Juana de Arco, mito y símbolo de la «doncella de Orleans»


Un caso paradigmático 


Pocas figuras históricas resultan tan fascinantes y paradigmáticas como esta joven cuya breve existencia se desarrolló durante las primeras décadas del siglo XV, y que terminaría, por decreto inquisitorial, siendo presa de las llamas por una más que controvertida condena que no haría sino dar inicio a la construcción de un auténtico mito que, en lo inmediato, llevaría a una rehabilitación en las décadas siguientes y, muchos siglos después, a una canonización para convertirla en santa. Juana de Arco mantiene ese aura y potencia espiritual que han hecho que su figura sea ensalzada en los ambientes más diversos, tanto entre los católicos tradicionalistas como entre los más variopintos grupos de izquierdas y derechas, e incluso por las feministas, pese a que es más que evidente que nada tienen que ver ni en sus prácticas ni en su ideario con aquello que representó la mítica doncella. 

Entre las múltiples paradojas que constituyen los hechos biográficos del personaje topamos de inmediato con uno que resulta más que asombroso, y tiene que ver con sus orígenes: una joven campesina analfabeta que no quiso resignarse a la vacuidad de una vida sencilla y anónima desafió ciertas convenciones de su época e impulsada por una función profética de la que se decía portadora, terminó por enfundarse la recia armadura de los caballeros franceses para encabezar la lucha contra las fuerzas anglo-borgoñesas que mantenían dividido su país. El contraste entre unos orígenes humildes, la misión profética que le encomienda el Arcángel San Miguel y su capacidad para liderar la causa del Reino de Francia, con todo un despliegue de carisma, potencia espiritual y devoción que arrastró a multitudes, es algo que difícilmente puede resultar comprensible a ojos de un moderno. 

El rastro de la figura de Santa Juana de Arco recorre los siglos, y durante los pasados siglos XIX-XX ha continuado siendo objeto de referencia en la literatura francesa de orientación católica con Charles Peguy o Paul Claudel entre otros muchos autores, o en las obra cinematográfica de directores como Carl Dreyer o Robert Bresson, generando una imagen icónica dentro de la propia cultura moderna como una virgen guerrera, utilizada en las comparaciones de mujeres políticas y en otros ámbitos, bajo el arquetipo de heroína. Pero al mismo tiempo también ha sido objeto de mofas y ridiculización; Voltaire, ya en el siglo XVIII trató de desacreditar su figura mediante estas fórmulas. En el arte nos quedan las obras en óleo, con su representación característica en la que aparece con la mirada perdida en el cielo y la mano en el corazón, con su coraza resplandeciente y su bandera inmaculada que, en estos tiempos de degeneración y rebajamiento espiritual, también han despertado diferentes formas de ironía. Al mismo tiempo, su final también resulta paradójico, en la medida que ella, una joven y devota cristiana, que combate como un hombre amparada en las «voces» que le guían, termina siendo condenada a la hoguera, y todo por no someterse a la jerarquía de la Iglesia y a sus representantes del tribunal inquisitorial. 

Todos los elementos descritos revelan ese carácter paradójico y en apariencia contradictorio de la protagonista de nuestro artículo: una mujer marginal en su origen pero sobresaliente en sus atributos morales y actitudes, hija predilecta de la Iglesia que terminará condenada por la misma, una mujer fiera en el combate al mismo tiempo que acreedora del más exquisito de los atributos cristianos como es la virginidad, o bien, y como prolongación de este último punto, vemos como parece abanderar la causa de la mujer, cuando rechaza reiteradamente los hábitos femeninos. Una chica joven y, a priori, insignificante, de firme e intensa fe religiosa, que se ve abocada a muy temprana edad a tomar una responsabilidad que dependen de la fortaleza y la experiencia, dentro del campo de batalla, que representan algo extraño y ajeno a sus orígenes, a su propia condición femenina, a su edad precoz y donde termina imponiendo su carisma y liderazgo. Son estos hechos singulares los que hacen de Juana de Arco, la «doncella de Orleans», un personaje de extraordinaria actualidad, de una vigencia y atemporalidad imprescindibles en la construcción del mito. 

