares, con la consecuente ruina de los pequeños y medianos empresarios, las familias y de todo aquel tejido orgánico que todavía pudiera subsistir en nuestra degenerada sociedad moderna, además de continuos y flagrantes fraudes de ley, desde hace algunos meses están en funcionamiento las mal llamadas «vacunas» que no son sino terapias genéticas, como muchos científicos, entre ellos la Doctora Alexandra Herion-Claude (Instituto Francés de Investigación Médica y Sanitaria | Inserm · Unidad de Genética y Epigenética de Enfermedades Neurometabólicas y Defectos de Nacimiento) han afirmado públicamente, que fueron aprobadas bajo condiciones más que sospechosas tras negociar con la Unión Europea su distribución y aplicación en los países que se encuentran bajo la soberanía de esta organización globalista. En este sentido, la exoneración de toda responsabilidad ante los efectos adversos, los cuales incluyen muertes fulminantes y una variada gama de efectos secundarios que van desde sarpullidos y fiebre hasta ceguera, parálisis o los famosos trombos, a las multinacionales farmacéuticas, también debemos añadir el contrato de confidencialidad que impide que sepamos cuales son los ingredientes de los que se componen estas sustancias. A esto deberíamos añadir las campañas agresivas que desde «medios sanitarios», prensa generalista, y desde los propios gobiernos, se están haciendo para incitar a la masa a inyectarse una sustancia de la que ignoran su composición y que ha sido aprobada por la vía de urgencia a través de la agencia europea del medicamento, es decir, sin aprobar el protocolo legal establecido para cualquier medicamento que se comercialice sobre territorio de la UE. 

Ante todos estos condicionantes que hemos enumerado, resulta cuanto menos inquietante que una persona considerada normal, digamos que con una inteligencia media, pudiera aventurarse a introducirse en su organismo algo cuyas consecuencias a largo plazo todavía se desconocen, que no le va a asegurar una vida normal sin restricciones y en el pleno ejercicio de sus libertades y que, en última instancia, no le permite inmunizarse ni hacer frente a un hipotético virus, respecto al cual poco sabemos porque jamás se le menciona en los mass media, salvo para hablar de cepas con denominación de origen de medio mundo, y de cifras de muertos y, sobre todo, de infectados (ya no hablan tanto de «PCR-positivos»), muchos de ellos «asintomáticos», en el contexto de una «pandemia mundial» un tanto extraña, o cuanto menos peculiar. 

Toda la problemática y el trasfondo de estas cuestiones podría llevarnos a tratar temas demasiado extensos y complejos para abordarlos en el formato del actual artículo. Deberíamos hablar ya de entrada de una crisis global que va más allá de lo puramente sanitario y que afecta tanto a la salud como al resto de los aspectos de la vida contingente en el mundo occidental desarrollado, aquel que es heredero de la Revolución Francesa y del orden liberal subsiguiente. El mundo moderno, como hemos venido recordando en la mayor parte de nuestros artículos, representa una anomalía en toda regla, desde el momento que ha renunciado a sus raíces tradicionales y al horizonte de trascendencia que le era propio en tiempos pasados. Las transformaciones del mundo moderno han engendrado un nuevo modelo antropológico, que viene marcado por la desacralización de todo un universo simbólico y la ruptura de una serie de equilibrios que habían marcado el devenir de las sociedades premodernas. Precisamente uno de los factores que menos hemos tratado, quizás por estar formado quien escribe en letras, son las cuestiones relativas al proceso deshumanizador dentro del ámbito de lo sanitario, y en sus imbricadas relaciones con el poder, puesto que estos aspectos los hemos abordado en mayor profundidad desde un enfoque filosófico, desde el pensamiento tradicional o desde un plano ético moral o incluso religioso. No obstante, ello no implica que no exista una deshumanización muy clara y de la cual somos testigos en nuestros días en el ámbito de la sanidad y la medicalización de la misma con el uso ingente de fármacos, cuyo uso y fe desmedida en su poder curativo se han convertido prácticamente en un dogma irrefutable. 

