Símbolo y arquetipo
El dragón es una figura simbólica universal, cuyas huellas podemos encontrar en la mayoría de los pueblos del mundo, tanto en culturas primitivas y orientales como en las clásicas, llegando hasta el Medievo. Antonio Medrano abre una de sus principales obras, La lucha contra el dragón, situando la imagen del héroe enfrentado al dragón —que encuentra su arquetipo en San Jorge, pero también está presente en Egipto, Mesopotamia, India, Grecia, Japón o la Europa cristiana medieval—, que se encuentra profundamente enraizado en la psique humana y la memoria espiritual de las civilizaciones. La fuerza de su imagen radica en que, pese a que no se comprende plenamente, cada humano percibe de ella un mensaje directo, inmediato y personal. Más allá de las connotaciones mitológicas, el dragón es una representación simbólica del caos, la disolución y lo informe, se cierne como una amenaza capaz de destruir el orden cósmico y humano.
It took a dozen or more people to bring this dragon to life in Fritz Lang's Die Nibelungen (1924) pic.twitter.com/phmEYTJEuS
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Para Medrano esta significación universal es una prueba de la unidad esencial de las tradiciones o, como diría Frithjof Schuon, «de la unidad trascendente de las religiones», que han plasmado bajo diferentes formas una misma experiencia primordial: la lucha del principio solar, luminoso y espiritual contra las potencias telúricas, caóticas y tenebrosas. Desde Ra enfrentándose a Apep en Egipto hasta Indra combatiendo a Vritra, como nos ilustra el Rig-Veda, o Cristo aplastando a la Serpiente en la tradición cristiana, se repite el mismo drama cósmico y antropológico: la lucha del sol contra la oscuridad, del orden contra el caos, así como de la libertad espiritual contra las fuerzas de la esclavitud interior.
Escritos sobre la Navidad
Antonio Medrano
Editorial: Hipérbola Janus
Año: 2025 |
Páginas: 170
ISBN: 978-1-961928-36-7
Pero nuestro autor no se limita a un mero estudio erudito de mitología comparada, sino que su propósito es penetrar en la función simbólica del mito: mostrar al hombre contemporáneo, perdido en un racionalismo empobrecido y en un horizonte prosaico, que la realidad se estructura en la tensión entre fuerzas luminosas y oscuras, y que esta tensión también tiene lugar dentro de cada ser humano. Todo combate cósmico es, al mismo tiempo, un combate que se libra en el interior, al modo de la «pequeña y gran guerra santa», que otros autores precedentes, como Julius Evola o Guido de Giorgio nos han expuesto con anterioridad.
La filosofía de Giambattista Vico
Emilio Chiocchetti
Editorial: Hipérbola Janus
Año: 2024 |
Páginas: 166
ISBN: 978-1-961928-13-8
Medrano insiste en que este arquetipo no se limita a una simple alegoría moralizante, sino que nos ofrece una clave más amplia para comprender la vida, la cultura y la historia. La figura del héroe que se enfrenta al monstruo entraña una serie de cuestiones esenciales que podríamos enumerar de la siguiente manera: el proceso cosmogónico, la génesis de la civilización, el papel de lo masculino y lo femenino, los ciclos de decadencia y regeneración y, especialmente, la lucha del hombre consigo mismo. El dragón encarna tanto los peligros exteriores que amenazan a las sociedades como el ego que aprisiona y degrada al individuo. Es en este punto donde reside el eje de la investigación de Antonio Medrano, en el recorrido de la presencia del dragón en los mitos antiguos, con la intención de extraer los diversos niveles de significación (cosmológico, antropológico, político y espiritual) y desembocar en el aspecto más inmediato y decisivo para el hombre actual: el dragón como símbolo del ego tiránico, enemigo interior que hay que vencer para alcanzar la libertad y la verdadera humanidad.

Ilustración que muestra la representación de un dragón, basada en las descripciones del científico y naturalista italiano Ulisse Aldrovandi (1522-1605).
Con lo cual, la lucha contra el dragón no es un episodio fantástico, sino que lo podemos contextualizar como la piedra angular, la metáfora central de la vida humana. Todo hombre está llamado a librar su propia «dracomaquia»: vencer al monstruo que lo habita para conquistar la princesa (el alma) y el tesoro (la sabiduría, la unión con lo divino). La universalidad del mito muestra que nos encontramos ante una verdad perenne, válida en todos los tiempos y culturas, y particularmente urgente en nuestros tiempos, en los que el ego, hipertrofiado, domina el mundo.