Todos los acontecimientos que rodean su tempestuosa existencia se desarrollan en un intervalo de tiempo breve pero intenso, entre 1429 y 1431, para terminar en la hoguera con menos de 20 años. Conviene tener presente el contexto histórico en el que se desarrollan los hechos, que tiene como marco fundamental la «Guerra de los cien años» y que podríamos circunscribir cronológicamente a unas fechas que van desde 1337 a 1453. Es parte de una coyuntura histórica convulsa, donde se suceden crisis a diferentes niveles, económica, social o religiosa o incluso a nivel climático con estaciones más frías y lluviosas que tuvieron un gran impacto sobre las cosechas, generando grandes desequilibrios y carestías, así como un notable descenso demográfico. Tal fue el descenso que en la Europa central y Occidental (Francia, Alemania e Inglaterra) se pasó de 40 a 25 millones de habitantes durante el siglo XIV, con la peste negra de 1348 que asoló al continente. En lo social no debemos olvidar las revueltas campesinas entre 1340 y 1380, en lo religioso las herejías y el cisma de 1378 que abría un periodo de división en la Iglesia, entre Roma y Avignon. 


La Guerra de los Cien Años 



En el caso particular de Francia, la Guerra de los Cien Años se inicia como consecuencia de un conflicto dinástico por la sucesión de la corona francesa tras la muerte de Carlos IV, y el fin de la dinastía de los Capetos. Al margen de esta circunstancia también conviene destacar otros problemas agregados de naturaleza vasallática y relativos a las complejas relaciones franco-inglesas, o el interés por el dominio de las ricas y prósperas ciudades entre la cuenca del Somme y el Escalda. Respecto a la cuestión dinástica, la asamblea de barones del reino decidió ofrecer la corona a un primo del difunto rey, a Felipe, hijo de Carlos de Valois y hermano de Felipe IV el Hermoso, que pasó a convertirse en Felipe VI como nuevo monarca francés. Eduardo III de Inglaterra había reclamado sus derechos dinásticos sobre el trono, que con este nombramiento se vieron automáticamente lesionados. Eduardo III era hijo de Eduardo II e Isabel de Valois, quien era precisamente hermana del difunto Carlos IV, su tío materno. 

En el marco de las mencionadas relaciones anglo-francesas, en 1066 Inglaterra fue conquistada con el apoyo papal por Guillermo, duque de Normandía, quien se coronó como rey, colocándose en una paradójica situación en la que estaba en igualdad de condiciones con el rey de Francia como monarca, pero al mismo tiempo en condición de vasallo respecto al rey francés como duque de Normandía. A partir de 1154, con el advenimiento de los Plantagenet en el trono inglés de manos del duque de Anjou: el nuevo rey, Enrique II contrajo matrimonio con Leonor de Aquitania, lo que le hizo convertirse en señor de gran parte del territorio francés. A lo largo de los siglos XII y principios del siglo XIII, con Felipe II Augusto, el Reino de Francia se fue recomponiendo gracias a una política de tratados, a través de la concertación de matrimonios, sistematizaciones feudales y victorias militares, como aquella de Bouvines en 1214. Durante el siglo XIII, con Luis IX el Santo la influencia inglesa sobre territorio francés se redujo considerablemente. 

Si nos remontamos a los hechos iniciales de la Guerra de los Cien Años, Eduardo III, que había sido excluido del trono francés, debía rendir homenaje al nuevo rey Felipe VI por sus posesiones feudales sobre territorio francés. La situación era muy inestable, y ya había un motivo de fricción importante en los territorios de las ricas ciudades flamencas, que mantenían unas estrechas relaciones con Inglaterra. Estos territorios, bajo tutela del rey de Francia, eran objeto de represión con duras cargas impositivas que, bajo el nuevo rey, Felipe VI, suscitaron una rebelión que se encomendó al apoyo inglés, animando a que ejercieran su reclamación sobre el trono francés. En 1338 el rey francés declaraba a Eduardo III de Inglaterra decaído como vasallo infiel de sus feudos franceses. De modo que la guerra estalló por un motivo fundamentalmente dinástico, en la pugna por los derechos de sucesión sobre el trono francés, además de cuestiones complejas de orden feudal, de naturaleza vasallática, y el interés por dominar la riqueza y hegemonía constituida, ya en territorio francés, por la región comprendida entre el Somme y el río Escalda, con sus ricas y opulentas ciudades. 

Pese a la desproporción demográfica de ambos reinos, Inglaterra contaba con 4 millones de habitantes frente a los 20 millones de Francia, en un principio se impuso la superioridad militar inglesa con la ventaja de los arqueros ingleses y galeses sobre los ballesteros franceses. También comenzaron a utilizarse las primeras artillerías de pólvora como las lombardas, que en perfecta coordinación entre arqueros, caballeros y lombarderos hicieron mella sobre la poderosa caballería francesa en tres batallas sucesivas (Crecy, Poitiers y especialmente Azincourt). Esta primera fase de la guerra terminaría con la Paz de Bretigny en 1360, a partir de la cual Eduardo III renunciaría a sus derechos dinásticos a cambio del reconocimiento de su soberanía sobre todo el sudoeste de Francia. La guerra se reanudará nuevamente en 1369 con el nuevo rey de Francia, Carlos V el Sabio, sin prestar batalla en campo abierto al disciplinado ejército inglés, los franceses emplearán la guerra de guerrillas, mientras Felipe II, duque de Borgoña, restablecerá el control sobre Flandes, cabeza de puente inglesa y en permanente revuelta. 