Presentación de Mos Maiorum, número III, Invierno del 2021

Mos Maiorum

Número III - Invierno 2021

Hipérbola Janus

2021

979-8716393318

Hipérbola Janus

100

★★★★★




Nos congratulamos una vez más de poder publicar un nuevo número de nuestra revista, el tercero, con el esfuerzo y la dedicación que habitualmente invertimos en su elaboración. Es una tarea compleja y exigente, y cada vez más difícil de llevar a cabo por la ausencia cada vez más acusada del compromiso, algo que trasciende nuestro modesto ámbito editorial para extenderse a todas las relaciones sociales, cada vez más frías, distantes e inauténticas. 

Es indudable que vivimos tiempos de agitación y cambio, de decadencia y degeneración, y que los más bajos instintos del hombre se manifiestan por doquier, quizás como parte de algo más amplio y perverso que vemos reflejado en los acontecimientos que vivimos en estos días. El Mal es una realidad objetiva, es un hecho que nadie puede negar y que parece tomar un protagonismo cada vez más acusado en las vicisitudes humanas. Los buenos valores, aquellos elevados y de civilización, que vertebraron nuestras generaciones desde tiempos inmemoriales, como aquellos de Familia y Patria, o aquellos propiamente religiosos, se difuminan ante las incertidumbres de un presente y un futuro inmediato tenebroso y poco halagüeño. 

Por estos motivos, que sucintamente acabamos de exponer, hemos elegido como motivo de nuestra portada un elemento religioso de gran poder y potencia simbólica: el Arcángel San Miguel. Su figura es ampliamente conocida dentro de las fuentes bíblicas, y viene a representar al guía o general de los ejércitos divinos. Su iconografía clásica es muy particular, es un ángel guerrero que lleva una armadura romana con ropas de color rojo (fuego) y azul (justicia). Con su mano derecha empuña una espada de doble filo, separando lo verdadero de lo falso, que apunta al Lucifer vencido que sujeta con su pie izquierdo, cuyo talón descansa sobre su cabeza. Un cinturón de oro ceñido a su cintura representa el beneplácito y apoyo divino en su función, como estandarte del Bien frente al Mal. Mientras, en su mano izquierda, sujeta una balanza con dos platillos dorados que simbolizan el triunfo de la justicia divina por haber restablecido la paz del universo. 

San Miguel Arcángel es uno de los tres arcángeles que aparecen en la Biblia, los otros dos son Gabriel y Rafael, pero es Miguel quien ostenta el mayor rango dentro de esta jerarquía angélica por haber derrotado a Satanás y a sus seguidores y haberlos expulsado de los cielos. Es una figura de gran potencia combativa, que dirige a las milicias celestiales en infatigable lucha contra el Mal. La fidelidad y la obediencia a Dios son dos de sus atributos principales, su valentía y fortaleza las mejores de sus cualidades. 

Juana de Arco, mito y símbolo de la «doncella de Orleans»


Un caso paradigmático 


Pocas figuras históricas resultan tan fascinantes y paradigmáticas como esta joven cuya breve existencia se desarrolló durante las primeras décadas del siglo XV, y que terminaría, por decreto inquisitorial, siendo presa de las llamas por una más que controvertida condena que no haría sino dar inicio a la construcción de un auténtico mito que, en lo inmediato, llevaría a una rehabilitación en las décadas siguientes y, muchos siglos después, a una canonización para convertirla en santa. Juana de Arco mantiene ese aura y potencia espiritual que han hecho que su figura sea ensalzada en los ambientes más diversos, tanto entre los católicos tradicionalistas como entre los más variopintos grupos de izquierdas y derechas, e incluso por las feministas, pese a que es más que evidente que nada tienen que ver ni en sus prácticas ni en su ideario con aquello que representó la mítica doncella. 

Entre las múltiples paradojas que constituyen los hechos biográficos del personaje topamos de inmediato con uno que resulta más que asombroso, y tiene que ver con sus orígenes: una joven campesina analfabeta que no quiso resignarse a la vacuidad de una vida sencilla y anónima desafió ciertas convenciones de su época e impulsada por una función profética de la que se decía portadora, terminó por enfundarse la recia armadura de los caballeros franceses para encabezar la lucha contra las fuerzas anglo-borgoñesas que mantenían dividido su país. El contraste entre unos orígenes humildes, la misión profética que le encomienda el Arcángel San Miguel y su capacidad para liderar la causa del Reino de Francia, con todo un despliegue de carisma, potencia espiritual y devoción que arrastró a multitudes, es algo que difícilmente puede resultar comprensible a ojos de un moderno. 