Los orígenes del mito
La propia genealogía del mito nos obliga a comenzar este itinerario comparada por Oriente, pues allí se conservan las primeras formulaciones míticas del combate contra el dragón. Más allá de un análisis descriptivo, donde solamente alcanzamos a vislumbrar el sentido superficial del mito, lo que al tradicionalista extremeño le interesa es mostrar cómo, bajo formas diversas, cada civilización ha plasmado la misma experiencia primordial. En este sentido, Egipto, Mesopotamia, Israel y la India védica, así como el hinduísmo y budismo posteriores, son estudiados como testimonios de esa lucha intemporal entre la luz y las tinieblas, entre la vida y la disolución.
En Egipto la figura central es Ra, el dios solar, enfrentado al monstruo Apep o Apofis, serpiente telúrica que, desde el fondo del océano o de la tierra intenta frenar el curso de la barca solar. Apep es la encarnación del caos, del mal, de la entropía. Tiene un aspecto viscoso e infernal, y con sus anillos obstaculiza la marcha del Sol, pero Ra, asistido por Horus y Set (en su forma originaria, todavía no demonizada) lo derrota cada día, de manera que cada amanecer es la proclamación de una victoria sobre la oscuridad. La aurora teñida de rojo simboliza la sangre del dragón vencido.
Este combate no aparece como un simple mito naturalista, sino que expresa la certeza de que la luz sólo se mantiene gracias a una guerra constante contra el caos. El cosmos y su estabilidad no aparecen garantizados per sé, sino que existe una tensión viva, una batalla perpetua. De ahí que la imagen de Apep encadenado aparezca en los papiros funerarios, mostrando cómo el orden cósmico necesita contener y someter a las potencias de la disolución, a los agentes del caos. Trasciende de todo ello una enseñanza muy clara, y es que la vida humana y social solo puede sostenerse si el hombre, como Ra y Horus, combate contra la oscuridad interior y exterior que amenaza con destruirlo.
En Mesopotamia el mito se repite con otros nombres: Marduk contra Tiamat. El primero de éstos, Marduk, dios de la inteligencia, el número y la medida, derrota al monstruo acuático, símbolo del caos primordial —donde el agua, como elemento fluido, representa lo indiferenciado— y de su victoria surge el orden cósmico. De hecho, el combate cosmogónico de Marduk contra Tiamat es paralelo al que Ra libra contra Apep; en ambos casos, el héroe o dios solar vence al dragón de las aguas o de la noche, instaurando un cosmos habitado, donde rige el orden (como se desprende de la propia etimología del término) y la forma. En cambio, el héroe solar representa lo luminoso, la medida, lo que da forma y sentido. Vencer al dragón representa la instauración de la cultura, del orden y de la vida civilizada, representa intrínsecamente un acto fundacional. Por eso Marduk es también es el dios que establece leyes, las medidas etc. Vencer al dragón es fundar la civilización, dar sentido y forma a lo humano en lo inmanente.
En la tradición hebrea y bíblica se recogen también estos motivos y los mismos patrones de transformación. Yahveh aparece como el vencedor del Leviatán, Rahab o Behemoth, monstruos marinos o terrestres que encarnan el caos. El Antiguo Testamento, aunque lo hace en clave monoteísta, reproduce la misma dialéctica: el Señor triunfa sobre las aguas desbordadas, sobre la serpiente huidiza y sobre el dragón marino. El himno de Isaías en el que se proclama que «Yahveh castigará al Leviatán, a la serpiente huidiza, y matará al dragón que hay en el mar», es un eco directo de la tradición cananea y mesopotámica. Por otro lado, Libro de Job describe a Leviatán como un monstruo invencible, escupiendo fuego y generando terror a su paso. En la descripción bíblica se concentran todos los atributos clásicos del dragón: dureza pétrea, aliento ardiente y poder destructor. El hecho de que Yahveh sea el único que pueda hacerle frente y dominarlo revela la naturaleza trascendente y suprahumana que entraña enfrentarlo, y que rebasa ampliamente los límites de lo humano. No obstante, el hombre participa de esta lucha, pero necesita que la fuerza interior lo sostenga.
