El solsticio de verano, de San Juan Bautista al Dios Jano


El solsticio de verano describe el fenómeno a partir del cual la Tierra alcanza su máximo punto de inclinación respecto al ecuador terrestre y marca el comienzo del verano. Este momento está simbolizado en el mundo tradicional por el matrimonio entre el Sol y la Luna, el principio heroico, masculino y espiritual en el primer caso, y el pasivo, femenino y material en el segundo, de hecho ambos cultos guardan una relación simbólica muy particular desde tiempos muy remotos. 

Este día, cuya fecha ha variado según los calendarios entre el 19 y el 25 de junio, era considerado un tiempo sagrado en las tradiciones precristianas, aún hoy celebrado por la religiosidad popular con una fiesta que cae unos días después del solsticio, el 24 de junio, cuando en el calendario litúrgico de la Iglesia latina se recuerda la Natividad de San Juan Bautista. Es una fiesta muy antigua que ya San Agustín la asocia a la Iglesia latino-africana. Pero en Oriente se celebraba en otras fechas: el 7 de enero entre los bizantinos, el domingo antes de Navidad en Siria y Rávena. 

La fecha del 24 de junio está íntimamente ligada a la Navidad romana: cuando se fijó el octavo día de las calendas de enero para la Natividad de Cristo, es decir, el 25 de diciembre, y en consecuencia la Anunciación nueve meses antes, era fácil deducir, basándose en en los Evangelios, la fecha del nacimiento del Bautista, que en realidad no debería haberse celebrado porque, como es bien sabido, el dies natalis de los santos es el de la muerte. Esta excepción se justificaba inspirándose en el Evangelio de Mateo (11:10, 11:11), donde se dice que Cristo comenzó a hablar de Juan a la multitud, diciendo:

«Este es de quien está escrito: He aquí, que yo envío a mi mensajero delante de tu faz, que preparará tus caminos delante de ti. En verdad les digo que entre los nacidos de mujer no se ha levantado nadie mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él». 

Reseña: El marxismo no es de izquierdas, de Carlos X Blanco

El marxismo no es de izquierdas

Carlos X Blanco

2022

978-8412458916

Eas

113

★★★★★



El marxismo no es de izquierdas es el título de este interesante y breve ensayo del filósofo asturiano Carlos X Blanco, de quien ya hemos reseñado un buen número de obras en los últimos tiempos. El prólogo que precede al contenido de la obra en sí, a cargo del escritor Francisco José Fernández Cruz-Sequera, ya nos ofrece un escrito de presentación que constituye un verdadero alegato contra el ominoso Régimen de 1978, aquel de la Monarquía constitucional y parlamentaria, de la democracia liberal y plutocrática que desde hace algo más de 40 años ha puesto en práctica un plan de demolición y destrucción de la Patria hispánica, en el que el PSOE ha jugado, y sigue haciéndolo, un papel fundamental como caballo de Troya en este proceso en el que a través de varios frentes en paralelo se han ido minando los derechos políticos y sociales del pueblo trabajador, se ha destruido el tejido industrial y productivo español, han sometido lo político a lo económico y a la finanza anónima trasnacional y al neoliberalismo salvaje, han degradado la educación negando las posibilidades de ascenso social de los sectores más depauperados, de quienes también han degradado sus condiciones laborales para condenarlos al paro y al subsidio, del mismo modo que han destruido a la Familia, han extendido la corrupción a los propios resortes del poder con sus redes clientelares, y en definitiva han debilitado tanto al Estado como a la sociedad española al someterla a los instrumentos y poder del globalismo plutocrático mundial, el mismo que a través de Estados Unidos y la OTAN mantienen bases militares en territorio español, como Estado cipayo, para perpetrar sus acciones criminales por todo el mundo. 