El rastro de la figura de Santa Juana de Arco recorre los siglos, y durante los pasados siglos XIX-XX ha continuado siendo objeto de referencia en la literatura francesa de orientación católica con Charles Peguy o Paul Claudel entre otros muchos autores, o en las obra cinematográfica de directores como Carl Dreyer o Robert Bresson, generando una imagen icónica dentro de la propia cultura moderna como una virgen guerrera, utilizada en las comparaciones de mujeres políticas y en otros ámbitos, bajo el arquetipo de heroína. Pero al mismo tiempo también ha sido objeto de mofas y ridiculización; Voltaire, ya en el siglo XVIII trató de desacreditar su figura mediante estas fórmulas. En el arte nos quedan las obras en óleo, con su representación característica en la que aparece con la mirada perdida en el cielo y la mano en el corazón, con su coraza resplandeciente y su bandera inmaculada que, en estos tiempos de degeneración y rebajamiento espiritual, también han despertado diferentes formas de ironía. Al mismo tiempo, su final también resulta paradójico, en la medida que ella, una joven y devota cristiana, que combate como un hombre amparada en las «voces» que le guían, termina siendo condenada a la hoguera, y todo por no someterse a la jerarquía de la Iglesia y a sus representantes del tribunal inquisitorial. 

Todos los elementos descritos revelan ese carácter paradójico y en apariencia contradictorio de la protagonista de nuestro artículo: una mujer marginal en su origen pero sobresaliente en sus atributos morales y actitudes, hija predilecta de la Iglesia que terminará condenada por la misma, una mujer fiera en el combate al mismo tiempo que acreedora del más exquisito de los atributos cristianos como es la virginidad, o bien, y como prolongación de este último punto, vemos como parece abanderar la causa de la mujer, cuando rechaza reiteradamente los hábitos femeninos. Una chica joven y, a priori, insignificante, de firme e intensa fe religiosa, que se ve abocada a muy temprana edad a tomar una responsabilidad que dependen de la fortaleza y la experiencia, dentro del campo de batalla, que representan algo extraño y ajeno a sus orígenes, a su propia condición femenina, a su edad precoz y donde termina imponiendo su carisma y liderazgo. Son estos hechos singulares los que hacen de Juana de Arco, la «doncella de Orleans», un personaje de extraordinaria actualidad, de una vigencia y atemporalidad imprescindibles en la construcción del mito. 

Todos los acontecimientos que rodean su tempestuosa existencia se desarrollan en un intervalo de tiempo breve pero intenso, entre 1429 y 1431, para terminar en la hoguera con menos de 20 años. Conviene tener presente el contexto histórico en el que se desarrollan los hechos, que tiene como marco fundamental la «Guerra de los cien años» y que podríamos circunscribir cronológicamente a unas fechas que van desde 1337 a 1453. Es parte de una coyuntura histórica convulsa, donde se suceden crisis a diferentes niveles, económica, social o religiosa o incluso a nivel climático con estaciones más frías y lluviosas que tuvieron un gran impacto sobre las cosechas, generando grandes desequilibrios y carestías, así como un notable descenso demográfico. Tal fue el descenso que en la Europa central y Occidental (Francia, Alemania e Inglaterra) se pasó de 40 a 25 millones de habitantes durante el siglo XIV, con la peste negra de 1348 que asoló al continente. En lo social no debemos olvidar las revueltas campesinas entre 1340 y 1380, en lo religioso las herejías y el cisma de 1378 que abría un periodo de división en la Iglesia, entre Roma y Avignon. 

