Presentación de Mos Maiorum, número III, Invierno del 2021

Mos Maiorum

Número III - Invierno 2021

Hipérbola Janus

2021

979-8716393318

Hipérbola Janus

100

★★★★★




Nos congratulamos una vez más de poder publicar un nuevo número de nuestra revista, el tercero, con el esfuerzo y la dedicación que habitualmente invertimos en su elaboración. Es una tarea compleja y exigente, y cada vez más difícil de llevar a cabo por la ausencia cada vez más acusada del compromiso, algo que trasciende nuestro modesto ámbito editorial para extenderse a todas las relaciones sociales, cada vez más frías, distantes e inauténticas. 

Es indudable que vivimos tiempos de agitación y cambio, de decadencia y degeneración, y que los más bajos instintos del hombre se manifiestan por doquier, quizás como parte de algo más amplio y perverso que vemos reflejado en los acontecimientos que vivimos en estos días. El Mal es una realidad objetiva, es un hecho que nadie puede negar y que parece tomar un protagonismo cada vez más acusado en las vicisitudes humanas. Los buenos valores, aquellos elevados y de civilización, que vertebraron nuestras generaciones desde tiempos inmemoriales, como aquellos de Familia y Patria, o aquellos propiamente religiosos, se difuminan ante las incertidumbres de un presente y un futuro inmediato tenebroso y poco halagüeño. 

Por estos motivos, que sucintamente acabamos de exponer, hemos elegido como motivo de nuestra portada un elemento religioso de gran poder y potencia simbólica: el Arcángel San Miguel. Su figura es ampliamente conocida dentro de las fuentes bíblicas, y viene a representar al guía o general de los ejércitos divinos. Su iconografía clásica es muy particular, es un ángel guerrero que lleva una armadura romana con ropas de color rojo (fuego) y azul (justicia). Con su mano derecha empuña una espada de doble filo, separando lo verdadero de lo falso, que apunta al Lucifer vencido que sujeta con su pie izquierdo, cuyo talón descansa sobre su cabeza. Un cinturón de oro ceñido a su cintura representa el beneplácito y apoyo divino en su función, como estandarte del Bien frente al Mal. Mientras, en su mano izquierda, sujeta una balanza con dos platillos dorados que simbolizan el triunfo de la justicia divina por haber restablecido la paz del universo. 

San Miguel Arcángel es uno de los tres arcángeles que aparecen en la Biblia, los otros dos son Gabriel y Rafael, pero es Miguel quien ostenta el mayor rango dentro de esta jerarquía angélica por haber derrotado a Satanás y a sus seguidores y haberlos expulsado de los cielos. Es una figura de gran potencia combativa, que dirige a las milicias celestiales en infatigable lucha contra el Mal. La fidelidad y la obediencia a Dios son dos de sus atributos principales, su valentía y fortaleza las mejores de sus cualidades. 

Juana de Arco, mito y símbolo de la «doncella de Orleans»


Un caso paradigmático 


Pocas figuras históricas resultan tan fascinantes y paradigmáticas como esta joven cuya breve existencia se desarrolló durante las primeras décadas del siglo XV, y que terminaría, por decreto inquisitorial, siendo presa de las llamas por una más que controvertida condena que no haría sino dar inicio a la construcción de un auténtico mito que, en lo inmediato, llevaría a una rehabilitación en las décadas siguientes y, muchos siglos después, a una canonización para convertirla en santa. Juana de Arco mantiene ese aura y potencia espiritual que han hecho que su figura sea ensalzada en los ambientes más diversos, tanto entre los católicos tradicionalistas como entre los más variopintos grupos de izquierdas y derechas, e incluso por las feministas, pese a que es más que evidente que nada tienen que ver ni en sus prácticas ni en su ideario con aquello que representó la mítica doncella. 