La segunda fase de la guerra vino determinada por la muerte de Eduardo III de Inglaterra en 1377 y de su homónimo francés, Carlos V, en 1380. Los derechos sobre el trono recayeron en ambos países sobre dos menores de edad: Ricardo II en Inglaterra y Carlos VI en Francia. En el caso de Carlos VI tuvo que aguantar la tutela de sus tíos hasta la mayoría de edad y se produjeron las primeras divisiones en el seno de la nobleza entre los que apoyaban al tío del joven rey, el duque Felipe de Borgoña y los que apoyaban al hermano del rey, Luis, duque de Orleans, que al final terminaron por disputarse el trono francés. En 1392, Carlos VI queda incapacitado como rey tras caer presa de la locura y el poder recae en manos de su hermano, Luis de Orleans, quien no suscitaba las simpatías ni de la burguesía de París ni de gran parte de la nobleza aunque sí de la corte, que habían tomado partido por el duque de Borgoña, en ese entonces Juan «sin miedo». En esta disputa entre ambos nobles, finalmente, en noviembre de 1407 Juan, duque de Borgoña, ordenó el asesinato de Luis de Orleans a manos de sus partidarios y después huyó a un lugar seguro en Flandes. 




A raíz de estos acontecimientos se agravaron los enfrentamientos entre los Orleans y los Borgoña, éstos últimos apoyados por la reina Isabel, por la Universidad de París y la burguesía de la ciudad. Juan I, duque de Borgoña, debía enfrentarse al sucesor de Luis de Orleans, Juan d’Armagnac en una nueva dimensión del conflicto, en un punto en el cual decidió hacer una llamada al nuevo rey de Inglaterra, Enrique V de Lancaster, para que volviera a reclamar sus derechos dinásticos sobre el trono francés. Al mismo tiempo el duque d’Armagnac rechaza plegarse a la situación y apoya el acceso al trono del delfín Carlos, el futuro Carlos VII de Francia. Tendría lugar el desembarco de las fuerzas inglesas, que derrotaron en la ya mencionada Batalla de Azincourt (1415) a las tropas del rey francés. De este modo quedaban ya articuladas las fuerzas que se enfrentarían en la última etapa de la Guerra de los Cien Años con la conformación de la alianza anglo-borgoña frente al rey de Francia, aunque éste último fue despojado de sus derechos dinásticos por el Tratado de Troyes (1420) a favor del monarca inglés. 

Sin profundizar más en aspectos relacionados con el contexto general de la guerra, debemos volver al objeto de nuestro escrito, a Juana, que nació en 1412 en el pueblo de Domremy, en el ducado de Bar, sobre la orilla izquierda del río Mosa. Era un territorio fiel al delfín Carlos aunque rodeado de territorios fieles a los Borgoña. Este pueblo estaba muy vinculado a la antigua tradición y a San Remigio, el evangelizador de los francos, que según la tradición había ungido a Clodoveo como primer rey de los Francos y unificador del territorio francés. 


Orígenes y misión profética 



Juana tenía cuatro hermanos y pertenecía a una familia de pequeños propietarios campesinos, era hija de Jacques d’Arc e Isabelle Romée, marcados por una gran devoción religiosa. Juana no fue a la escuela, como dijimos al principio, no sabía leer ni escribir y se mantenía ocupada en las tareas del hogar (hilar, coser etc). De todos modos poco conocemos de sus primeros años de existencia, y todo lo que sabemos es a partir del proceso inquisitorial al que fue sometida en 1431 y, de manera póstuma, en 1456. Hay que destacar que durante esta época era común la existencia de santos y místicos que vivían al margen de la jurisdicción eclesiástica, o bien la participación de órdenes mendicantes, como franciscanos y dominicos, que también recorrían los territorios del Mosa. La vida religiosa de Juana se desarrollaba en torno a la pequeña parroquia local, en capillas y modestos oratorios. El componente devocional y popular era omnipresente en este contexto, con un profundo y sólido sentimiento religioso, y variados cultos. A todo ello debemos añadir creencias, leyendas y folclore popular que, en muchos casos, hundía sus raíces en etapas anteriores al advenimiento del Cristianismo. 

