Cristóbal Colón, el hombre y el descubridor




Si bien es cierto que antes del año 1000 se dieron expediciones por parte de navegantes escandinavos que alcanzaron los territorios de Norteamérica, este descubrimiento no llegó a concretarse de forma efectiva sobre el territorio, ni con la fundación de asentamientos, ni con un contacto prolongado con los moradores de aquellas tierras que generase una dialéctica del nosotros y ellos, y en consecuencia sin que el conocimiento de estas nuevas tierras se tradujera en un impacto en cualquier sentido y a cualquier nivel para la Europa de aquel momento. También contamos con el caso del navegante chino Zhang He, que ya se había granjeado una fama notable por haber navegado los mares del índico y el sudeste asiático, y que en 1422 se supone que alcanzó América cruzando el Pacífico, pero sin generar asentamientos ni intercambios culturales ni fructificar ninguna relación de intercambio. Por este motivo es a España a quien le corresponde el honor del descubrimiento a través de la figura, todavía algo misteriosa y con algunas nebulosas en lo que a cuestiones biográficas se refiere, de Cristóbal Colón. Y aunque al «Gran Almirante del Mar Océano» le corresponde únicamente el descubrimiento del inmenso continente de Ultramar, que no es poca cosa, bien es cierto que la obra de exploración, evangelización, desarrollo urbano, material y de civilización se prolongará durante varios siglos y cambiará el mundo de forma decisiva y para siempre. 

No podemos obviar que el proceso que se inicia con el descubrimiento de América, que transforma radicalmente las perspectivas del europeo de aquella época en adelante, constituyen una etapa dentro de la globalización, con intercambios materiales, humanos y espirituales a una escala que jamás se había visto nunca con anterioridad. En lo particular, en lo que se refiere a la cultura y al etnos hispánico representa la apertura de nuestra particular cosmovisión a nuevos territorios, gentes y realidades, y la construcción de un imperio sólido que se mantuvo en pie durante más de tres siglos, en lo que será la mayor obra de evangelización de la historia, bajo un corpus jurídico monumental como fueron las Leyes de Indias, que regulaban la vida de los habitantes de Ultramar, de la América Española, donde sus ciudadanos gozaban del mismo estatus que los habitantes peninsulares. En definitiva, y sin querer entrar en profundidad en este tema, estaríamos ante la mayor obra de civilización acometida jamás en la historia humana, tanto por su extensión como por su duración. Hoy día no entenderíamos América sin la decisiva contribución española, incluida también la Norteamérica anglosajona. 

Pero no perdamos de vista el objeto de nuestro escrito, Cristóbal Colón, respecto al cual ya hemos señalado unos orígenes de lo más oscuros, los cuales se han formulado a través de las más variopintas teorías, desde unos hipotéticos orígenes judíos, gallegos, valencianos, catalanes e incluso polacos. Las especulaciones sobre los verdaderos orígenes del misterioso navegante han sido numerosas y no han terminado de aclarar nada de una forma clara y significativa, y mucho menos cuando las teorías han desembocado en rocambolescos resultados que nos abstenemos de comentar. Lo cierto es que los orígenes de Colón son oscuros y misteriosos porque así lo quiso el susodicho y su propio hijo, Hernando, en la biografía que escribió de su progenitor bajo el título Historia del almirante, y donde sabemos que omitió información sobre los orígenes del padre con la voluntad de ensalzar su figura. Según los datos oficiales y aceptados por los historiadores Cristóbal Colón nació alrededor de 1451 en la próspera república de Génova, en el seno de una humilde familia de tejedores de paños. Poco se sabe de su infancia salvo que su padre terminó en la cárcel por deudas y que optó desde una edad muy temprana por hacer carrera en la navegación, aprovechando el auge que en aquellos momentos había alcanzado la marina genovesa, con una serie de contribuciones técnicas y un desarrollo del comercio marítimo que auguraba una vida de riquezas y aventuras al joven por todo el Mediterráneo, e incluso un enfrentamiento con el corsario francés Casanove-Coullon en las costas portuguesas que pudo costarle la vida tras naufragar. Durante este periodo el joven Colón fue acumulando conocimientos de navegación y cosmografía. 