Geopolítica
Carlo Terracciano
Editorial: Hipérbola Janus
Año: 2021 |
Páginas: 340
ISBN: 979-8756699838
En el ámbito indio, el mito alcanza una de sus expresiones más ricas: Indra contra Vritra. Éste último, el asura-serpiente, encierra las aguas y oscurece la luz, mientras que Indra, armado con el vajra (el rayo), lo derrota y libera las aguas de los siete ríos, devolviendo la fertilidad y la claridad del día. De nuevo, el dragón aparece como fuerza opresora y obstaculizadora, que retiene aquello que debe fluir, encierra lo que debe vivificar. Y aquí aparece nuevamente el héroe como su némesis, como su perfecta antítesis, como generoso y liberador: abre los cauces, desata la vida y devuelve a los hombres a la luz y la abundancia.

Escultura ubicada en el complejo Nusa Dua, en Bali, Indonesia, en la que se muestra el momento en el que Indra se enfrenta a la serpiente Vritra sosteniendo su arma, el rayo.
La lucha de Indra con Vritra incorpora un motivo decisivo, la liberación de la Aurora (Ushas), doncella luminosa, prisionera del dragón. Aquí se formula un esquema que reaparecerá de manera recurrente en innumerables mitos: el héroe vence al monstruo y libera a la princesa, símbolo del alma y la feminidad espiritual. La princesa no es un añadido romántico, sino que tiene su significación simbólica en un contexto orgánico, como victoria sobre el caos interior y exterior que implica la recuperación de la luz, de la belleza, del alma del mundo y del hombre.
Otro aspecto fundamental lo encontramos en la asociación del dragón a la montaña o la roca. Vritra aparece como el bloque pétreo que impide el fluir de las aguas, mientras que Indra, al golpearlo con el rayo, abre la montaña y deja escapar este torrente vital. El dragón representa entonces la dureza, la cerrazón y el egoísmo en claro antagonismo con el héroe, que viene a representar apertura, comunicación y fertilidad. La sangre del dragón vencido se confunde con el Soma, el néctar de la inmortalidad, mostrando que incluso lo infernal puede ser transmutado en alimento divino.
De todo ello deviene una enseñanza práctica de Medrano: el ego, como el dragón, encierra, retiene y avanza sobre lo que debería ser luz y vida. El hombre que se deja dominar por él se convierte en cárcel de sí mismo. La lucha interior consiste en liberar las aguas, abrirse a la gracia, dejar fluir la vida que el ego aprisiona. La gesta de Indra no es un episodio mítico perdido en el pasado, sino la imagen precisa de lo que cada uno debe realizar en su interior.
Medrano nos muestra un buen número de variables bajo estos mismos patrones simbólicos, a través del Parjanya, dios de la luna y el trueno, paralelo al Taranis celta o al Perkünas báltico; Rama y Ravana en el Ramayana, donde el demonio de múltiples cabezas secuestra a Sita, y Rama, como un nuevo Indra, debe rescatarla. Finalmente, tenemos el ejemplo de Krishna y Kaliya, donde el avatar vence a la serpiente de cinco cabezas que envenena las aguas. En todas estas variantes encontramos, como ya hemos apuntado, el mismo esquema: el dragón representa lo tóxico, lo pernicioso, lo que corrompe, frente al héroe solar, que se asocia a la purificación, al restablecimiento del orden y de la propia vida.
Del Norte mítico a la Grecia solar
Tras exponernos una gran serie de ejemplos enraizados en el Oriente sobre la mítica imagen del combate contra el dragón, con toda la simbología negativa asociada a éste, dirige su mirada a las antiguas estirpes europeas. En este ámbito encontramos la misma imagen arquetípica fundamental, repetida bajo diferentes formas, a partir de las cuales el héroe solar, armado de valor e infundido por la virtud, se enfrenta al dragón monstruoso que representa el caos, la oscuridad y el poder de la disolución. La geografía cambia, los nombres cambian, pero el esquema simbólico permanece. Esto supone una buena prueba de la universalidad de la experiencia y la fuerza de susodicho arquetipo, que está íntimamente imbricada en lo profundo del espíritu humano.
En el mundo nórdico encontramos la figura de Thor, el dios del trueno, armado con su martillo Mjöllnir. Este se enfrenta a la serpiente de Midgard (Jörmungandr), un monstruo oceánico que rodea la tierra y que amenaza con asfixiarla. La batalla entre Thor y la serpiente no se resuelve en una victoria definitiva, sino que en el advenimiento del Ragnarök ambos se aniquilarán mutuamente. Esta tensión no resuelta refleja perfectamente la visión trágica del mundo germánico, la certeza de que incluso los dioses deben luchar hasta la destrucción final, pero que su grandeza consiste en combatir con valor aunque el destino esté sellado. La dracromaquia muestra en este caso la dimensión heroica del combate, y que lo esencial no reside en el triunfo material sino en la afirmación viril del espíritu en medio de la catástrofe.
