La ruptura del orden internacional

Una de las imágenes más difundidas estos días: el mandatario venezolano, Nicolás Maduro, esposado y con los pulgares hacia arriba, acompañado de agentes de la DEA tras su llegada a Nueva York.
Estos días iniciales del 2026 nos hemos visto impactados por la agresión militar estadounidense sobre Venezuela y el descabezamiento del régimen presidido por Nicolás Maduro, con su detención y la de su cónyuge, Cilia Flores. La incursión militar directa perpetrada por Estados Unidos en Caracas y otras regiones, según las informaciones iniciales, difundidas por el propio gobierno estadounidense arguyen que el motivo de tal operación (bautizada con el nombre de «Operación Resolución Absoluta») ha sido la detención del presidente venezolano bajo la acusación de delitos de narcoterrorismo, para lo cual ha sido trasladado inmediatamente a Nueva York, donde ha ingresado en una prisión federal. Naturalmente, las fuentes oficiales, como sucede en cada intervención estadounidense en injerencia de soberanías nacionales ajenas, enarbolan principios democráticos y liberales frente a formas de autoritarismo, y como tal y como ha sido celebrado por las facciones del liberalismo de derechas europeo y occidental, bajo las críticas de falta de legitimidad, genocidios y otros tantos crímenes, mientras que otras facciones del liberalismo de izquierdas europeo han protestado contra el ataque demandando la liberación del mandatario venezolano. En nuestro caso particular, que aborrecemos el liberalismo y el Nuevo Orden Mundial liderado por las ideologías del globalismo mercantilista anglosionista, y que, también lo vamos a decir, no sentimos ninguna simpatía hacia el régimen chavista de Maduro, creemos que la cuestión debe ser abordada desde otra perspectiva, de naturaleza geopolítica, obviamente, y desde un enfoque más profundo.
Mos Maiorum, VII (Verano 2024)
Revista sobre Tradición, postmodernidad, filosofía y geopolítica
Hipérbola Janus
Editorial: Hipérbola Janus
Año: 2024 |
Páginas: 172
ISBN: 978-1-961928-17-6
La acusación de narcoterrorismo y delitos derivados de susodichas actividades, incidiendo en la lucha contra el crimen organizado, es una excusa que no puede ser tomada en serio. Y más teniendo en cuenta la trayectoria estadounidense de intervencionismo y quiebre de regímenes políticos en la región, no en vano Hispanoamérica ha sido, desde la proclamación y puesta en práctica de la Doctrina Monroe el patio trasero de la potencia norteamericana, de gran importancia estratégica, donde la conveniencia de regímenes satélite, inestables y gobernados por una élite pro-estadounidense ha sido un principio irrenunciable para los poderosos vecinos del Norte. Mientras que gobiernos liberales serviles a la potencia talasocrática estadounidense han visto un avance fundamental, como pudiera ser el caso del gobierno argentino neoliberal de Javier Milei, numerosas voces se han posicionado denunciando una flagrante violación de la soberanía venezolana y el derecho internacional, junto con la llamada a respetar la integridad territorial y las disposiciones declaradas por la Carta de las Naciones Unidas, que en casos precedentes de agresiones militares estadounidenses a países soberanos también fueron vulneradas. Carl Schmitt nos enseñó que la soberanía se manifiesta en la decisión sobre la excepción, de modo que quien decide cuándo y cómo se suspenden las normas es quien tiene la soberanía de facto. Y en el caso de Venezuela se ilustra, en el actual orden internacional, como la excepción deja de ser declarada dentro del Estado para ser impuesta desde fuera. Estados Unidos ha lanzado su ataque sin autorización de ningún órgano internacional ni bajo ninguna resolución multilateral que lo respalde, y ha demostrado algo que no nos sorprende en absoluto, como es el hecho de que la decisión soberana la posee la potencia que tiene la capacidad militar y política para imponerla, y que el derecho internacional no es más que una comparsa, un atrezzo que ya no es necesario ni tan siquiera para mantener las apariencias. La violación de la pretendida «legalidad internacional» es posible cuando la potencia dominante lo decide. El amplio y dilatado historial de intervenciones militares estadounidenses, desde su fundación como nación independiente moderna hasta nuestros días, son buena prueba de ello. La lógica schmittiana se impone a través de la dicotomía entre la mera declaración formal, que puede ser suspendida por quienes detentan el poder real.