A mediados de los años 70 del siglo XV el genovés llega a Portugal, lugar que marcaría profundamente su vida personal. En aquellos momentos Portugal era el país más activo en la exploración y búsqueda de nuevas vías marítimas más allá de los mares europeos tradicionales para alcanzar las anheladas rutas de las especias, ayudado, claro está, por su ubicación geográfica claramente inclinada sobre el Océano Atlántico. De hecho, desde los tiempos de Enrique el Navegante en adelante circunnavegaron África y fundaron numerosas factorías en sus costas. Esta etapa, que se prolonga, más o menos, hasta 1485 será decisiva en la vida del navegante genovés porque le permitirá impregnarse de las experiencias portuguesas y adquirir unos mayores conocimientos en la navegación, se habla incluso de su participación en empresas de navegación en África o en el Norte de Europa. También vivirá durante dos años en una pequeña isla en medio del Atlántico, en Porto Santo, con su esposa portuguesa, Felipa Moniz Perestrelo, de la que enviudó alrededor de 1482. Su oficio como vendedor de libros durante su estancia en Portugal también le permitió acceder a numerosas fuentes de información que serían fundamentales en la configuración final de su plan, un plan tan ambicioso como arriesgado que consistía en adentrarse en las aguas del «Mar Tenebroso». Está claro que partía de la idea de una tierra esférica, con la idea de que navegando hacia Poniente alcanzaría Levante, sin la navegación de cabotaje practicada por los portugueses bordeando las costas africanas y por encima de las posibilidades técnicas que las naves de la época proporcionaban. Pero está claro que el plan del genovés no obedecía a la improvisación, y que tanto obras clásicas (Ptolomeo, Séneca etc) como aquellas fuentes más modernas (son conocidos sus contactos con el sabio florentino Toscanelli) fueron de una importancia capital. 

Reseña: Las estaciones de la sabiduría, de Frithjof Schuon

Las estaciones de la sabiduría

Frithjof Schuon

2001

978-8476518281

José J. Olañeta Editor

167

★★★★★




Reseñamos nuevamente una obra del autor tradicionalista suizo Frithjof Schuon, al que consideramos junto a René Guénon y Julius Evola uno de los pilares fundamentales del pensamiento de la Tradición. Su obra, pese a haber sido ampliamente publicada por grandes editoriales, al igual que la de René Guénon, y al carecer de unas connotaciones ideológicas como las que posee aquella de Julius Evola, quizás es menos conocida en ciertos ambientes intelectuales a los que nosotros nos sentimos ligados. 

En la presente obra, Las estaciones de la sabiduría, nuestro autor parte de unas premisas que servirán de hilo conductor en el desarrollo de la obra, y que se pueden sintetizar en las relaciones existentes entre el objeto religioso o espiritual y la mentalidad moderna. En la constatación de una serie de procesos descendentes que en los últimos siglos de nuestra historia, desde el Renacimiento en adelante, han venido a debilitar ciertos elementos característicos del pensamiento religioso, especialmente en su vertiente contemplativa, que es la vía seguida por Frithjof Schuon. La «mundanización» o profanación intelectual y el estrechamiento en los medios y métodos para conocer la Realidad en su totalidad, que obviamente no pueden circunscribirse a lo puramente racional. Hay un reconocimiento de base al conocimiento humano derivado de la experiencia en el plano de lo contingente y material, y de la necesidad de tomar como referencia las grandes verdades reveladas y todo el horizonte intelectual vinculado a ellas. Además, y esto es muy importante, esas verdades trascendentes de las que la Divinidad ha dejado testimonio no son objeto de pura fe y creencia, sino que llevan implícito un lenguaje simbólico polivalente, común a muchas formas espirituales de diferente origen, y un vasto conglomerado de reflexiones cosmológicas, metafísicas y místicas que nuestro pensador califica de «altamente científicas». En este sentido deberíamos hablar mejor del concepto de lo suprarracional frente a lo puramente racional (ciencia moderna) e incluso lo irracional, que es responsable directo del desencadenamiento de los procesos disolutivos que dominan nuestro tiempo. 

De modo que el hombre moderno es incapaz de captar la realidad en su totalidad, escrutando en profundidad su sustancia última y accediendo, en consecuencia, a lo Divino. Pero el hecho de que el mundo sea producto de las grandes verdades reveladas no supone que estemos ante un espacio totalmente condicionado, sino que existen múltiples combinaciones y antinomias, eso sí, dentro de un plan divino predeterminado. La propia realidad divina entraña también diferentes categorías en su Absoluta y omnipotente plenitud, debido a que todo lo contiene. De ahí la distinción entre Supra-ser en cuanto a Creador, como una realidad ontológica incondicionada, y el ser como parte de las posibilidades contingentes de la existencia, que comprenden distintos modos y matices en su concreción, de lo que resulta la complejidad de esa realidad a la que nos venimos refiriendo. 

En definitiva, y en relación al hombre moderno y su forma de conocer la realidad, podemos decir que este es superficial, que desconoce los aspectos que conforman una doctrina y carece de sentido del reposo y la contemplación. No obstante, Frithjof Schuon concede al hombre la posibilidad de que la experiencia religiosa sea efectiva o no en función de su voluntad y la búsqueda de la verdad a través de la inteligencia. 

Hablar de intelectualidad o principio intelectivo, o incluso de los escritos revelados como «altamente científicos» puede resultar chocante a ojos de un profano, y más después de la dialéctica inserta en las mentes de muchos modernos en lo que se refiere a la relación entre ciencia y religión. El hombre actual, por lo general, cree que lo intelectual significa pensamiento libre y creador en lo que es un error y un opuesto al propio concepto de intelectualidad. En este sentido es fundamental el principio de ortodoxia, que implica la participación a través de la doctrina tradicional en la inmutabilidad de los principios que rigen el universo y nuestra inteligencia.