La fecha clave es 1425, cuando las «voces» inician sus comunicaciones con Juana, que las atribuyó rápidamente al Arcángel San Miguel, además de Santa Margarita de Antioquia y Santa Catalina de Alejandría. En sus primeras visiones es el citado arcángel el que le revela un mensaje a Juana en el que le habla de la liberación de Francia de los ingleses, y su aparición no estaba privada de significado. San Miguel se había erigido como referente de la causa del delfín Carlos, con la simbólica resistencia de la isla fortificada de Saint Michele a los ataques ingleses durante décadas como símbolo de la Francia que no se rendía, mientras que San Jorge aparecía como el referente de los ingleses. Consecuentemente, la fama del Arcángel San Miguel tomó fuerza y el peregrinaje hacia la isla se revitalizó, de hecho el itinerario hacia la fortaleza pasaba por Domremy, y Juana conocía bien el santuario michelita. La aparición de las voces y las visiones tenía lugar a los 13 años de edad de Juana, lo que muchos han interpretado como la consecuencia de profundos cambios hormonales. Y la significación del arcángel San Miguel no está privada de significado en otro aspecto esencial, y es el que se refiere a su función guerrera, no en vano era el príncipe celeste de la Guerra, la Muerte y la Justicia. Desde otras interpretaciones también se ha relacionado un hecho que narran los Evangelios apócrifos en referencia a la Virgen María, que recibió una visita del Arcángel San Gabriel a los 13 años, y que fue alejada del Templo coincidiendo con la primera menstruación. Durante esta época Europa se encontraba «asediada» por profetisas vinculadas a las órdenes mendicantes, como era el caso de Catalina de Siena o Brigida de Suecia que, como en el caso de Juana, eran de condición humilde y sin ninguna cultura. 





Fue en el verano de 1425 cuando Juana escuchó las voces por primera vez, en el jardín de su casa, en unos días en que estaba en ayuno, lo que también podría decirse que favoreció estados emotivos, sino alterados de conciencia. La voz que comenzó a hablarle salía de una Iglesia cercana acompañada de una clara luminosidad que Juana identificó de inmediato con el citado Arcángel. Otras hipótesis han hablado de alucinaciones, problemas mentales, trastorno bipolar, esquizofrenia etc. Más tarde también le hablarían las dos santas que hemos mencionado con anterioridad, Santa Margarita y Santa Catalina. Ambas santas también gozaban en esta época de una gran popularidad, y en el caso de Catalina tenía un santuario en un lugar cercano al pueblo de Juana. 

Las voces le encomendaron una misión a Juana, una función profética que implicaba directamente a la voluntad de Dios, y le instaban a su cumplimiento. Juana había vivido desde su infancia las crueldades de la guerra con las razzias perpetradas por las tropas mercenarias en búsqueda de botín. En 1428, las tropas anglo-borgoña ocuparon prácticamente todas las poblaciones en torno al Mosa, y los habitantes de Domremy tuvieron que refugiarse en la población de Neufchâteau, en el ducado de Lorena. 

La insistencia de las voces aumentó con el tiempo, y le ordenaron ponerse en contacto con el delfín Carlos para comunicarle su misión profética, haciendo especial hincapié en la liberación de Orleans, que permanecía sitiada por los ingleses y era una plaza avanzada del rey francés. En mayo de 1428 Juana trató de ponerse en contacto por primera vez con el capitán de la plaza de Vaucouleurs, Robert de Baudricourt, que en principio rechazó recibirla pero ante su insistencia cedió en enero de 1429. Quedó estupefacto ante la misión divina que decía encarnar la joven, y sin dejarse convencer demasiado la envió con sus dos señores feudales a Nancy. Finalmente, y tras asignarle una pequeña escolta, el capitán dejó a Juana que se vistiese con hábitos masculinos y emprendió el viaje. Se despidió de su familia renunciando a una vida familiar y sexual ordinaria y tomando la virginidad como una de sus cualidades fundamentales. 