La izquierda contra el Pueblo
Desmontando a la izquierda sistémica
Carlos X. Blanco
Editorial: Hipérbola Janus
Año: 2024 |
Páginas: 102
ISBN: 978-1-961928-08-4
De hecho, la forma de actuar y ejercer su poder y dominio en el mundo, delatan una dimensión sistémica y estructural, que hace que el fenómeno del imperialismo estadounidense actúe al descubierto, sin necesidad de enmascararse tras procedimientos multiculturales y marcos legales preestablecidos. De tal manera que puede imponer de manera unilateral a un Estado pretendidamente soberano la reconfiguración de su posición geopolítica y asegurar el control de sus recursos estratégicos y ámbitos de influencia. Porque no debemos obviar las relaciones de Venezuela con China, y la presencia en el mismo día del ataque norteamericano en Caracas, que había una delegación china en el país con la intención de reforzar acuerdos económicos de cooperación en materia energética y otros ámbitos, en lo que viene representando un intento de consolidación de los intereses de la potencia asiática en Hispanoamérica.

Donald Trump durante una rueda de prensa junto a Marco Rubio, secretario de Estado del gobierno estadounidense. Personaje clave, según fuentes oficiales, en la operación de captura de Nicolás Maduro.
Ante muchas de las condicionantes de naturaleza geopolítica y estratégica que concurren en este caso, no se puede considerar que la captura y detención de Maduro en territorio venezolano sea el fruto de una «acusación penal», por más graves que pretendan ser las imputaciones de narcoterrorismo, que altera, y podríamos decir que liquida, la condición de Venezuela (y podríamos decir que de cualquier país de la región, tras las amenazas al régimen colombiano) como sujeto soberano. Hablamos de la detención de un jefe de Estado en ejercicio, más allá del cuestionamiento de su legitimidad, por parte de las fuerzas militares extranjeras impuesta unilateralmente, y en virtud de un poder militar superior, y operativa en todas sus consecuencias. Estos hechos preludian un choque de bloques civilizatorios que viene marcada por la ruptura entre el discurso moral, el derecho internacional y la realidad de la práctica geopolítica.
Estos hechos vienen a demostrar la existencia de una asimetría del poder soberano de los Estados, de tal manera que hay actores que pueden suspender unilateralmente las normas y el derecho que otros deben respetar. Esto evidencia que la teoría liberal del derecho internacional, con su idea de un marco legal universal e igual para todos, se desmorona frente a la evidencia empírica de que es la fuerza quien decide en última instancia sobre la soberanía efectiva y real (y esto aplica tanto a escala macro como micro)
De ahí que la narrativa oficial, que pretende transmitir razones humanitarias, de «justicia» o «lucha contra el crímen», que algunos gobiernos de la órbita del occidente americanocéntrico han promovido a través de sus apéndices mediáticos como justificación a la agresión militar deben ser desechados, más allá, claro está, de un discurso legitimador. Y partiendo de este discurso se pretende justificar la imposición de acciones funcionales a los intereses de un Estado, frente a la pretendida soberanía de otro. En el paradigma schmittiano, lo que se presenta como «defensa de la humanidad» funciona como un medio para transformar a un adversario político en un enemigo moral, desprovisto de legitimidad, y sobre el cual es posible la aplicación de una violencia ilimitada bajo un manto moral. Y de esta manera, el restablecimiento de una esfera de influencia bajo control directo aparece como una intervención legítima, como un acto de justicia global, en nombre de los «derechos humanos», o, como ya hemos señalado, de un pretendido principio de «justicia».
Además, los hechos acontecidos en Venezuela también sientan un precedente peligroso, y va más allá de los actos infames, de guerras de agresión con intermediarios, híbridas o asimétricas, tales como se han venido poniendo en práctica en las décadas precedentes en Irak, Libia o Siria, o incluso en la propia Ucrania, que viene sirviendo de teatro de operaciones en el conflicto entre la OTAN (Estados Unidos y cipayos) contra Rusia. Se trata de un precedente de intervención militar extraterritorial sin base multilateral clara, justificada por acusaciones penales y narrativas humanitarias, pero ejecutadas como un acto de soberanía unilateral. Ya no solo reconfigura el estatus de Venezuela, sino que afecta al conjunto de relaciones internacionales y demuestra que la pretendida «legalidad internacional» carece de mecanismos de control efectivos cuando lo decide quien detenta la supremacía militar y geopolítica. Digámoslo claro una vez más, el derecho internacional no funciona, y constata que no es, y creemos que nunca ha sido, un dique de contención frente al uso de la fuerza por parte de las potencias. Todo se ha reducido a una retórica vacía, carente de todo sentido operativo real. Se impone la ley del más fuerte y su capacidad militar y geopolítica para actuar unilateralmente. La legalidad internacional es una falacia, porque es impotente.