Benoni
El poder del dinero
Knut Hamsun
Editorial: Hipérbola Janus
Año: 2024 |
Páginas: 256
ISBN: 978-1-961928-15-2
Muy diferente es la imagen de Sigfrido en la saga germánica. El héroe mata a Fafnir, que custodia un tesoro. Fafnir había sido en origen un enano, corrompido por la codicia y transformado en monstruo reptiliano al apropiarse del oro maldito. Sigfrido lo vence atravesándolo con una espada y, al bañarse en su sangre, adquiere invulnerabilidad salvo en un pequeño punto de la espalda — en una formulación del mito que nos recuerda demasiado al homérico Aquiles. Volvemos de nuevo a la caracterización del dragón como expresión de la codicia, de la avaricia y la petrificación del alma en el deseo de posesión, asociado a lo ilusorio material; el héroe, en cambio, lo vence con valor, pero también debe pagar el precio de la exposición al destino trágico. El baño en sangre simboliza tanto la adquisición del poder como la marca de un destino ineludible.
Antonio Medrano interpreta este episodio como una enseñanza moral y espiritual, en la que el dragón representa las consecuencias de la posesión del ego, que al aferrarse a lo material se termina corrompiendo y desfigurándose. El héroe conquista el tesoro porque no lo busca para sí mismo, sino como prueba de valor y camino de elevación y perfeccionamiento. En realidad, el oro del dragón representa la sabiduría, la riqueza espiritual que solo puede poseer quien ha vencido el egoísmo que lo retiene. Y el hecho de que Sigfrido bañe su cuerpo en la sangre del monstruo y se vuelva invulnerable es una forma simbólica de expresar como la victoria sobre el ego da al hombre una fuerza extraordinaria. En cuanto a esa pequeña porción vulnerable en la espalda del héroe, nos deja claro que la condición humana nunca alcanza la perfección absoluta de lo divino, y que siempre hay un flanco expuesto que nos recuerda la fragilidad inherente a lo humano.
El mundo mágico de los héroes
Cesare della Riviera
Editorial: Hipérbola Janus
Año: 2022 |
Páginas: 256
ISBN: 979–8440943667
En el ámbito de la tradición céltica, Medrano nos recuerda las figuras de Taranis, el ya mencionado dios del trueno, y de los héroes Lug y Fraoch, que luchan contra monstruos con forma de serpiente en diferentes sagas y leyendas. Al igual que los védicos, los celtas vinculaban al dragón a las aguas y los tesoros ocultos. Por ejemplo, Fraoch combate a la serpiente monstruosa que custodiaba un arbusto con frutos maravillosos; pero al vencerla, también muere él, pero deja a su pueblo la herencia del fruto sagrado. Aquí se repite la misma dialéctica de sacrificio: el héroe entrega su vida para liberar un tesoro que beneficia a los demás.
En el terreno báltico y eslavo, el mito se expresa a través de la figura de Perkūnas o Perun, dioses del trueno y del rayo, que combaten a dragones acuáticos o serpientes de múltiples cabezas, y hallamos el mismo esquema que el caso de Indra y Vritra: el dios solar libera las aguas retenidas por el monstruo, devolviendo la fertilidad a la tierra. Lo interesante de estos mitos europeos, de raíz indoeuropea, es que coinciden en sus estructuras con los de la India védica, mostrando un patrimonio común de las antiguas estirpes arias.
El misterio del Mago Merlín
Adolfo Morganti
Editorial: Hipérbola Janus
Año: 2025 |
Páginas: 304
ISBN: 978-1-961928-35-0
La culminación de este recorrido tiene lugar en Grecia, donde el dragón aparece representado bajo múltiples formas. El propio Zeus debe vencer a Tifón, el monstruo de las cien cabezas, hijo de Gea, que amenaza con destruir el orden olímpico. Apolo mata a Pitón en Delfos, instaurando allí su templo y su oráculo en una victoria sobre la serpiente que significa el dominio de la luz apolínea sobre las fuerzas telúricas. Hércules, prototipo de héroe solar, lucha contra la Hidra de Lerna, un monstruo con varias cabezas que resurgen al ser cortadas, hasta que logra vencerla cauterizando las heridas. Por su parte, Perseo se enfrenta a monstruos marinos para salvar a Andrómeda, o bien el caso de Jasón, junto con los argonautas, que se enfrenta a los dragones que custodian el vellocino de oro.
