Nicolás Gómez Dávila frente a la muerte de Dios, de Carlos Andrés Gómez Rodas

Nicolás Gómez Dávila frente a la muerte de Dios

Carlos Andrés Gómez Rodas

2020

978-958-5122-26-0

Instituto tecnológico metropolitano - ITM

192

★★★★★



La obra que nos ocupa en esta ocasión, bajo el título de Nicolás Gómez Dávila frente a la muerte de Dios, del Doctor en Filosofía colombiano Carlos Andrés Gómez Rodas, nos ofrece un ensayo apasionante sobre las ideas que vertebran la doctrina y pensamiento del filósofo, también colombiano, Nicolás Gómez Dávila. La obra mantiene una magnífica visión de conjunto a través de un excelente trabajo interpretativo que se ve sólidamente pertrechado por las aportaciones de autores como los filósofos alemanes Eric Voegelin y Josef Pieper, además de otras influencias clásicas, u otros autores que también se han dedicado al estudio de la figura y pensamiento del filósofo colombiano, como es el caso del también filósofo Franco Volpi, Hernando Téllez o incluso el ex-papa Benedicto XVI, que ha sido un lector asiduo de la obra de Gómez Dávila. Las fuentes que nutren este ensayo, y los conocimientos que Gómez Rodas despliega para diseccionar el siempre complejo pensamiento gomezdaviliano, además de la forma de hacerlo, mediante un lenguaje perfectamente comprensible para los profanos en la materia, nos permiten acceder a una lectura agradable y una introducción inmejorable para adentrarnos en la obra del autor que sirve como objeto de estudio. 

En el prólogo de Michäel Rabier, que lleva el título Philosophia perennis y gnosis moderna, éste ya nos advierte de una premisa fundamental que debemos tener en cuenta si queremos saber en qué coordenadas se mueve el pensamiento de Gómez Dávila en relación al amplio espectro del pensamiento antimoderno, y que, en el caso que nos ocupa, se circunscribe a la tradición filosófica y las verdades eternas anejas a ésta, que estaría en conexión con la Sophia perennis y nutrida por los fundamentos de la metafísica. Hay una corriente claramente trazable de ideas y autores que podríamos identificar con el platonismo y la teología cristiana y que hunde sus raíces en la Antigüedad y conoce una continuidad que llega hasta el siglo XX. Como en la Tradición Perenne, el objetivo es seguir las huellas de esa filosofía perenne hasta alcanzar sus orígenes. El matiz esencial que nos muestra Gómez Rodas en este esquema es que todo planteamiento filosófico comprende siempre un problema teológico en relación a la implicación o no de una trascendencia. Y en última instancia el Catolicismo sería el heredero directo de esa philosophia perennis, mientras que el gnosticismo asociado a la divinización del hombre y la secularización, especialmente a raíz del proyecto ilustrado que engendra el mundo moderno y contribuye a la erosión de los principios sagrados y espirituales, con la subsiguiente creación de religiones políticas, vendría a provocar un desplazamiento de la trascendencia sobre la figura del hombre y una dimensión puramente horizontal. 

Teniendo en cuenta los principios expuestos, Gómez Rodas trata de desarrollar un trabajo de interpretación y sistematización del pensamiento de Gómez Dávila desde la globalidad de sus textos profundizando en su cosmovisión religiosa y los fundamentos teológicos que la vertebran en relación a su crítica del mundo moderno, de las democracias modernas y la concepción antropoteísta que las rige. 

Pero para conocer la obra primero hay que conocer al hombre, y los hechos que conforman la biografía de Nicolás Gómez Dávila nos desvelan los orígenes de su pensamiento y sus particularidades con meridiana claridad. Nacido en el seno de una familia de clase alta colombiana de Bogotá un 18 de mayo de 1913, se trasladó a París a la edad de 6 años en una estancia que se prolongará hasta los 23 años, cuando en 1936 regresa a su país natal. Recibió una formación humanista y cristiana a través del estudio profundo de las lenguas y las fuentes del pensamiento clásico junto a la Biblia. En sus primeros contactos con el mundo de la política se vio seducido por Acción Francesa, organización monárquica y tradicional que le ayudó a configurar el eje de su pensamiento antimoderno, con su rechazo a las formas revolucionarias liberales y burguesas con todas sus formulaciones estatalistas laicas y su teología inmanentista. Durante sus años de juventud, y tras contraer matrimonio, llevaría a cabo una serie de viajes por la Europa occidental después de la Segunda Guerra Mundial que terminarán abruptamente en 1949 ante la desolación que le producía ver a una Europa destruida y convertida en una pieza de museo. Nicolás Gómez Dávila también fue conocido por su monumental biblioteca personal, donde organizaba sus famosas tertulias y por la que pasaron grandes personalidades como el historiador Arnold Toynbee o Paul Gray Hoffman, asesor del General Marshall en el plan de reconstrucción de Europa conocido como el Plan Marshall. El autor colombiano termina falleciendo finalmente un 17 de mayo de 1994 en una cama instalada en su Biblioteca que, como nos relata Gómez Rodas, llegó a alcanzar los 30.000 volúmenes. 