Finalmente el llamado «derecho internacional» ha quedado reducido a una herramienta selectiva, utilizada de manera arbitraria y a conveniencia. Se invoca cuando conviene para sancionar a unos Estados frente a otros, en función de la lógica e intereses de la potencia hegemónica. En este sentido tenemos como precedente las sanciones económicas a Rusia, impulsadas por Estados Unidos a través de la Unión Europea, que no deja de ser una organización pantalla del poder estadounidense en el Viejo Continente. En otros casos, como las matanzas de cristianos en Siria o de palestinos por parte de Israel (el gran beneficiario de la geopolítica norteamericana en Oriente Medio) la «legalidad internacional» es relativizada o directamente ignorada.
Además, en el caso de la intervención en Venezuela, la administración de Donald Trump ha señalado que «se tomará el control» del país para llevar a cabo una «transición política» en función de sus propios intereses, y no del propio pueblo venezolano, vulnerando por completo cualquier lógica política interna del país caribeño, así como del propio derecho internacional. Como bien ha señalado Aleksandr Duguin, el status quo que imperaba desde la Paz de Westfalia de 1648 se ha roto por completo, y nos encauzamos hacia un nuevo ciclo en el que impera la lógica de la fuerza bruta, similar a épocas anteriores al sistema de los Estados-nación basados en normas. Actualmente, el propio orden fundado por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial en 1945, y que regulaban un juego de equilibrios sobre la base de la ONU y los «derechos humanos» está colapsando. Y lejos de ser una situación excepcional, Venezuela es el síntoma de un fenómeno más amplio, en el que la protección de la soberanía y de los marcos jurídicos internacionales ya no dependen de normas escritas, sino de la correlación de fuerzas entre las grandes potencias.
La geopolítica de Rusia
De la revolución rusa a Putin
Aleksandr G. Duguin
Editorial: Hipérbola Janus
Año: 2015 |
Páginas: 192
ISBN: 978-1-961928-26-8
Ahora mismo, la amenaza se cierne sobre Cuba, en lo que podría derivar en una operación similar, de descabezamiento del poder establecido, y donde la excusa del narcotráfico o la colaboración con el régimen chavista de Maduro podría nutrir el relato, y el caso de la más que posible anexión de Groenlandia, donde la «depuración de delitos de narcotráfico» contra Estados Unidos ya no podría articular una justificación y legitimación del artificioso relato imperialista. En este caso hay una lógica que subyace a la idea expuesta de vaciamiento del derecho internacional y la reconfiguración del orden mundial que pretende operar Estados Unidos bajo la administración Trump.
La legalidad de la acción deja de tener sentido, y lo único planteable es su viabilidad estratégica y su coste geopolítico. Su valor militar, estratégico y logístico a través del control de las rutas del ártico y el Atlántico Norte además de la explotación de recursos minerales críticos parece estar en el centro del asunto. Como ya no prevalece ningún derecho internacional entre aquellos que pueden ejercer su fuerza e imponer sus prioridades, es evidente que no habría una negociación entre Estados soberanos en igualdad de condiciones. Las excusas para perpetrar la anexión de Groenlandia podrían ser múltiples, como por ejemplo, un relato sobre la incapacidad de Dinamarca para garantizar la seguridad del territorio, la necesidad de proteger infraestructuras estratégicas o, directamente, la manipulación de los deseos y voluntad de la población local en torno a cuestiones de autonomía e independencia de Dinamarca. De todos modos, el precedente venezolano demuestra que la soberanía puede ser suspendida de facto sin necesidad de abolirla de iure. De modo que el caso de Groenlandia sería mucho más «limpio» que el de Venezuela, al ser un territorio periférico y escasamente poblado, altamente dependiente y ya integrado en el dispositivo estratégico estadounidense. Toda resistencia jurídica por parte de Dinamarca o la pérfida UE sería vana, y solo tendría un valor formal, sin consecuencias operativas, a nivel de declaración, al carecer de una fuerza coercitiva real.