Ascenso y catarsis 


Los señores feudales del capitán Baudricourt, el duque de Lorena y aquel de Anjou no quisieron saber nada de voces y profecías y enviaron a Juana directamente a comparecer ante el delfín Carlos. El viaje se inició en pleno invierno y siguió caminos secundarios para evitar ser detectados por el enemigo. La comitiva partió en febrero y no sería hasta comienzos de marzo cuando Juana fuese recibida en el castillo de Chinon, entre una nutrida corte integrada por caballeros, nobles y consejeros. En esos momentos reinaba la indecisión y la división en la corte respecto al enfoque de las campañas militares contra los anglo-borgoña. El delfín y futuro Carlos VII era conocedor, como toda la corte, de la profecía que anunciaba que una joven vírgen salvaría a Francia. Fue recibida con la misma incredulidad y desconcierto que en Vaucouleurs. Para probar la veracidad de sus palabras y que no se trataba de un engaño, Juana fue sometida a una serie de pruebas, fue interrogada, se puso a prueba su moralidad, la ortodoxia de su devoción etc por parte de la Universidad de Poitiers. Fue un exámen riguroso que Juana superó holgadamente y sin ningún género de dudas. A partir de ese momento se acuñó su famoso apodo ligado a su virginidad, «la doncella». 

Pero Juana no quiso limitarse a ser portadora de voces y visiones proféticas, sino que también quiso combatir y se hizo fabricar una armadura y se le asignó un estandarte con unas insignias bordadas que fueron elegidas por ella misma, guiada por las voces. Dios en majestad sentado sobre el arco iris, y junto a él dos ángeles que llevaban en las manos el lirio de Francia, en una representación de los nomina divina, Jesús-María, con el trigrama abreviado IHS. También se dotó de una espada con cinco cruces inscritas que había visto en una de sus visiones clavada sobre la tierra tras el altar de Santa Catalina de Fierbois. La elección del caballo tampoco fue fruto del azar ni el capricho. 




En un principio Juana no poseía ningún tipo de función específica dentro de las tropas del delfín, ni en el orden militar, dentro de un «estado mayor» ni como líder carismática. Y aunque las voces le pedían que se limitase a rezar y hablar ella quería ir más allá. A finales de abril de 1429 enviaría una carta desafiante al rey inglés y a su regente en Francia, el Duque de Bedford en lo que constituía una declaración de guerra. En esas fechas el entusiasmo por Juana ya se había extendido por buena parte de la Francia partidaria de Carlos, y entre sus primeros éxitos estuvo su insistencia en romper el cerco sobre la ciudad de Orleans, asediada por los ingleses desde hacía 6 meses. Hacia el 8 de mayo, la fuerza, el entusiasmo y la movilización de tropas instigadas por la «doncella de Orleans» desde ese momento, consiguió liberar la ciudad consagrando a Juana en parte de su misión profética. Además de ser una victoria con unos efectos psicológicos devastadores sobre los anglo-borgoña. 

El siguiente paso a dar en la guía divina que había elegido a Juana como su ejecutora predilecta, estaba en la consagración del delfín Carlos como rey de Francia en la catedral de Saint-Remy, en Reims, tal y como mandaba la antigua tradición carolingia, donde fue bautizado Clodoveo y se prestaba un culto fervoroso por Carlomagno, San Luis y Cristo Rey. Había que ungir al delfín Carlos con la sagrada ampolla de Reims en un rito iniciado por el santo obispo Remigio. Esta se convirtió en una prioridad absoluta que no era posible postergar en el tiempo sin causar perjuicio a la causa del delfín. 

Juana alimentó el sentimiento nacional francés en un sentido moderno y de raíz popular, aunque también secundado por buena parte de la pequeña nobleza frente a los burgueses, clérigos y universitarios de las grandes urbes mercantiles, que se posicionaron con la coalición anglo-borgoña. 

Las campañas de las tropas del delfín Carlos contaron con Juan II, duque de Aleçon, que tras ser liberado de los ingleses en febrero de 1429 se sumó a los líderes militares de las tropas reales, para continuar, bajo el impulso de la doncella, con los avances y la liberación de plazas en manos inglesas durante el verano de ese año. Durante este periodo también destacó la victoria en la Batalla de Patay sobre las tropas inglesas, que venía a restaurar el orgullo francés perdido tras el desastre de Azincourt (1415). El papel militar de Juana parecía limitarse a la enorme potencia moral y espiritual que impulsaba con su sola presencia entre las tropas. No obstante, en uno de los puntos más ambiguos y menos aclarados de su participación en las diferentes campañas militares, se supone que demostró conocimientos técnicos y militares, habilidades en el uso de las armas, en la destreza sobre el caballo y otra serie de cualidades desarrolladas, teóricamente, en el término de unas pocas semanas. Lo que parece innegable es el impulso que generó tras las filas del rey francés en la lucha contra el enemigo, en un clima de entusiasmo mesiánico que la consagró a objeto de culto en todas las plazas que se iban liberando, donde era recibida con un entusiasmo y devoción desproporcionada, incluso se le atribuían toda suerte de milagros, como la resurrección de un niño de corta edad o se le pedía bautizar directamente a otros. 