La obra de Gómez Dávila se publicó entre 1954 y 1995, con sus Notas I, Textos I, Escolios a un texto implícito (dos volúmenes), Nuevos escolios a un texto implícito, al margen de una serie de artículos publicados en la Revista del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario. La última publicación fue su ensayo titulado El reaccionario auténtico en la Revista de la Universidad de Antioquia

El estilo peculiar que el pensador bogotano adoptó en la elaboración de sus escritos a través del aforismo también merece un amplio comentario en esta obra, el cual nos permite vislumbrar una parte importante del carácter de su autor. La sentencia corta y el escrito fragmentario aparece como el más cercano a la Verdad, el menos susceptible de terminar conteniendo mentiras o sofismas. Es un pensamiento agudo y breve que revela una elección de vida y de pensamiento, especialmente frente a cualquier forma de racionalización y sistematización. Y es que, tal y como nos explica Gómez Rodas, en esta forma de escritura hay un claro contraste respecto a los métodos de indagación de la razón, de modo que, en su lugar, Gómez Dávila toma la experiencia concreta desde una perspectiva ético-moral como fuente de Verdad en una simbiosis de experiencias vividas en común entre autor y lector que contienen algunas certezas irrefutables. 

En lo que se refiere a la concepción antropológica de Gómez Dávila, hay una idea del hombre como creatura abierta a la trascendencia, receptiva y en abierto diálogo con lo sobrenatural. Dios da sentido y valor a la existencia del hombre, y en torno a Él se fundamenta todo valor ético y objetivo que determina la dignidad humana y que, al mismo tiempo, le permite superar todas las formas de relativismo y nihilismo que vemos reflejadas por doquier en el mundo moderno. Y es precisamente la negación de esa realidad la que determina en el pensamiento de Dávila el sentido de destrucción, desesperanza y rumbo errático característico de la Modernidad, y no sólo de ésta, sino también de la Posmodernidad, dado que ambas son la manifestación de la crisis global del hombre. 

La crítica a la noción moderna del progreso, del culto a la humanidad y a la creencia de un progreso ilimitado desde una fe ilimitada en el propio ser humano delata la pretensión orgullosa del hombre moderno, de naturaleza prometeica, de autofundarse como Dios al amparo de una gnosis inmanentista que niega la condición de creatura y creaturidad, defendida por el filósofo colombiano, de cuyo reconocimiento y aceptación en el sentido profundo, desde las implicaciones metafísicas, antropológicas y gnoseológicas derivadas de esta condición, depende la realización de una existencia noble, equilibrada y propiamente humana. 

En este contexto de negación de las raíces de la civilización europea occidental, Gómez Dávila advierte de los peligros de abandonar el ethos griego, latino y cristiano que la sostiene bajo la falsa neutralidad religiosa del político y todas las consecuencias de la concepción teológica sostenida por el proyecto ilustrado y las ideologías democráticas modernas, que concluyen inequívocamente en el ateísmo. Son las consecuencias del principio de autonomía en el que se funda la modernidad, que implica la desvinculación del hombre de todo principio religioso y moral previo en una voluntad de construir un orden alternativo al establecido por Dios. En este sentido hay una antítesis que se reproduce en el devenir de los tiempos y que enfrenta a los herederos del pensamiento sofista (modernidad) con aquellos que toman partido por Platón (filosofía perenne), con el triunfo de los primeros sobre los segundos a través del abandono de todo principio ético en la fundamentación de las cosas, la aparición del sujeto autónomo que configura los objetos de conocimiento a voluntad y construye una ética subjetiva que se extiende también al plano social. De aquí deriva la negación radical de toda trascendencia en el mundo y la propia emancipación de la Revelación y su teología. 

Frente al triunfo de esta cosmovisión moderna, Gómez Dávila nos opone la figura del reaccionario, cuyo arquetipo se encuentra bien representado en autores como Joseph de Maistre, Louis de Bonald o François-René Chateaubriand, cuyas obras nutrieron la trinchera de la contrarrevolución decimonónica. Para nuestro autor, el reaccionario no tiene nada que ver con el conservador, que más bien representa su antítesis y defiende un orden frente a otro, sino que trasciende el sentido inmanente de la historia, defiende valores eternos e inmutables de raíz metafísica y lucha contra la erradicación de lo sagrado en la historia. El reaccionario se sitúa en las lides de la metahistoria. Es por este motivo que el reaccionario se resigna a perder, y sabe que nunca va a triunfar, pero en la expresión de su misma inconformidad se encuentra su propia fidelidad. Es una lealtad cimentada en el pesimismo y en la aceptación consciente de mantenerse firme e insobornable en la defensa de causas perdidas, a pesar de que se sabe en posesión de la verdad y que la historia y el hombre moderno han tomado un rumbo equivocado. 
 