Esta España del R78, en la que el PSOE, como decíamos, ha jugado un papel decisivo, es un país completamente fragmentado en su unidad interna, sin soberanía militar, económico-monetaria-industrial ni política, con una destrucción deliberada e intencionada del modo de vida rural, la invasión «migratoria», que es obvio que obedece a una planificación y que en última instancia ha provocado el empobrecimiento de los trabajadores españoles. Es la España sometida a los dictámenes de los burócratas de Bruselas configurada para atender los intereses de las economías alemana y francesa, que son los verdaderas beneficiarias de las decisiones de esta organización al servicio del globalismo y todo el conglomerado de organizaciones que subyuga y detrae la soberanía de nuestra Patria al tiempo que perpetúa unas condiciones de explotación del pueblo trabajador español. 

En este sentido, la mención del PSOE y en general la de aquellos partidos adscritos o etiquetados a la izquierda no es casual ni de una importancia menor. Estas izquierdas, lejos de representar un frente común contra los valores disolventes del globalismo, y en defensa de los derechos de los trabajadores, se presentan como los principales defensores del sistema de valores de ese capitalismo transnacional, apátrida y usurocrático, al tiempo que se sirven de la figura e ideas de Marx a modo de recurso retórico, totalmente vacío e inconsecuente, en sus discursos «para establecer una cultura normativa», como nos dice el prologuista, perpetuando así unas relaciones de sumisión y humillación tanto del pueblo trabajador como de la propia nación española. Esta misma izquierda, totalmente aburguesada y sistémica, bien acomodada en el poder, ejerce un poder censor contra quienes se salen de la norma al tiempo que pretenden fijar un estándar de valores ideológicos totalmente delirantes, destructivos y que obedecen a perversas ingenierías sociales que vienen diseñadas desde las altas esferas, de los poderes plutocráticos globales. La izquierda que nada tiene que ver con los intereses del pueblo trabajador, que ha roto con el propio discurso de Marx, y que, en definitiva, odia al pueblo, algo que Fernández Cruz-Sequera afirma y que, como vemos en el índice, también da nombre a uno de los capítulos del libro donde esta idea se desarrolla más ampliamente. 

En el análisis de Carlos X Blanco, vemos como hay un «revisionismo», si se puede expresar en estos términos, de aquello que se entiende por marxismo tanto a nivel de definición en un plano filosófico, como en los elementos clave y más conocidos que articulan su doctrina y visión del mundo. En primer lugar, y según nos expone el autor, el marxismo se podría definir como una ontología del ser social, y que como tal reflexiona sobre la existencia del hombre dentro de un plano histórico, y dentro del mismo hay una serie de elementos que lo condicionan en el devenir histórico, como es su ser social y comunitario así como su naturaleza. De ahí que Blanco nos hable de dos categorías ontológicas fundamentales, la que se refiere al hombre como tal, con sus atributos y características, y un segundo nivel marcado por las categorías contingentes, por los ciclos históricos concretos que se derivan del «materialismo histórico» y que se identifican como «esclavismo», «feudalismo» o «capitalismo». Uno de los errores fundamentales, nos dice Blanco, es que se hayan elevado a la categoría de ontología fundamental y transhistórica lo que era una mera sucesión de «modos de producción», y en ningún caso ese carácter teleológico y de predicción suprahistórica dentro de un esquema rígido e invariable. En consecuencia, su carácter descriptivo implica una cualidad diferenciada que, por ejemplo, impide comparar la revuelta de esclavos en el Imperio Romano con la Revolución de Octubre en la Rusia Zarista, y por tanto son fruto de unas coordenadas espacio-temporales concretas. La mezcla de ambas mediaciones (aquella del hombre y la de las categorías contingentes) es la que en teoría habría servido para articular la crítica contra diferentes aspectos del marxismo. En este sentido, las críticas de Eugenio del Río a Marx servirán como hilo conductor de ese revisionismo crítico hacia los detractores del marxismo. En estas críticas se niega la categoría de ontología fundamental al marxismo, incurre en argumentos psicologistas (necesidad de identificarse con un líder) o circunscribe la veracidad del marxismo al dato histórico de la revolución de octubre de 1917 y ulteriores desarrollos de la URSS. En este sentido último, destaca Blanco, la filosofía se define por la búsqueda de la Verdad, de una verdad intrínseca, y no en términos de poder, y que reduce toda la comprensión del marxismo al fracaso histórico de la URSS. Las críticas de Carlos Blanco también toman como referente a una autoridad del panorama filosófico español del último siglo, Gustavo Bueno, del que nos advierte el error cometido al criticar a Marx por no poseer una visión de la pluralidad de los Imperios, una dimensión geopolítica de los mismos, de la cual quizás adolece por una falta de perspectiva histórica. En última instancia Blanco propone un «cruce» entre la ontología marxiana y el pluralismo de los Imperios, de una dialéctica de las clases frente a una dialéctica, de carácter schmittiano, de los Estados. 