Tras la ceremonia de consagración de Carlos VII, acontecida finalmente un 16 de julio de 1429, se impuso un periodo de tregua que los códigos religiosos y militares de la época demandaban con la proclamación del monarca como Rex Pacis. Pero Juana consideraba que no había tiempo que perder y el próximo paso era asaltar París, el principal núcleo de poder de los anglo-borgoña, y con una amplia mayoría de partidarios del duque de Borgoña, que gobernaba personalmente la ciudad. El camino hacia París se fue despejando con la caída de Soissons, Laon y Compiègne, que se rindieron sin oponer resistencia. Aunque la doncella era partidaria de su asalto, el rey Carlos VII no lo tenía tan claro, especialmente en la medida que someter a la ciudad a sangre y fuego acabaría horrorizando a la Cristiandad y manchando para siempre su causa. Además París estaba bien defendida, y el ataque liderado por la doncella a la puerta de Saint-Honoré un 8 de septiembre, día de la Natividad de la Virgen María, terminaría fracasando, en un error que el tribunal le reprocharía en su momento, y ante el que terminaría reconociendo su culpabilidad. 


Proceso inquisitorial y martirio 



Tras los éxitos de Orleans, Patay y la consagración de Reims comenzó la caída de Juana, empezando por los enemigos que aparecieron en su propio bando, animados por la envidia y la animadversión, en contraste con las posturas de admiración y devoción que había generado. En el invierno de 1429-1430, una vez estabilizado el frente de guerra y abandonado el proyecto de la toma de París, Juana libró una serie de acciones militares bastante desafortunadas contra Perrinet Gressart, vasallo de Felipe III de Borgoña. Pese a ello insistió en reanudar la campaña contra los ingleses, tratando de convencer al rey infructuosamente. A finales de marzo de 1430 Juana se aventuraría en una operación militar, con 200 mercenarios piamonteses dirigidos por el condottiero Bartolomeo Beretta, donde tuvo algunos éxitos iniciales contra las tropas borgoñesas, hasta que una visión advirtió a Juana que sería capturada, algo que ocurriría finalmente el 24 de mayo, cuando fue atrapada por el enemigo en una contraofensiva ante los muros de Compiegne. 

Lo más sorprendente es que tras la caída de Juana en manos del enemigo, concretamente por Lionel de Wandonne, lugarteniente de Jean de Luxemburgo, conde de Ligny, que a su vez era vasallo del Duque de Borgoña, el rey Carlos VII no hizo ningún movimiento para tratar de liberar a Juana pidiendo, por ejemplo, un rescate. Parecía haber servido a las necesidades de propaganda, y una vez amortizada el hecho de que permaneciera prisionera era del interés de muchos. El 26 de mayo la Universidad de París escribió al duque de Borgoña para que Juana fuese entregada al inquisidor general ante la sospecha de herejía y el propio tribunal inquisitorial mostró su predisposición para que tal juicio se llevara al efecto. En los siguientes 6 meses Juana pasaría de una prisión a otra, de Piccardia, Artois y Normandía para terminar finalmente en Rouen. También protagonizó un intento de huida en el Castillo de Beaurevoir, al intentar escapar saltando los muros, un intento infructuoso del que salió herida y que le supondría llevar grilletes desde ese momento. 




A partir de entonces el principal miedo de Juana fue caer en manos de los ingleses, aunque por otro lado se enfrentaba a la posibilidad de una condena por herejía a manos del tribunal inquisitorial. El 3 de enero de 1431 Enrique VI de Francia e Inglaterra anunciaba la captura de la doncella, mientras que el 9 de enero se abriría oficialmente el proceso inquisitorial contra Juana. Ignoraremos los detalles relacionados con la estructura del tribunal y sus integrantes, porque sería una tarea larga y tediosa. Juana fue interrogada durante meses en lo que se podría considerar la fase de instrucción, y aunque no quedó bajo jurisdicción de los ingleses, ésta fue custodiada en prisión por una guarnición inglesa que se dedicaba a insultarla y tratarla de la peor manera posible. También se denunciaron irregularidades durante el juicio, como el hecho de mantener a la prisionera en una cárcel laica cuando estaba imputada en un proceso inquisitorial, el condicionamiento de jueces, asesores y fiscales que servían a la causa anglo-borgoña o que Juana no contase con defensa o patrocinador alguno para poder encarar el juicio con unas mínimas garantías. Por otro lado, durante el proceso Juana se negó a responder aquellas preguntas que no se ceñían estrictamente a los hechos juzgados, ni a cuestiones referentes a las «voces», a las cuales decía encomendarse en todo momento. Por otro lado, quizás le hubiera bastado con renegar de las voces y renunciar a su causa sagrada para «salvarse» y terminar sus días enclaustrada en un convento. Obviamente no hubo ninguna intención en ningún momento por parte de la doncella y mostró entereza hasta el final. 