Reseña de «Chartres y el nacimiento de la catedral», de Titus Burckhardt

Chartres y el nacimiento de la catedral

Titus Burckhardt

2011

978-8497163361

Jose Olañeta editor

201

★★★★☆



Es la primera vez que reseñamos un libro de esta naturaleza y características, que se adentra con tal profundidad en aspectos tan variados como el arte, la arquitectura y el simbolismo, que son los elementos que confluyen en la presente obra, y que nos invitan a un análisis global y orgánico de un fenómeno histórico y artístico que marca los siglos centrales de la Edad Media. Nos estamos refiriendo, como es obvio, al nacimiento del estilo gótico a través de su creación más arquetípica y universal: la catedral, y no cualquier catedral, sino aquella de Chartres, que marca el inicio y difusión de una nueva forma de concebir el templo religioso, bajo unas innovaciones técnicas y un armazón simbólico que genera una nueva realidad y que es expresión de una mentalidad y una forma de ver el mundo. Esta percepción está vigente en cualquier producción o manufactura humana, siempre encierra bajo sus formas una cosmovisión particular, y así, por ejemplo, lo vemos en los edificios modernos, aunque sean templos religiosos, que suelen ser estéticamente feos y espiritualmente vacíos, sin alma, porque son fruto de una civilización que se ha deshecho de cualquier aspiración trascendente o espiritual, viviendo en una horizontalidad que se transmite en todas sus creaciones. 

El autor, el pensador tradicionalista suizo Titus Burckhardt, destacó en sus escritos por sus análisis y teorías estéticas acerca del arte en diferentes modelos de civilización, y en este caso en el Cristianismo con una de sus realizaciones más logradas a nivel artístico y simbólico. El propio Burckhardt ya nos pone sobre aviso nada más comenzar su obra, advirtiendo que no se trata de un ensayo artístico o científico, sino que éste se postula antes que nada como un ensayo espiritual. Como decíamos, Chartres es el centro y el arquetipo de un modelo de civilización, su culminación. Y es que el hombre del medievo, que no gozaba de los avances científicos y materiales del presente, de las ventajas técnicas o de la información que poseemos hoy nosotros, sin embargo sí eran depositarios de una concepción espiritual clara y objetiva, de una Idea expresada a través de un mundo simbólico poblado por verdades eternas. 

La catedral, como expresión creativa del gótico, tiene su propia génesis que, como en el caso de todos los templos religiosos de la cristiandad, remontaban su origen a la basílica romana en un momento en el cual el Cristianismo no había elaborado todavía su propio lenguaje simbólico, como vemos a través del arte paleocristiano. Normalmente, este tipo de edificios, consagrados tanto a actividades profanas como religiosas, contaban con espacios abiertos flanqueados por hileras de columnas en calles dispuestas como mercados. Entre sus elementos más característicos, como destaca Burckhardt, se encontraba el atrium, que ejercía la función entre el mundo exterior y el templo religioso propiamente dicho. Este espacio de transición tenía sus propias connotaciones simbólicas, y estaba lleno de plantas y árboles que servían para rememorar el Paraíso y el estado edénico. Junto a estos elementos también había una fuente, que nos remiten al bautismo y el renacimiento. Por ese motivo los catecúmenos permanecían en el atrio durante la celebración de la misa. Desde este atrio se accedía a la basílica y a cuatro naves laterales. La nave central terminaba en el arco del triunfo y marcaba el límite del transepto. En el fondo, delante del ábside encontramos el altar, que estaba sobreelevado. Las tres partes en las que podemos dividir la basílica paleocristiana definirían simbólicamente las tres etapas de la vida de todo creyente: purificación, iluminación y unión con Dios, a su vez vinculados con el bautismo, la enseñanza sagrada y la unión con Dios. La semicúpula abovedada que conforma el techo del ábside representa el cielo, y es el espacio destinado a la manifestación divina, por ello, bajo éste, encontramos al altar cerrado, en lo que representa la acotación de un espacio sagrado para el profano. La disposición del espacio no era, ni mucho menos, fruto del capricho de los arquitectos y constructores, sino que respondía a un simbolismo cardinal al que se remitirán todas las iglesias en lo sucesivo. Éstas eran orientadas en función de los ejes cósmicos y los preceptos bíblicos, en una tarea de ordenación que obedecía al propio sentido del cosmos. En el arte gótico, esta particular disposición del espacio sagrado la veremos reflejada en la orientación de las temáticas que adornan las vidrieras.