Mapa que ilustra las disputas geopolíticas en el Ártico.
¿Y qué demuestra todo lo expuesto hasta el momento? Pues sencillamente que la era de las fronteras garantizadas ha terminado. Y lo peor de todo, y más si se consuman los planes estadounidenses en Groenlandia, es que ya no se trata de Estados «díscolos» del Sur Global que no se someten a las veleidades del Imperio, sino que los propios territorios europeos podrían verse afectados por estas reconfiguraciones territoriales en función de las necesidades y objetivos de la potencia hegemónica. Podría suceder que un buen día España debiera entregar, por imposición estadounidense, Ceuta, Melilla y las Islas Canarias a Marruecos, que está siendo auspiciada como potencia regional por Estados Unidos y promocionada económica y comercialmente por la UE dentro del propio espacio europeo en detrimento de la propia España. Y también debemos tener en cuenta la pérdida de preponderancia de Europa en la política internacional, su decadencia, la destrucción de la unidad orgánica de las naciones que la componen (especialmente en su parte occidental) y la destrucción de su industria y economía bajo la imposición de Agendas globales. Fenómenos todos ellos, que no auguran un futuro prometedor en lo inmediato.
Mos Maiorum, IX (Verano 2025)
Revista sobre Tradición, postmodernidad, filosofía y geopolítica
Hipérbola Janus
Editorial: Hipérbola Janus
Año: 2025 |
Páginas: 296
ISBN: 978-1-961928-33-6
No debemos olvidar otro de los objetivos de Estados Unidos e Israel en Oriente Medio, como es Irán, respecto al cual se están fabricando las condiciones narrativas necesarias para legitimar una agresión futura. Y el pretexto es recurrente en la historia de las intervenciones estadounidenses en la región en plena connivencia con Israel, cuyas fuerzas convergen hacia la resolución de lo que conciben como el «problema iraní» por la vía de la fuerza. Por ese motivo hace días que venimos viendo la existencia de supuestas revueltas populares «espontáneas» contra el régimen iraní de los Ayatolás, denunciando represión y violencia por parte de las autoridades. Es parte del relato a construir, que en ningún caso representa una situación de revolución real, sino el resultado de una amplificación selectiva y orientada de las protestas, disturbios y tensiones sociales, que comunes a muchos países, y posiblemente existentes, son el síntoma del colapso inminente del régimen. Lo de deslegitimar el Estado que se pretende atacar, presentado como represivo e incapaz de mantener el orden o de representar a su población. De esta manera, una posterior intervención externa no aparecerá como una agresión, sino como una respuesta «responsable» al caos, cuando el caos es parte del relato. Se trata de fabricar un «consenso moral» para hacer la intervención militar tolerable. Lo hemos visto en Libia con Muammar Gadafi y lo vimos anteriormente en Irak con Saddam Hussein y las «armas de destrucción masiva» que nunca aparecieron.
Justicia y Espiritualidad
El pensamiento político de Mahmud Ahmadineyad
Sepehr Hekmat y Alí Reza Jalali
Editorial: Hipérbola Janus
Año: 2016 |
Páginas: 194
ISBN: 978-1535009638
También hemos visto estos días la aparición de nuevos actores en escena, como es la «oposición en el exilio», y el descendiente del último rey persa, Reza Pahlavi, que se ha prodigado a través de los mass media, el «Consejo Nacional de la Resistencia Iraní» (CNRI) o la Organización de los Muyahidines del Pueblo de Irán (MEK), integrada en la anterior. En ambos casos es evidente que se trata de instrumentos políticos funcionales a la narrativa occidental (EE.UU-Israel), para reforzar la visión de que el régimen iraní se encuentra en una fase de descomposición. Y no se trata de que controlen la situación interna, no se pretende eso, sino que son sobrerrepresentadas mediáticamente para dar una apariencia de legitimidad interna a un relato construido desde fuera.
Con esta narrativa del caos, asumida de manera acrítica por los medios occidentales, se pretende justificar la intervención, erosionar la cohesión social y la legitimidad del régimen del Estado, y alimentar la percepción de aislamiento y fragilidad. Podríamos calificar esta estrategia, repetida con anterioridad, en algo más que una preparación propagandística, llegando incluso a una guerra psicológica prolongada para debilitar al régimen iraní antes de que se produzca el choque armado.