En todas las variantes del mito el dragón nos aparece como el guardián de un tesoro, de una doncella o de un secreto, y siempre se interpone entre el héroe y la plenitud, entre el hombre y la posesión legítima del bien. En el héroe no hay odio en ningún momento, pero sí una voluntad férrea por liberar lo que permanece cautivo. Mientras que la violencia del dragón se orienta hacia la negación y la destrucción, la manifestada por el héroe tiene un carácter ordenador, liberador y de creación.
Medrano destaca que Grecia supo dar a esta lucha un carácter luminoso y armónico a través de todos los mitos y referencias simbólicas enumeradas, y fruto de ello tenemos la restauración del orden sagrado en el caso de Apolo, la purificación en el caso de Hércules y la fundación de un linaje real y la salvación de una dama (Andrómeda) en el caso de Perseo. Es con la Grecia clásica cuando el héroe griego nos aparece más claramente como algo más que un guerrero, es decir, como un civilizador, un fundador y un mediador entre los hombres y los dioses. La dracomaquia es en este caso la que instaura la polis, la cultura y el orden racional.

Perseo y Andrómeda, una obra del pintor británico Charles Napier Kennedy (1890).
La comparación con las tradiciones nórdicas y germánicas son realmente reveladoras, porque si allí la lucha enfatiza el carácter trágico de la misma, dado que no hay una victoria definitiva (Thor y la serpiente de Midgard), en Grecia es la afirmación de una victoria total, de la afirmación de la luz y la medida, de un orden definitivo. Esto prueba que el mito del dragón no tiene un desenlace unívoco y que adopta rasgos diferentes en función de las particularidades de los pueblos y órdenes de civilización en los que se desarrolla. En cualquier caso, Medrano sabe ver en esta universalidad un mensaje perenne: cada cultura ha reconocido que el hombre se encuentra entre dos polos, uno solar y otro caótico, y que la vida consiste en la lucha entre ambos. El dragón nunca desaparece, sino que reaparece constantemente en cada época, bajo nuevas formas, ya sea como un monstruo mítico o como un egoísmo interior, o bien a través de las fuerzas de la decadencia y la degeneración. El héroe debe reaparecer también en cada hombre y en cada colectividad para participar de esta batalla cósmica.
El dragón en la tradición cristiana: de Cristo a San Jorge
Con el advenimiento del cristianismo el mito universal del combate contra el dragón prevalece y tiene continuidad, e incluso adquiere un sentido plenamente espiritual. La figura del monstruo serpentino, que en las culturas antiguas simbolizaba las fuerzas del caos pasa a representar al demonio y el pecado dentro de la visión cristiana; mientras en un plano más interior se identifica con el ego soberbio que se opone a Dios.
Medrano nos recuerda que ya en el Apocalipsis aparece el dragón rojo de siete cabezas identificado con Satanás, que combate contra la Mujer y contra Miguel Arcángel. La imagen de Cristo también se corresponde con la de aquel que mata al dragón. Él es el vencedor de la serpiente antigua, del nuevo Adán que deshace la obra del tentador. La cruz es la lanza con la que Cristo hiere al monstruo y lo derrota instintivamente en su mismo terreno: la muerte, allí donde el dragón parece invencible. Cristo lo vence con su sacrificio.
Pero esta dracomaquia no se agota en el plano teológico. Desde los primeros siglos, la espiritualidad cristiana traduce esta lucha en clave moral y ascética: el combate contra las tentaciones, contra las pasiones desordenadas y contra la soberbia. El monje, el asceta, el mártir, también son quienes acaban con el dragón dándole muerte, pues se enfrentan a las potencias del mal ya no en una batalla física, sino en la arena interior del alma.
Por otro lado, el cristianismo añade un elemento decisivo: el dragón no se vence solo con la fuerza humana. El héroe precristiano podía derrotarlo con su espada o con un rayo, sin embargo el héroe cristiano necesita de la Gracia. Sin ella, el ego y las fuerzas demoníacas resultan invencibles. La dracomaquia cristiana, por tanto, subraya la dependencia radical del hombre respecto a Dios, es el combate espiritual que se libra con armas divinas. La espada, en este contexto, simboliza la Palabra de Dios; el escudo se asocia a la fe; el yelmo a la esperanza y toda la armadura del héroe es la Gracia que lo reviste. Y de todas las figuras cristianas son dos las que destacan en el imaginario dracomaquial: San Miguel Arcángel y San Jorge.