La revolución dreyfusiana, de Georges Sorel

La revolución dreyfusiana

Georges Sorel

2022

979-8836449711

Hipérbola Janus

168

★★★★★


A nuestro público lector le puede parecer algo impactante el hecho de que publiquemos un libro como La revolución dreyfusiana de Georges Sorel, más que nada porque cuando no hemos abordado temas relacionados con el mundo de la Tradición o la crítica al mundo moderno, nos hemos centrado en la geopolítica. Pese a la sorpresa que pueda suscitar esta publicación entre nuestro público lector, encontramos muchos elementos en esta obra del famoso teórico del sindicalismo revolucionario, que podemos relacionar con un espectro mucho más amplio dentro del terreno de la dialéctica izquierda vs derecha, extrapolable a otros contextos históricos posteriores asociados a la democracia de masas, a los «medios de comunicación» y a la falta de escrúpulos tan característica de las democracias liberales En este caso, el contexto era el de la III República francesa, que vivió acontecimientos convulsos y muy controvertidos desde sus inicios, los cuales marcarían el devenir político de la nación francesa.

La III República: Unos orígenes convulsos


Y es que la nueva república nacerá de un contexto desastroso, como fue la aplastante derrota de la Batalla de Sedán a comienzos de septiembre de 1870, en la que el emperador Napoleón III sería capturado por las tropas prusianas provocando el colapso final del II Imperio francés. Ya se dieron unos comienzos bastante dubitativos por parte de las diferentes fuerzas (monárquicos y republicanos) en la proclamación del nuevo régimen republicano, y es que en un plebiscito celebrado meses atrás, concretamente el 8 de mayo, arrojó una victoria sin paliativos de la opción monárquica, lo cual generó el gran temor de una posible guerra civil. El día 4 de septiembre de 1870 se inaugura la nueva era republicana bajo un gobierno provisional «de defensa nacional» con el partido republicano y Léon Gambetta a la cabeza que decidió continuar con la guerra, y que debería enfrentarse a los tumultos y agitaciones de las calles, que amenazaban con una revolución y que apenas seis meses después irrumpió con fuerza a través de la Comuna de París en marzo de 1871, que fue una consecuencia directa de la derrota frente al renacido Imperio alemán del II Reich, las humillantes concesiones derivadas de ésta y frente al sector monárquico y católico que terminó por aceptar las condiciones de Tratado de Francfort. La república no era un régimen que gozase de las simpatías del pueblo francés en aquellos momentos, especialmente por las desastrosas jornadas vividas precedentemente en 1830 y, especialmente, en 1848, ya que aparecía demasiado ligada a la revolución y a las convulsiones sociopolíticas del pasado reciente. Adolphe Thiers, primer ministro en numerosas ocasiones bajo el II Imperio, fue el encargado de aplastar a la Comuna y organizar la posterior represión como Jefe de Estado a finales de mayo de 1871, y asimismo debería emprender el proceso de integración de la facción monárquica y orleanista en el contexto del naciente régimen republicano, y para mantener un mínimo de estabilidad en un complejo juego de equilibrios hubo que darle al régimen un barniz de orden monárquico y constitucional. Sin entrar en más detalles, el contexto en el que nace la III República francesa es obviamente complejo, amenazado por el enfrentamiento civil, por los desastres humanos y materiales derivados de la Guerra Franco-Prusiana, las agitaciones populares y las diferencias entre republicanos y monárquicos, entre izquierda y derecha.