Una potencia talasocrática y artificial: el vector del capitalismo mercantil
Este proceder que ha marcado los derroteros del imperialismo estadounidense tiene su respuesta en una tradición geopolítica precisa: la talasocracia angloestadounidense, heredera directa del imperio británico y portadora de una lógica de dominación esencialmente mercantil y desarraigada. De hecho, tal y como nos expone Carlo Terracciano, Estados Unidos no puede ser considerada como un Estado-nación en el sentido clásico europeo, ni una civilización orgánica comparable a las grandes potencias históricas del continente euroasiático. Es una construcción geopolítica artificial, nacida de la expansión de una potencia marítima y configurada desde su origen como instrumento de proyección global del capitalismo mercantil anglosajón. Esta sustancia primigenia explica tanto su comportamiento internacional como su incapacidad para integrarse en un orden multipolar estable.
Democracia y talasocracia
Antología de ensayos geopolíticos
Claudio Mutti
Editorial: Hipérbola Janus
Año: 2017 |
Páginas: 144
ISBN: 978-1548591922
Estados Unidos aparece como el brazo armado y operativo de un sistema, no como un sujeto autónomo. El verdadero núcleo del poder estadounidense no reside en una identidad nacional profunda y arraigada, dotada de un legado ancestral de tradiciones, usos y costumbres, sino que representa la fusión entre un aparato militar, las finanzas globales, complejos industriales, y el control de rutas comerciales y energéticas. Es una nación construida bajo las ideas del iluminismo ilustrado, concebida para generar el caos, que no responde a valores e intereses nacionales en sentido estricto, sino a la necesidad sistémica de impedir la consolidación de espacios continentales autosuficientes.
Geopolítica
Carlo Terracciano
Editorial: Hipérbola Janus
Año: 2021 |
Páginas: 340
ISBN: 979-8756699838
Estados Unidos encarna la culminación histórica de la potencia talasocrática, de carácter marítimo, que fundamenta su poder en el dominio de los mares, y que utiliza la movilidad como ventaja estratégica frente a las potencias ancladas territorialmente. Frente a Estados Unidos tenemos a los grandes espacios continentales (Rusia, Europa o Irán) cuya lógica es diferente: continuidad territorial, profundidad estratégica, arraigo cultural y soberanía política. Y de hecho, la animadversión estadounidense hacia Rusia tiene un carácter puramente geopolítico. Rusia representa el polo continental por excelencia, el corazón de Eurasia, un espacio que, si fuera capaz de articular una red de alianzas coherentes, pondría fin a la hegemonía marítima global. Es por ese motivo por el que la estrategia estadounidense, desde sus comienzos, ha consistido en cercar, fragmentar, aislar o desestabilizar el espacio euroasiático, o el propiamente americano, utilizando todos los medios a su alcance.
Proyecto Eurasia
Teoría y Praxis
Aleksandr G. Duguin
Editorial: Hipérbola Janus
Año: 2016 |
Páginas: 220
ISBN: 978-1535073561
A nivel de «valores», la retórica y el discurso universalista estadounidense se asienta sobre los «derechos humanos» y el libre mercado, que utiliza de modo instrumental al servicio de sus intereses predatorios. Estados Unidos representa un modelo de civilización que no exporta valores, sino modelos de dependencia, lo cual hace destruyendo previamente las estructuras políticas, económicas y culturales que podrían ofrecer resistencia a su penetración. Dentro de esta lógica destructiva hay que leer que todas las guerras contemporáneas (Yugoslavia, Irak, Afganistán, Libia o Siria) son coherentes con la lógica estructural que representa Estados Unidos, que tiene como objetivo destruir a todos aquellos Estados que puedan representar polos estables y autónomos de poder. El caos es un instrumento deliberado de dominación, que, por supuesto, ha sido puesto en práctica e implementado en toda Hispanoamérica. Un territorio fragmentado, con enfrentamientos internos y permanentemente inestable es incapaz de desafiar la hegemonía global.
Después del virus
El renacimiento de un mundo multipolar
Boris Nad
Editorial: Hipérbola Janus
Año: 2022 |
Páginas: 380
ISBN: 979-8362187439
Pero en realidad Europa es la gran víctima histórica del imperialismo estadounidense, que ha operado una colonización estratégica profunda que ha neutralizado toda posibilidad de que Europa actúe como un sujeto geopolítico independiente. En este contexto la OTAN juega un papel fundamental, pero no como alianza defensiva, sino como mecanismo central de control del continente, diseñado para impedir cualquier convergencia euro-continental con Rusia.