San Miguel es el héroe celeste, el príncipe de las falanges angélicas, que derrota al dragón en el Apocalipsis. Su figura muestra que la batalla no es solo humana, sino cósmica. El cielo participa en la guerra contra el Mal, donde Miguel representa la fidelidad, la humildad frente a la soberbia de Lucifer. Su victoria recuerda al hombre que la lucha contra el dragón interior no es posible sin la asistencia de lo alto.
Por su parte, San Jorge podría considerarse como el arquetipo de figura caballeresca por excelencia. El joven guerrero montado sobre un cordel blanco, atravesando al dragón bajo la mirada de la princesa, que es la imagen y representación más difundida y popular de la dracomaquia en la Cristiandad medieval. La iconografía lo reproduce innumerables veces, desde Oriente hasta Occidente, convirtiéndolo en símbolo de valor, de pureza y de fe. El caballo blanco representa el espíritu purificado y disciplinado; la lanza la rectitud de la intención, y la princesa liberada el alma humana o la Iglesia salvada del demonio.

«San Jorge y el dragón», del artista flamenco Rogier van der Weyden (1435).
Medrano señala toda la dimensión doctrinal que entraña la figura de San Jorge, y que trasciende la mera fábula. La escena de San Jorge resume toda la enseñanza cristiana sobre la vida espiritual, en la que cada hombre está llamado a ser caballero del espíritu, a montar el caballo de sus pasiones y dirigirlo hacia el dragón interior, a combatir con la lanza de la fe y a liberar su alma de la esclavitud del ego. La doncella suplicante no es solo la mujer exterior, sino la parte femenina del alma, la sensibilidad y la belleza interior que esperan ser rescatadas.
Otros santos se suman a esta tradición: San Marcel, San Teodoro y Santa Marta, quienes vencen al monstruo con su humildad. Todos ellos muestran que la dracomaquia no se limita a los guerreros, sino que también se abre a la vida contemplativa, al poder de la oración y al sacrificio silencioso. Incluso las leyendas hagiográficas más humildes insisten en que cada santo, en su propio camino, tuvo que enfrentarse al dragón del mal.
En un contexto más amplio, todas estas gestas y vidas ejemplares vienen recogidas en los poemas épicos, cuentos de hadas y libros de caballerías. El héroe que combate al dragón se convierte en un motivo narrativo universal, siempre asociado al rescate de la doncella y la conquista del tesoro. En los romances y cantares de gesta, la dracomaquia aparece como el rito de paso del caballero: solo quien vence al monstruo es digno de la dama y de la corona. De ahí que la lucha con el dragón también adquiera un carácter político y social, y hace que el rey justo sea aquel que, como el héroe solar, vence al caos y asegura la paz y el orden del reino.

Fotograma de la película «Die Nibelungen» (1924), donde se muestra al actor Paul Richter interpretando a Sigfrido mientras blande la espada.
Por otro lado, la tradición cristiana añade un matiz alquímico y hermético. El dragón es visto como materia prima, como fuerza bruta que debe ser transmutada, elemento que ya hemos visto con anterioridad. La alquimia lo representa con su lenguaje simbólico, como el monstruo que hay que dominar para obtener la piedra filosofal. La lucha con el dragón se convierte así en imagen de la obra interior de regeneración, en la que las energías oscuras del alma son transformadas en luz.
En el caso particular de nuestra piel de toro, en España, San Jorge y otros santos asociados a la lucha contra el dragón se integró profundamente en la cultura. La iconografía medieval, los romances populares y las fiestas patronales muestran la centralidad de este mito en la imaginación colectiva. El dragón no era solo una bestia fantástica, sino la encarnación del mal que amenazaba la comunidad, y el santo, el defensor que lo derrotaba con la ayuda de Dios.
Como nos transmite permanentemente Antonio Medrano, lo esencial de todo este relato simbólico-legendario e histórico no es sino el mensaje espiritual. El cristianismo reconoció que la verdadera batalla del hombre no se libra contra los enemigos exteriores, sino contra el enemigo interior, el ego soberbio que usurpa el lugar de Dios. El dragón es el «yo» que se cree absoluto, que esclaviza el alma, que destruye la paz interior. La dracomaquia cristiana es, en el fondo, el camino de santidad: morir en el ego para vivir en Dios, liberar el alma para que se una al Espíritu.