Los orígenes del Affaire Dreyfus


Lejos de apaciguarse, todos los problemas que irrumpieron en la Francia de 1870 se prolongaron en lo sucesivo, no dejaron de condicionar la política francesa en el último tercio del siglo XIX. En 1894, el capitán del ejército francés Alfred Dreyfus era acusado de alta traición por la entrega de información secreta de Estado a los alemanes, y una vez enjuiciado bajo tales acusaciones, terminó condenado a cadena perpetua en un penal de la Guyana francesa. Dos años después, en 1897, los periódicos publican un texto con una carta dirigida al Ministro de Guerra de aquel entonces en la que se acusaba directamente al comandante Ferdinand Walsin Esterhazy como autor real de la traición en la trama de espionaje que llevó a Dreyfus al presidio y a la ruina de su carrera militar. Esto impulsó a su hermano, Mathieu Dreyfus, a tratar de reabrir el caso y enfrentar a los verdaderos culpables de espionaje. Este hecho, al atacar una sentencia judicial emitida por un tribunal militar, suponía un ataque directo a la institución militar, dado que los jueces vestían de uniforme. Suponía una infracción penal que tendría gravísimas consecuencias que ponían en juego intereses tanto de la Nación como del Estado. Desde las derechas se entendió como un ataque a la autoridad y una clara incitación a la anarquía, y el caso no fue sino adquiriendo unas proporciones cada vez mayores, hasta convertirse en un asunto de Estado, que dividió en dos a Francia, tanto en el ámbito de los políticos como en el de los intelectuales, sin librarse tampoco la opinión pública, llegando a adquirir un fanatismo de tintes pseudorreligiosos.

El Caso Dreyfus duró un total de 12 años, desde la condena a la posterior rehabilitación, que tuvo lugar en el año 1906, y el asunto no quedó del todo aclarado hasta la publicación de la voluminosa obra de Joseph Reinach, al que Georges Sorel alude con frecuencia en la obra que presentamos, y en la que se hacen referencia a innumerables episodios, incidentes, procesos y giros dramáticos junto a la participación de una interminable pléyade de testigos e implicados que incluye a periodistas, políticos, militares e incluso a un Jefe de Estado. Estamos hablando de un entramado complejo y con multitud de puntos oscuros y matices que tejen una maraña de acontecimientos de difícil comprensión. Si debemos trazar una genealogía del conflicto debemos recurrir al proceso de remodelación del ejército francés durante aquella época, que inquietó a Alemania, muy interesada en conocer los planes del Estado Mayor francés y sus secretos armamentísticos. En un primer momento, se trazó una red de espionaje que se saldó con dos condenados: Boutonnet, un archivero de la sección técnica de artillería, y Grenier, empleado de las oficinas de la Marina. Al mismo tiempo en la Embajada alemana había una señora de la limpieza, Marie Bastian, que se encargaba de recoger los documentos arrojados a la papelera y ponerlos en conocimiento del Ministerio de Guerra, llegando a encontrar un documento comprometedor en 1894 en el que se detallaban importantes secretos militares franceses. Esto representaba la sustracción de documentos dentro de un dominio inviolable, como es una embajada, por lo que hubo un temor real a una declaración de guerra. Las pesquisas de las autoridades francesas determinaron que el remitente de la nota incautada participaba de las actividades del Estado Mayor, y que además debían ser de un oficial de artillería, y por descarte, se llegó a acusar a Alfred Dreyfus. Éste fue condenado sin que se hubiera cometido un delito flagrante, sin confesiones ni acusaciones categóricas por parte del Tribunal. Se habló con posterioridad de que fue condenado por ser judío, con las consecuentes acusaciones de «antisemitismo», acusación que recayó sobre algunos jueces, pero realmente el culpable era el propio gobierno, quien constituyó el Tribunal. Las contradicciones en el juicio y las acusaciones de condena injusta y por medios ilícitos comenzaron a dividir a Francia en dos bandos. 