Durante el interrogatorio se pusieron en tela de juicio todos los hechos relacionados con la existencia de Juana, empezando por su propia infancia y vida tranquila en su población natal, Domremy, tratando de poner en conexión con la incipiente acusación de herejía todas las creencias ancestrales y formas de folclore popular relacionadas con la magia, las hadas y otros elementos que hundían sus raíces en épocas anteriores al Cristianismo. Sin duda hubo dos motivos fundamentales, y considerados gravísimos en las acusaciones del tribunal: por un lado las «voces» y su pretendida naturaleza demoníaca, puesto que la Iglesia consideraba que los poderes mágicos, entendidos en este caso como cualidades extrasensoriales de cualquier tipo, eran fruto de la influencia del demonio sobre las mentes débiles e ignorantes. Se le reprochó haberse aprovechado de la fama y carisma cosechada con las «voces» para ser objeto de culto y veneración, también su forma de referirse a Dios, en nombre del cual hablaba y justificaba sus actos, y por su ambigüedad, cuando no negativa, a reconocer la superior jerarquía de la Iglesia como intermediaria con los asuntos divinos. Otro tema de gravedad fue la negativa de Juana a vestir con hábitos femeninos, recurriendo el tribunal para tal efecto a fuentes bíblicas cuya interpretación establecía que al emplear hábitos del otro sexo, cortarse el pelo como un hombre así como frecuentar de ese modo la Iglesia y recibir los sacramentos representaba una ofensa contra Dios. En el ámbito más terrenal también se le preguntó por las misivas enviadas al rey y a otras autoridades inglesas en tono belicoso y amenazante. Otro hecho que fue utilizado en contra de Juana durante el proceso fue el ataque a París del 8 de septiembre, día de la Natividad de la Virgen María, que reconoció como un error. 

Después de meses de interrogatorios ocurrió algo insólito, y es que las «voces» dieron permiso a Juana para contar unos hechos milagrosos relacionados con la coronación del delfín Carlos, quien recibiría en presencia del resto de la corte, la corona celeste. Se trataba de un Ludus Angelicus, una representación sagrada que parecía responder a un arquetipo, a una historia reveladora que quizás también actuó a modo de liberación por la presión ejercida por los fiscales y jueces durante los interrogatorios. Entre el 17 y el 22 de marzo los interrogatorios llegaron a su fin, y no sería hasta el 27 de marzo cuando comenzaría la segunda fase del proceso con una interminable enumeración de acusaciones que podemos resumir en tres puntos: 

  1. La obstinación de Juana en calificar las voces de origen divino. 
  2. La convicción de que antes de la Iglesia visible y militante viene aquella triunfante de Dios y que su voluntad se debe observar sin la mediación de la primera. 
  3. El uso del hábito masculino como una forma de exteriorizar su sumisión a la Iglesia triunfante más allá de aquella militante. 

A través de estos tres puntos se configuró la acusación de herejía, uso de la magia y evocación de espíritus inmundos en relación a las visiones y comunicaciones con las voces. Por otro lado, la negativa de Juana a prestar juramento y contestar a todas las preguntas durante el proceso, también exponía a la joven doncella a una grave acusación de reticencia. Otras acusaciones fueron extraídas de las propias respuestas de la acusada durante el proceso, como las relacionadas con los ritos y consagraciones del estandarte que ésta portaba en batalla, los hechos supersticiosos con los que se le relacionaba o el empleo de la nomina sacra Jesús-María tanto en su estandarte como en las cartas que se enviaban en su nombre. Por otro lado, también se le acusó de atrocidades y brutalidad durante la guerra, algo que Juana negó de forma reiterada durante el proceso, llegando a afirmar que nunca había matado a nadie. 