Jean Thiriart, el caballero euroasiático y la Joven Europa
Pietro Missiaggia
Editorial: Hipérbola Janus
Año: 2025 |
Páginas: 320
ISBN: 978-1-961928-24-4
Estados Unidos no puede sobrevivir sin una expansión permanente, fundamentada en el crecimiento de su modelo económico, que tiene como núcleo el consumo desmesurado, el endeudamiento estructural y la externalización de los costes. El dominio del dólar como reserva mundial se ha presentado como una forma de impuesto imperial, que ha permitido a Estados Unidos vivir por encima de sus posibilidades transfiriendo sus desequilibrios al resto del mundo. Desde este punto de vista, cualquier intento de desdolarización, comercio bilateral en monedas nacionales o creación de sistemas financieros alternativos constituye una amenaza directa para el poder estadounidense. De ahí que exista una hostilidad sistemática hacia los BRICS, la Unión Económica Euroasiática o las iniciativas chinas de integración continental.

Caricatura de finales del siglo XIX, en plena guerra hispano-estadounidense, probablemente publicada en una revista satírica de habla hispana. En ella se refleja el carácter destructivo y predatorio del Imperialismo norteamericano.
Frente a esta situación se plantea la necesidad de proponer un modelo multipolar y anti-imperialista, algo que no garantizaría, a priori, el colapso del poder norteamericano. No obstante, esta situación hipotética —que la historia decidirá, porque ningún imperio es eterno, y menos éste, guiado por una lógica puramente material— abrirá la posibilidad histórica de reconstruir espacios políticos alternativos, soberanos, arraigados y cultural y civilizatoriamente coherentes. Lo cierto es que, en el actual orden de cosas, Estados Unidos ha demostrado hacer un uso estratégico del caos, frente a la narrativa occidental imperante, que nos presenta a susodicha potencia imperial como garante de estabilidad, y por ese motivo necesita construir su área de influencia en torno a Estados cipayos, fragmentados o en permanente tensión, incapaces de articular políticas coherentes que puedan hacer de éstos actores geopolíticos relevantes. Solamente hay que ver los resultados catastróficos de sus intervenciones, que incluso podríamos retrotraer también a otras épocas, como en el caso de Filipinas, donde los norteamericanos perpetraron un verdadero genocidio que ha sido silenciado hasta nuestros días, con una voluntad de exterminio contra la población local a través de campos de concentración, hambrunas programadas y torturas sistemáticas contra civiles (como ejemplo más representativo, la Campaña de la Isla Samar en 1901 en la que el general estadounidense Jacob H. Smith ordenó asesinar a todos los mayores de 10 años en venganza por una operación militar adversa). Más recientes son las campañas de Irak, Libia o Siria, con los efectos por todos conocidos.
Como ya hemos destacado en otros artículos y publicaciones, la violencia del imperialismo estadounidense hunde sus raíces en una lógica de carácter antropológico, que trascienden los propios intereses militares o económicos, y que deriva directamente del liberalismo, que se encuentra en sus cimientos históricos y culturales. De ahí que se sirva de un lenguaje muy concreto, abstracto y universalista, para desactivar las defensas culturales, simbólicas y orgánicas de los pueblos sometidos. El carácter disolutorio del liberalismo en relación a las identidades particulares y las tradiciones políticas adquiere una preponderancia fundamental. Al destruir la base orgánica de los pueblos sobre los que ejerce su dominio, termina convirtiéndolos en simples agregados humanos homologables entre sí y en relación a la democracia liberal, el libre mercado y los llamados «valores occidentales», que actualmente, y en su deriva posmoderna más extrema se conforman en torno al multiculturalismo, los «derechos humanos» y otras ingenierías sociales que en la Europa actual están generando estragos. Un proceso de americanización se ha ido imponiendo desde 1945 hasta nuestros días, erradicando cualquier otra forma de concebir la política y la autoridad, definiendo nociones del «bien» y del «mal».

Listado de las agresiones de Estados Unidos a la soberanía de terceros países desde su independencia y formación como nación moderna hasta nuestros días.