En el contexto de las influencias recibidas ya hemos hablado de la importancia del pensamiento clásico en la educación del joven Gómez Dávila, especialmente dentro del ámbito griego, donde la tradición socrática continuada por Platón se convierte en un referente esencial en la construcción de sus fundamentos metafísicos, ético-morales y políticos, y con éstos de la Verdad en un sentido Absoluto, en su excelsa objetividad frente a todo constructivismo sofista, desde la perspectiva de una teología natural platónica. Al mismo tiempo, el modelo político y social que propone Platón en La República, bajo un modelo monárquico o aristocrático y a cargo de unos pocos hombres tras una formación filosófica que les permite contemplar la Verdad y su valor objetivo, desde una jerarquía que atiende a la natural desigualdad entre los hombres. Todos se reconocen como hermanos, conscientes de sus desigualdades, y son gobernados amorosamente, al tiempo que se fomenta la excelencia moral frente a todo relativismo, igualitarismo o poder sometido a la voluntad cambiante de las masas. Es una propuesta de modelo social que tiene la capacidad de transmutar ontológicamente el alma de sus ciudadanos en un proceso de ascesis y purificación que produce hombres virtuosos. De ahí la importancia que Gómez Dávila otorga a la integridad moral de quienes componen la sociedad, especialmente entre los gobernantes. A diferencia de los regímenes democráticos, en aquel planteado por Platón no se pretende crear nada, sino descubrir el orden divino al cual debe adecuarse el entendimiento y la acción humana en conexión con valores objetivos y permanentes. Representa el dominio del mythos frente al logos, la defensa de un orden metafísico, natural y objetivo como fundamentos de la existencia humana. 

La decisiva influencia del mundo griego a través de la tradición socrático-platónica que vemos como una de las piedras angulares del pensamiento de Gómez Dávila, también figura como una de las bases fundamentales de la propia civilización europea occidental en su encuentro con el Cristianismo. Una síntesis entre la tradición grecolatina y la teología cristiana que se realiza en pleno medievo a través de la Patrística y que respondería a la acción de la misma Providencia. El fruto de este encuentro lo hallamos en la configuración de la sociedad medieval bajo una teoría organicista y jerárquica cimentada  a su vez sobre una teología política que Gómez Dávila considera ejemplar. El régimen feudal, de marcado carácter personal aparece a través del acto simbólico del vasallaje como la unión de Cristo y los cristianos en un mundo hacia el que nuestro autor lanza una mirada retrospectiva llena de nostalgia. El Medievo encarna en sus formas espirituales, religiosas y político-sociales el ideal antimoderno a través de un realismo ético que viene marcado por la fidelidad del hombre a su propio Ser,  a la Verdad, la Belleza y la Justicia en su objetivación moral más elevada. 

El Romanticismo aparece como otro de los referentes de Gómez Dávila, donde aprecia una serie de elementos de esta tradición que nace como una reacción frente a la Ilustración. Entre estos elementos se encuentran los de proponer la existencia de valores imperecederos frente al progresismo y el historicismo ilustrado, la dimensión sagrada de la vida humana, la primacía del misterio en la naturaleza frente a todo intento racionalista de dominarla y un intento de apertura de la vida hacia la trascendencia para recuperar el poder autónomo de la religión. Para Gómez Dávila los románticos despertaron, en definitiva, el anhelo por lo eterno presente en el alma humana. 

La última de las grandes cuestiones que nos plantea Carlos Andrés Gómez Rodas en su ensayo es la dicotomía entre las dos vertientes de las enseñanzas de San Pablo, del San Pablo de Atenas, abierto a un diálogo entre fe y razón con la indagación racional de las Sagradas Escrituras, frente al San Pablo de Corinto en el que se evidencia la incapacidad de los filósofos para trazar un camino en la comprensión racional de lo divino y para lograr superar las incomprensiones y costumbres morales del paganismo. 

Como nos explica Gómez Rodas, finalmente Gómez Dávila opta por la vía del San Pablo de Corinto, y entiende que en el plano de las creencias religiosas el papel de la filosofía es secundario, y en ocasiones incluso contrario a la fe. El papel del elemento racional en este contexto solamente puede limitarse al juicio particular de un sujeto concreto, pero en ningún caso tiene autoridad alguna en aquello que se decide creer, que se encuentra a su vez fuera de las fronteras del entendimiento humano. Es por ese motivo que Gómez Dávila reniega contundentemente de la Escolástica medieval y de cualquier forma de fe gnóstica, donde podemos encontrar el germen del pensamiento inmanentista moderno y la concepción antropocéntrica de divinización del hombre que el filósofo colombiano atribuye a la Modernidad. En las propias democracias modernas, el laicismo del Estado y la sociedad desplazan la encarnación de lo divino a las mayorías, y en consecuencia al individuo y a la colectividad en unos términos de autonomía, omnipotencia, autoridad y soberanía que constituyen la base de la religión antropoteísta y el sometimiento de la existencia al capricho de la voluntad humanas al margen de Dios. Todas estas preocupaciones de Gómez Dávila se hicieron extensivas a las propias transformaciones de la Iglesia Católica y el proceso de secularización y desacralización al que se ve sometida tras el Concilio Vaticano II.