Entre las múltiples paradojas que constituyen los hechos biográficos del personaje topamos de inmediato con uno que resulta más que asombroso, y tiene que ver con sus orígenes: una joven campesina analfabeta que no quiso resignarse a la vacuidad de una vida sencilla y anónima desafió ciertas convenciones de su época e impulsada por una función profética de la que se decía portadora, terminó por enfundarse la recia armadura de los caballeros franceses para encabezar la lucha contra las fuerzas anglo-borgoñesas que mantenían dividido su país. El contraste entre unos orígenes humildes, la misión profética que le encomienda el Arcángel San Miguel y su capacidad para liderar la causa del Reino de Francia, con todo un despliegue de carisma, potencia espiritual y devoción que arrastró a multitudes, es algo que difícilmente puede resultar comprensible a ojos de un moderno. 

El rastro de la figura de Santa Juana de Arco recorre los siglos, y durante los pasados siglos XIX-XX ha continuado siendo objeto de referencia en la literatura francesa de orientación católica con Charles Peguy o Paul Claudel entre otros muchos autores, o en las obra cinematográfica de directores como Carl Dreyer o Robert Bresson, generando una imagen icónica dentro de la propia cultura moderna como una virgen guerrera, utilizada en las comparaciones de mujeres políticas y en otros ámbitos, bajo el arquetipo de heroína. Pero al mismo tiempo también ha sido objeto de mofas y ridiculización; Voltaire, ya en el siglo XVIII trató de desacreditar su figura mediante estas fórmulas. En el arte nos quedan las obras en óleo, con su representación característica en la que aparece con la mirada perdida en el cielo y la mano en el corazón, con su coraza resplandeciente y su bandera inmaculada que, en estos tiempos de degeneración y rebajamiento espiritual, también han despertado diferentes formas de ironía. Al mismo tiempo, su final también resulta paradójico, en la medida que ella, una joven y devota cristiana, que combate como un hombre amparada en las «voces» que le guían, termina siendo condenada a la hoguera, y todo por no someterse a la jerarquía de la Iglesia y a sus representantes del tribunal inquisitorial. 

Todos los elementos descritos revelan ese carácter paradójico y en apariencia contradictorio de la protagonista de nuestro artículo: una mujer marginal en su origen pero sobresaliente en sus atributos morales y actitudes, hija predilecta de la Iglesia que terminará condenada por la misma, una mujer fiera en el combate al mismo tiempo que acreedora del más exquisito de los atributos cristianos como es la virginidad, o bien, y como prolongación de este último punto, vemos como parece abanderar la causa de la mujer, cuando rechaza reiteradamente los hábitos femeninos. Una chica joven y, a priori, insignificante, de firme e intensa fe religiosa, que se ve abocada a muy temprana edad a tomar una responsabilidad que dependen de la fortaleza y la experiencia, dentro del campo de batalla, que representan algo extraño y ajeno a sus orígenes, a su propia condición femenina, a su edad precoz y donde termina imponiendo su carisma y liderazgo. Son estos hechos singulares los que hacen de Juana de Arco, la «doncella de Orleans», un personaje de extraordinaria actualidad, de una vigencia y atemporalidad imprescindibles en la construcción del mito. 

Todos los acontecimientos que rodean su tempestuosa existencia se desarrollan en un intervalo de tiempo breve pero intenso, entre 1429 y 1431, para terminar en la hoguera con menos de 20 años. Conviene tener presente el contexto histórico en el que se desarrollan los hechos, que tiene como marco fundamental la «Guerra de los cien años» y que podríamos circunscribir cronológicamente a unas fechas que van desde 1337 a 1453. Es parte de una coyuntura histórica convulsa, donde se suceden crisis a diferentes niveles, económica, social o religiosa o incluso a nivel climático con estaciones más frías y lluviosas que tuvieron un gran impacto sobre las cosechas, generando grandes desequilibrios y carestías, así como un notable descenso demográfico. Tal fue el descenso que en la Europa central y Occidental (Francia, Alemania e Inglaterra) se pasó de 40 a 25 millones de habitantes durante el siglo XIV, con la peste negra de 1348 que asoló al continente. En lo social no debemos olvidar las revueltas campesinas entre 1340 y 1380, en lo religioso las herejías y el cisma de 1378 que abría un periodo de división en la Iglesia, entre Roma y Avignon.