El proceso judicial fue largo y penoso, y al final la propia Juana descubrió que había una denodada voluntad por parte del tribunal de que renunciase a las «voces», cuyas revelaciones debían ser consideradas mentiras y ficciones para finalmente someterse al tribunal y abjurar de la totalidad de su misión profética, para lo cual se le extendió un documento de unas pocas líneas que la joven debía firmar, y que finalmente hizo bajo las amenazas de tortura que nunca llegaron a consumarse, a pesar de la obstinación y tenacidad con la que la doncella defendió su causa. De todos modos, también hay bastante controversia respecto al hecho de que finalmente firmase o no ese documento, y posteriormente apareció entre los documentos del juicio una cédula de renuncia más extensa y previsiblemente falsificada, porque Juana se mantuvo firme hasta el final. Había un claro fin propagandístico en la confesión de Juana, en la negación de todo cuanto había hecho y le había inspirado, aunque ingleses y Borgoñas tenían, aparentemente, objetivos algo diferentes: los ingleses encabezados por el Conde de Warwick y el regente de Enrique VI en Francia, el Duque de Bedford, querían una condena a muerte en la hoguera, mientras que a los Borgoña les urgía, más que cualquier otra cosa, que renegase de la mencionada misión profética al servicio del delfín, sin ser tan inquisitivos en una posible condena a muerte, aunque tampoco liberarla, pero sí utilizarla con fines de propaganda. 

Finalmente los acontecimientos de los últimos días de mayo, habiendo Juana enfermado en las semanas previas temiéndose incluso por su vida, aunque terminó recuperándose, fueron accidentados y confusos, y finalmente, el Obispo de Beauvais, posiblemente alentado por los representantes de los ingleses en Francia, y por el odio y frustración que le suponía un proceso tan largo, con una pastorcilla imprudente y de férrea voluntad desafiando al tribunal y sin apenas ceder en lo fundamental, debieron de incomodarle e incluso humillarle. 

La ejecución de la sentencia, en la medida que teólogos como juristas consideraron la culpabilidad de Juana por los motivos ya expuestos, y por su negativa a someterse al tribunal, pese a las sucesivas amonestaciones públicas y privadas, abocaron a Juana a una muerte segura entre las llamas, algo que sucedió finalmente el 30 de mayo de 1431 en la plaza de Vieux-Marché de Rouen. Se le permitió confesarse y comulgar y pidió sostener un crucifijo entre las manos durante su ejecución en la hoguera. Se cuentan multitud de hechos acontecidos ese día, como que un soldado inglés le hizo un pequeño crucifijo con dos palos, o que el hermano dominico Isembard de la Pierre fue a buscar una cruz procesional a la Iglesia de Saint-Laurent y la colocó lo más cerca posible de la hoguera para que fuera la última imagen que la joven doncella viera antes de entregar su alma al Altísimo. Envuelta en llamas gritó con fuerza el nombre de Jesús. 




Muchos fueron los milagros que se cuentan en torno a la figura de Juana, que comenzaron desde el mismo momento en el que padecía martirio entre las llamas, como aquella que habla de una paloma que ascendió hacia el cielo y salió de entre las llamas de la hoguera, entre otros hechos noticiables que no conocemos con total certeza. Al día siguiente de su ejecución Pierre Cauchon, rector de la Universidad de París, reveló una supuesta conversación que tuvo con Juana antes de salir al patíbulo en la que ésta reconocía haber sido engañada por las voces, sintiéndose abandonada y traicionada. Finalmente, también reconocería sus errores y pediría perdón a los anglo-borgoña y a todos los que participaron en el proceso. Todo ello obedecía a una maniobra propagandística orquestada en total connivencia con los ingleses, y de hecho, el rey inglés, Enrique VI, envió a «todas las naciones cristianas» una carta el 8 de junio de 1431 para anunciar la eliminación de la doncella y confirmar la veracidad de todas las acusaciones contra ella, en especial aquella de herejía. 

No obstante, en 1450, una vez conquistada de nuevo Normandía, donde se ubica Rouen, la población donde tuvo lugar el dramático proceso, condena y ejecución de Juana, y se tuvo acceso a los documentos del juicio, se descubrió que Juana se había mantenido fiel hasta el final, sin traicionar un ápice la misión profética encomendada por las voces. En ese momento, y ante la sombra de la ilegitimidad que pesaba sobre Carlos VII, éste vio necesario un análisis y revisión profunda del proceso de Juana, que comenzaría en 1452. Finalmente, en junio de 1455, Calixto III ordenará la reapertura del proceso, en cuya revisión participarán algunos de los miembros más destacados de la jerarquía eclesiástica francesa. Tras una minuciosa revisión en la que fueron interrogadas aquellas personas que rodearon a Juana y que seguían vivas, como su madre Isabelle Romée, se concluyó en su inocencia y rehabilitación. Sin embargo, no sería beatificada (1909) y canonizada (1920) hasta muchos siglos después.