Mathieu Dreyfus, hermano del acusado, insistía en su inocencia negando que el capitán Dreyfus fuese el autor de aquella nota que revelaba información militar confidencial. En su lugar acusaba al Comandante de Infantería Esterhazy, abrumado por las deudas y deshonrado, cuya culpabilidad fue aceptada por el jefe de servicio de información, el comandante Marie-Georges Picquart que también fue acusado de falsificación y debió comparecer ante un Consejo de Guerra, junto a Esterhazy, aunque ambos fueron declarados finalmente inocentes tras retirar los cargos de acusación el comisario del Estado.

Presentación de la Revista Mos Maiorum, número IV, Primavera de 2022

Mos Maiorum

Número IV - Primavera 2022

Hipérbola Janus

2022

979-8834984610

Hipérbola Janus

120

★★★★★

Tras grandes y denodados esfuerzos, que son los que normalmente sustentan y preceden a la publicación de cada número de «Mos Maiorum», volvemos a la carga con una nueva entrega, en la que hemos considerado como imagen de portada una gárgola demoníaca, una de las muchas que coronan la icónica Catedral de Notre Dame, cuya simbólica destrucción años atrás nos impactó y sobrecogió a todos, y además despertó todas nuestras suspicacias en torno a los posibles orígenes del incendio que ocasionó tal hecatombe. La nada disimulada hostilidad hacia el culto y prácticas católicas en el seno de las democracias liberales occidentales desde hace varias décadas, que en ningún caso obedecen a la casualidad ni están motivados por una transformación casual o «natural» de las sociedades europeas, no hacen más que alimentar las interpretaciones de una autoría deliberada de tal «accidente». 

Como nos dice Juan Eduardo Cirlot en su conocido Diccionario de símbolos, a través de una definición sencilla y extremadamente sintética, las gárgolas aparecen como el fruto de un submundo poblado por entidades monstruosas y demoníacas que ha sido vencido y dominado, y que, de algún modo, podemos contemplar las horrendas criaturas que lo nutren desde la perfección espiritual y la jerarquía que define su supeditación a las categorías angélicas y celestes, a la Perfección Suprema del Orden Divino. De ahí que su disposición en los templos góticos siempre sean en zonas que no ocupan centro alguno ni lugar privilegiado en la disposición del arte sagrado. Del mismo modo, la monstruosidad y deformidad grotesca de aquellos demonios también son una prueba de que la belleza es indiscutiblemente una cualidad de lo divino, es un reflejo de Dios y un atributo de la beatitud divina, como diría Frithjof Schuon, y asimismo vehículo de expresión de todas las verdades trascendentes y de un orden suprahumano. En consecuencia, aquello que exprese una orientación contraria, la fealdad, lo que suscita y evoca el horror, el desequilibrio y lo caótico, no puede ser sino expresión y vehículo del Mal, de aquellas influencias satánicas que vemos reflejadas en el arte moderno en todas sus corrientes y variantes, y más allá del terreno puramente artístico esa fealdad impregna todos los aspectos de la vida moderna, domina la arquitectura urbana de nuestras ciudades, las estéticas estrafalarias de los jóvenes y aquellos no tan jóvenes, los propios gestos, expresiones y lenguaje de las gentes, la misma forma en que se conciben las relaciones humanas y la forma de tratar cualquier dimensión que supere la horizontalidad material y la vida ordinaria. La vulgaridad, el sometimiento a placeres vacíos y a formas de vida inorgánicas e interiormente fragmentadas son también parte de esa fealdad de los tiempos, de la primacía de lo demoníaco propia de una era crepuscular en la que toda vía con lo Alto se encuentra o bien oculta, como los centros iniciáticos de los que nos habla René Guénon, o ha sido destruida por la implacable acción corrosiva de la modernidad.